Mira que no te voto


Oído en la calle. «Dile que si no me lo arregla ya me cambio al PSOE». Se lo decía a alguien del PP una votante del PP. O al menos eso supuse por la amenaza: si se hace de los socialistas (que no ?se hace socialista?) y se lo anuncia en plan venganza planeada a los populares es que, por ahora, los vota a ellos. A partir de ahí cómo no voy a entender la degeneración de la vida política. Se nos llena la boca -y nos sobran más motivos que a Joaquín Sabina- con los escándalos y las corruptelas de los que nos representan pero, en realidad, ellos no hacen otra cosa que representarnos a nosotros. Si la ideología vale tan poco como que te arreglen un bache (esto ya entra dentro del terreno de la ficción; no sé qué tenía que arreglarle quién a la señora pero un bache está dentro de lo posible) no estamos en condiciones de reclamarle compromiso y dignidad a los políticos. Estamos directamente para echarnos a llorar: si nosotros no tenemos remedio, ellos menos.

Ahora que ya nos estamos preparando por si tenemos que volver a votar -por favor, ¿podríamos saltarnos la campaña electoral?- es un buen momento para reflexionar acerca de la papeleta que vamos a meter en nuestro sobre. Es bueno que no seamos siareiros, como si la política fuese simplemente fútbol. Que nos sintamos capaces de cambiar el sentido de nuestro voto porque eso significa que, aunque sea poca, tenemos capacidad parar regir nuestro destino. Puede haber muchas razones para hacerse de unos o para hacerse de otros (aunque haya momentos en los que impere la sensación de que lo mejor es no ser de ninguno). Pero, ¿no es demasiado prosaico el bache o lo que fuera que quisiera la señora? Está claro que los políticos están para solucionar nuestros problemas. Quizás ahí radica el debate. ¿Cuáles son nuestros problemas? ¿Qué queremos, por ejemplo, para Ourense? ¿En qué ciudad queremos vivir? Mientras sigamos abonados al «Qué hay de lo mío», que no somos capaces de sacudirnos, poco autoridad moral nos quedará para exigirles a los gestores públicos que cumplan. Y eso no quiere decir que no tengamos que ser exigentes. La cuestión es cómo debemos serlo.

Del ?mi reino por un caballo? al ?mi voto por un bache?. Para que luego digan que hemos progresado.

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