El traje nuevo del emperador


Había una vez, hace muchos años, un emperador al que le encantaban los trajes. En una ocasión recibió la visita de dos pícaros que le ofrecieron una tela maravillosa. Le aseguraron que era tan especial que los necios no podían verla. El emperador, encantado con la idea, les encargó un traje. De ese modo no solo tendría algo nuevo que ponerse. También podría comprobar si eran o no estúpidas las personas que lo rodeaban. Cuando por fin estuvo lista la vestimenta y los falsos sastres le animaron a probársela, se miró al espejo: estaba desnudo. Se vio en la obligación de disimular. No podía permitir que nadie creyera que no era digno de ver la tela. En palacio, todo el mundo admiró el corte y los adornos del traje nuevo del emperador: nadie lo veía pero no iban a arriesgarse a pasar por necios. Finalmente, el emperador salió a la calle para desfilar ante su pueblo. Y aunque todo el mundo lo estaba viendo en cueros, no dejó de recibir alabanzas acerca de lo bien que le sentaba el traje. Solo un niño, todavía tocado por la virtud de la inocencia, se atrevió a señalar con el dedo al emperador. «Pero si está desnudo», gritó entre risas, sin miedo a que alguien lo considerara indigno de ver la tela mágica. Su frase se convirtió en un murmullo. Y el murmullo, en un grito. El emperador siguió caminando, sin ropa, hasta que terminó el desfile.

Y el alcalde de Ourense, ¿estará vestido o estará desnudo?

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