A falta de tren, una diligencia

El viaje por carretera a Madrid se prolongaba por más de tres días


vigo / la voz

En 1868 los vigueses tenían menos dificultades para llegar a América que para viajar a Madrid. Cuando ya la mayor parte de España tenía ferrocarril, los gallegos estaban obligados a seguir empleando la diligencia como medio de transporte. El 1 de marzo de aquel año, incluso se anunciaba como un gran avance para las comunicaciones el inicio de un servicio combinado de diligencia y ferrocarril. El tramo Vigo-Zamora, de unos 260 kilómetros de distancia, se salvaba con el uso de la diligencia, mientras que de Zamora a Madrid ya se empleaba el ferrocarril. Lo mejor es que un mismo billete servía para realizar todo el recorrido.

La incomunicación terrestre de Vigo todavía había sido mayor unos años antes. En 1834 se abrían los primeros tramos de la carretera de Castilla, un vial que estaba llamado a reducir en 72 kilómetros el camino carretero que iba hasta Astorga. Mejoraba notablemente el trazado y el firme, pero aún tardaría años en completarse.

Los servicios de diligencias en España se habían iniciado en 1816. La capacidad de los carruajes era variable, pero podían transportar hasta 22 personas, que pagaban entre 1,20 y 5,75 reales por legua (5.572,7 metros) recorrida. El reglamento de mayorales de las Reales Diligencias, monopolista del servicio a en la primer mitad de siglo, establecía que toda diligencia debería llevar un escopetero, persona que protegía a los viajeros y mercancías, pero al que le estaba prohibido viajar en el interior de la cabina de viajeros.

La velocidad de estas diligencias oscilaba entre los 8 y los 10 kilómetros por hora, por lo que el itinerario Vigo-Madrid estaba en torno a los tres días. A partir de mediados de siglo, se rompe el monopolio de las diligencias y ya son varias las que operan en toda España. También existían las galeras, un vehículo que combinaba el transporte de mercancías con el de viajeros y que era mucho más lento que la diligencia.

Calle de la Victoria

En Vigo, la parada de los carruajes que hacían las líneas con las otras localidades gallegas, españolas e incluso portuguesas estuvo en la Porta do Sol hasta 1857, año en que se cambió para la calle de la Victoria. En los bajos del Parador y Hotel del Águila de Oro, colindante con el edificio de Aduanas, se vendían los billetes para las diligencias de las empresas La Ferrocarrilana, que hacia las líneas Coruña y Tui, Viacao do Minho Portuguesa, el Volador de Vigo, de Pedro Crespo, que iba a Ourense, con enlace a Madrid, y la de Manuel Sotillo con destino a Valladolid «sin cambio de coche ni detenerse en Orense mas que lo preciso para la comida».

Hasta 1861, el correo llegaba a caballo, tardando cuatro días y medio, según refiere Nicolás Taboada en su descripción de Vigo. El empleo de la diligencia no mejoró la rapidez. En El Miño del 2 de febrero de 1861, Joaquín Compañel se quejaba del retraso continuo que acumulaba el servicio de correo.

Extra por peso excedido

En 1865, la empresa Volador de Vigo ampliaba la línea de Baiona hasta Camiña por A Guarda, invirtiendo «solo seis horas» en el trayecto hasta la localidad portuguesa. Una muestra de los precios de estos servicios los tenemos en las tarifas de la compañía La Ferrocarrilana, que cobraba entre 24 y 16 reales por el trayecto Vigo-Pontevedra, más 3 reales por arroba de peso excedida. El trayecto a Santiago costaba entre 66 y 46 reales, siempre según el asiento elegido, y un extra de 8 reales por exceso de peso.

eran otros tiempos marzo 1868

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