«Vivimos en la dictadura de la felicidad»

El psicólogo Ricardo Fandiño aboga por romper con la sobreprotección y educar todas las emociones


Ourense

El Concello de Ourense dedicará este año la octava edición de sus Xornadas de Familia a la sobreprotección infantil, una conducta educativa de cuyas consecuencias negativas alertan cada vez más los expertos en educación, psicólogos, pedagogos neurólogo, investigadores. Entre los participantes estará Ricardo Fandiño, presidente de la Asociación para a Saúde Emocional na Infancia e a Adolescencia (Aseia).

-¿Cómo se relaciona la educación emocional con la sobreprotección infantil?

-Vivimos en una especie de dictadura de la felicidad, y como los adultos nos damos cuenta de que ese estado permanente no existe, intentamos imponérselo a los niños y pretendemos convertir un estado más en algo totalitario. Yo recomiendo la película de Píxar, Inside Out, porque habla precisamente de que cuando llega el momento de una pérdida, de un revés, la niña no es capaz de gestionarlo como lo hacía todo habitualmente, a través de la alegría. Lo que necesita es la tristeza para poder asumir la pérdida de los amigos y las cosas que tenía y que, porque su padre se traslada de ciudad por su trabajo, ya no tiene. Educar las emociones no solo es educar en la alegría y la plenitud, porque en la vida hay frustraciones, hay dificultades y problemas que tenemos que aprender a gestionar.

-¿Es lo mismo sobreproteger que la crianza con apego?

-No. La crianza con apego trabaja mucho todo lo que tiene que ver con los cuidados en los primeros meses de vida, con la lactancia materna.... Pero lo que se llama apego seguro se mide en función de como un niño vive la separación. Estos menores, cuando su cuidador se aleja lo pasa mal, pero tiene confianza y sabe que su cuidador va a volver. Es un apego para generar autonomía no para mantenerlo en la eterna permanencia. Ese es el problema de la sobreprotección.

-¿Por qué avanza el fenómeno?

-Creo que confundimos mucho lo que son peligros y lo que son riesgos. El peligro es lo que tenemos que evitar porque es un daño inminente; pero con el riesgo vivimos todos los días. Para un niño de determinada edad, con una motricidad adquirida manejar un cuchillo en la comida no es un peligro, tiene un riesgo y lo que hay que ayudarle es a gestionarlo; a manejarlo, porque sino, comerá con cuchara toda su vida. Nos pasamos la vida gestionando riesgos y parte de la vida, de hecho, consiste en eso.

-¿Hasta qué punto influye en esa sensación de peligro la propia realidad social?

-Educar en los riesgos también implica pasar tiempo con ellos y acompañarlos en determinadas tareas. Mi hipótesis es que la sobreprotección es en el fondo una formación reactiva a nuestra sensación de que los abandonamos; una especie de sentimiento de culpa porque no tenemos tanto tiempo para ellos y eso nos lleva a esa conducta de sobre compensar con excesiva protección en determinados momentos. El pedagogo Francisco Tonucci, autor del proyecto La ciudad de los niños, que promueve vías para que los niños puedan ir caminando, plantea algo que muchos recordamos de toda la vida: cuando te pierdes debes preguntar a un adulto, al primero que pase. Hoy eso no se hace. El adulto es percibido como si fuera un peligro, una amenaza para el niño. Influye que hay un exceso de empeño en que a los niños los tenemos que educar los padres. Obviamente los padres tenemos que ser la figura de referencia, pero a los niños hay que educarlos en sociedad, luego esa es una función de todos los adultos.

-Algo tendrán que ver con esas situación las noticias sobre acoso o pederastia.

-Influye que ahora tenemos un exceso de información del suceso, que nos llega además desde cualquier parte del mundo. Lo elevamos a la categoría de lo cotidiano, cuando en realidad no forma parte de la vivencia de todos los días en la calle. Por ejemplo, en lo de la pederastia, estadísticamente, la mayor parte de casos se dan en la familia o en el entorno cercano.

-¿Cuándo empieza a hacerse evidente que esa conducta está generando un problema?

-Se nota cuando los niños llegan a la pubertad, a la adolescencia y ya no es que quieran autonomía es que la necesitan. Tienen que hacer forzosamente ese camino, pero ni tienen las habilidades adquiridas para iniciar esa fase de su desarrollo personal, ni los padres tienen adquirida la vivencia de confianza en ellos como para dejarles.

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