Sesenta años como abogado

Hijo y padre de profesionales del derecho, se especializó en asuntos de familia antes de que se aprobara la ley del divorcio en el año 1981


ourense / la voz

Amando Prado Castrillo (Ourense, 1931) se había especializado en derecho de familia antes de que en el año 1981 se aprobara la ley del divorcio. En cualquier despacho de Ourense, cuando el cliente de toda la vida llegaba con uno de estos infrecuentes asuntos, podía escuchar aquello de «vas de mi parte a ver a Prada, que sabe de eso». Era uno de los pocos que se manejaba con soltura en un escenario muy diferente al actual. Esas cosas se discutían entonces en la iglesia. Hacía falta mucha paciencia, al abogado se le exigía también una cierta imaginación y los implicados en el proceso debían tenerlo muy claro. «Nada que ver con el momento actual», constata. En el último año, por ejemplo, no se tramitó en Ourense ni una sola nulidad matrimonial, pero hasta entonces era lo que había. En aquel entorno se forjó la especialización en derecho de familia y derecho civil de un abogado que sentó cátedra en este ámbito y que llegó a esa actividad profesional de la forma más natural. Su padre era abogado y su hijo Amando lo es.

Del instituto marchó a Santiago a estudiar Derecho. Volvió y empezó a ejercer. Lleva sesenta años de actividad y se resiste a colgar la toga, aunque cada vez le pese más en los hombros.

El abogado Amando Prada fue concejal en Ourense entre finales de los años sesenta y los primeros setenta del siglo pasado. Suena lejano. «Nadie cobraba. Todos teníamos nuestro trabajo, cada cual con su actividad profesional o empresarial. Dedicábamos al ayuntamiento el tiempo que podíamos», recuerda ahora, precisamente en el momento en el que se renuevan las corporaciones. Él fue concejal por el llamado tercio de entidades, en el que estaban representadas las de carácter económico, cultural y profesional.

«Era muy diferente a la actualidad. Las reuniones de la comisión municipal permanente (lo que ahora es junta de gobierno local) las celebrábamos a última hora de la tarde. Alguna vez cenamos bocadillos en la casa consistorial cuando se prolongaban». Sin dietas ni remuneración alguna por aquella actividad.

La hemeroteca, tan cruel en ocasiones, es justa. Por si falla la memoria. Cuando abandonó el puesto de delegado del Ministerio de Cultura en los tiempos de la transición -designado por un gobierno de UCD y antes de que el PSOE ganara las elecciones generales en 1982 y Felipe González formara su primer consejo de ministros- recibió el cálido y público reconocimiento de cuantos entonces mantenían o animaban la actividad cultural en la ciudad, desde posiciones políticas de izquierdas en la mayoría de los casos. Todos lo aplaudieron. Igual asistía como un socio más a las sesiones semanales del cineclub Padre Feijoo en el desaparecido cine Mary con su inseparable Esther Allo, como seguían la charla en el Miño, o visitaba a quien fuera necesario para disponer de la liquidez que permitió mantener durante años los envidiados programas de conciertos de la Filarmónica.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No necesariamente. ¿Ha evolucionado Ourense lo que sería deseable y lo que a Amando le hubiera gustado? Tampoco. Pero no señala a nadie. No pasa de sugerir que tal vez haya faltado liderazgo social, o iniciativa empresarial. Esa ya es otra historia.

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