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Así, silabeado. Con el fondo musical del «We are the champions» a pleno pulmón de Freddie Mercury oíamos a Pepu Hernández definir la gesta de los Gasol y compañía en el Mundial de Baloncesto de Japón.

Parece que fue ayer y pasó ya casi una década. Allí, en el lejano oriente, descubrimos que no solo de fútbol vive el hombre y que lo de lanzar a canasta se nos podía dar bien por estos lares. Y varios años antes Ourense ya era una plaza de lujo para el baloncesto patrio. El Pazo no era más que la evolución del entrañable ambiente de Os Remedios y los primigenios éxitos del Caixa.

Estamos en una ciudad de baloncesto, es indiscutible. Puede que porque algún prócer político apostara desde el principio por esa modalidad, pero también porque el ourensano de a pie se sorprendió al ver llegar a Howard Wood y Yomi Sangodeyi, para terminar después enamorado de los mates de Chandler Thompson, la maestría de Andre Turner o la brillantez de Darrell Armstrong. No basta una columna para nombrar a todos los que son, pero lo que sí sabemos es que todavía están. El COB del ascenso ya debería estar disfrutando de la mejor liga de Europa, pero de momento toca volver al ruedo de las eliminatorias. Esos partidos tan seguidos y emocionantes que el pasado año despertaron a una afición condenada a vagar por el desierto varios años.

Los ourensanos merecen sentir esas sensaciones. Sonreír con esos deportistas altos como castillos, inconfundibles cuando cruzan la rúa do Paseo. Y repetir esa definición escueta que el bueno de Pepu lanzó al regresar de Saitama.

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