El vuelo del Fénix

Excelente colección de obras de Leopoldo Nóvoa en el Centro Cultural Marcos Valcárcel

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ourense

«El misterio es el elemento clave de toda obra de arte», Luis Buñuel.

El centro cultural Marcos Valcárcel presenta la exposición de Leopoldo Nóvoa, con carácter póstumo, Atelier Arenteira, que reproduce el espacio privado, reservado e íntimo que representa para un artista la soledad de su taller, su Kodesh Hakodashim, Debir o sanctasanctórum en la magia propiciatoria de un caos ordenado de infinito silencio.

Poesía cerámica y material de deshecho, productos del Arte Reciclado, que le inspiraron en su etapa latinoamericana para una obra pública como el Mural del cerro de Montevideo. Informalismo matérico, metafísico y metafórico que tuvo su continuidad conceptual y física en Galicia en el incompleto Mural da Canteira, cuyos materiales reciclados introducen en el paisaje el elemento arquitectónico sin alterarlo. Expresión de la globalización, del desarraigo cultural y la crisis humana de la sociedad contemporánea.

Fue en 1979 cuando en su estudio de Saint Antoine, en París, se declaró un devastador incendio que destruyó más de 2.000 obras que allí almacenaba. De este revés, de la inmolación del pasado que enciende el propio fuego, se produce su renacimiento presente, uróboro, que enlaza con el simbolismo de la alquimia, que al igual que en el ave mitológica llevada a leyenda medieval en el fénix, Bennu egipcio, Yniks bizantino o Al- anka en la poesía árabe, implica una regeneración, un renacimiento, curación y purificación, una transformación de la materia a través del lenguaje conceptual que convierte la destrucción en creación mediante un código estético paradójicamente iconoclasta, eliminando todo exceso decorativo o superfluo en un estudio ascético de la materia, estructura y superficie.

La aproximación a la tridimensionalidad con unas escultopinturas de límites inciertos, afines estructural y conceptualmente a la obra de Guillermo Pedrosa.

Poesía nihilista y existencialismo que reivindica la realización del ser, un compromiso sartriano e identidad artística. Teorizaciones herederas del Informalismo y del «Arte Otro», de corrientes filosóficas como el Marxismo y el Realismo social e influencias estéticas como la abstracción matérica de Canogar, el dramatismo expresionista de Saura y Millares, la preocupación por el misterio estructural de Luis Feito, la densidad atmosférica de Manuel Rivera, profundamente matérica como en la obra de Lucio Muñoz en el modelado de las superficies, escoraciones e incisiones, en la fusión de los materiales tradicionales con otros de carácter no pictórico, tales como tierras, metales, mecates (trozos de cuerda) y ceniza que serán una constante en la obra de Leopoldo Nóvoa, extremando las posibilidades expresivas de los materiales y en su interacción, que quema, araña y convierte en magma y protuberancia asimétrica.

En su obra se reinterpreta el espacialismo de Lucio Fontana a través de la proyección aperspectiva de los elementos sin referencias contextuales y en los cortes, agujeros o tajos que apuñalan al lienzo como territorio plástico. En la soledad de su silencio austero, en el equilibrio que consigue en la disolución del soporte y las alteridades que sucumben dentro de la imagen plástica con nuevos espacios generados tras la sorpresa de la incisión y en la textura que suscita.

Heredero de Maillol, de Archipenko en la estudiada escenografía dramática que transfiere al soporte como energía dual y corpórea, en la simbiosis del todo que forma la obra aún siendo realidades independientes que transforman lo estructural en protagonista, la obra en sí, indisoluble de su contexto físico y material.

Trasfondo existencial en el que subyace Onetti y la influencia del crítico Tapié, impulsores de la obra de Nóvoa. El carácter experimental, purista y sobrio de la obra del artista Leopoldo Nóvoa, adquiere matices subjetivos en el inventario matérico, a través del impacto visual que recrea en la superficie las masas en conflicto.

Una transrealidad en la que la luz se vuelve tan necesaria y personal como la materia que construye la obra o el tratamiento de su superficie. Su pintura transmite un Humanismo profundo, a través de la soledad y el equlibrio con un código iconográfico que niega la figuración, como en un bosque arrasado del que quedan tan solo cenizas que testifican su gloria pasada, imagen ensoñada de un futuro mejor que permanece oculta en un presente convulso y desolador, con el vértigo y la rabia de la impotencia clavándose las uñas y un sentimiento existencial que convierte el polvo en ceniza.

De lo efímero a la inmortalidad

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