¡A lo loco!


Dicen por ahí que el vino mejora con los años, lo cual, en rigor, dista mucho de ser una verdad absoluta. Hay algunos que ciertamente mejoran, pero, sea como fuere, incluso en esos casos llegará un momento en el que no mejorarán más. Que, pese a ello, haya quien compre y guarde una botella de un gran vino, una caja o un palé, solo por el placer de tenerlo, sin beberlo, pues allá cada cual con lo suyo. Pero cuando se gasta alegremente la pasta de todos, el asunto cambia. Y de ahí al mosqueo van dos segundos.

Viendo estos días cómo el Concello de Ourense pagó hace diez años 61.000 euros por unos altavoces a los que aún no ha encontrado utilidad. O cómo está a punto de cumplirse un decenio desde que nos mostraron aquellos patines con motor (Segway) que iban a dar un toque ecológico a la policía local y nunca se llegaron a utilizar para patrullar las orillas del Miño. O cómo con absoluta desvergüenza exhiben ahora el llamado multamóvil, que pasó ese mismo período sin uso en un garaje, lo más amable para no llegar al insulto es pensar que a alguien con pocas luces le contaron lo del vino y se lo tragó a morro como un dogma. Lo que viene siendo confundir el culo con las témporas. Imagine el lector, según sus escalas, un gasto de 600, 6.000 o 60.000 euros: piense que aflojó el dinerito hace diez años y ahora se acuerda de que tiene en algún sitio, un suponer, un coche, un Joselito, diez kilos de percebes, o una colección de cedés. Seguro que en su casa, -o en su empresa, si es el escenario- rezuman felicidad. No solo le reirán la gracieta, vaya, sino que le darán unas palmaditas en la espalda. Lo natural, oiga.

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