Aquí y allá


Algo caerá. Quién sabe si, un suponer, en Osaka acaba imponiéndose el consumo de los vinos ourensanos sobre los borgoñas, los australianos, o los chilenos. Capacidad de producción, calidad sobradamente contrastada y clase, sobre todo clase, no falta. Sería un puntazo, la verdad, como que toda la producción de castañas -la que se recoge, claro, pues las toneladas que se pierden no cuentan- acabara en aquellas mesas. O que nos quedáramos sin pulpo, por ser tal el entusiasmo en Kioto que no nos podríamos permitir la ración a cincuenta euros. Que no sea por falta de imaginación. Esta vez son empresarios japoneses, como anteayer eran chinos, o hace unas semanas habían sido colombianos y mexicanos quienes venían y pasmaban con el nivelazo y lo bien organizados que estamos. De lo que se trata, según nos cuentan, es de mostrarles qué buenos somos y cuántas cosas ricas tenemos, sobre todo vinos, licores, congelados y delicadezas en general. La clave está en demostrar que tenemos una altísima capacidad para producir, como muestran los cientos y cientos de hectáreas a plena producción que habrán podido ver, ellos, en el camino a Ourense en tren o en coche, desde Santiago, Vigo o Madrid. Claro. Los bosques frondosos a uno u otro lado de las autovías, las viñas, la huerta, son el mejor ejemplo de una proverbial capacidad para rentabilizar los recursos. Como cuando en Cuba pintaban un idílico futuro con la isla llena de boniatos, el tubérculo que se iba a convertir en el nuevo maná. Los importadores observan y los anfitriones lo adornan. Mientras, los viticultores reclaman ayudas para paliar los daños de las heladas.

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