«Nos enamoramos de Galicia en la luna de miel»

Su paz está en el interior. En concreto, en su rincón ourensano de O Pereiro de Aguiar, donde este matrimonio aragonés cumplió su sueño de comprarse una casa a la que se retiran durante seis meses al año para disfrutar de la naturaleza


Todo ocurrió hace 40 años, con una luna de miel en A Coruña. A Juan García y Fina Sánchez, que ahora tienen 71 y 73 primaveras, se les pasó por la cabeza la idea de adquirir una casa para estar más cerca de la urbe herculina. «Por aquel entonces no se estilaban estas cosas de ir de viaje a Indonesia a ver cascadas», bromea Juan. El matrimonio, de origen zaragozano, se enamoró por un rato del Atlántico y para siempre de Galicia. Y en el año 2005, tras mucho mirar y recibir el aviso de su hijo -estudiante de Economía- de que se avecinaba una crisis vinculada a la burbuja inmobiliaria, dieron el paso para adquirir una casa en O Pereiro de Aguiar, a diez kilómetros de Ourense.

«Nos animamos tras venir un fin de semana a verla. Y al lunes siguiente ya lo apalabramos por teléfono», cuenta Juan. Explica que tanto Fina como él huyen de los sitios grandes, de los lugares atestados de jaleo. La historia de ambos está muy vinculada a un refrán de lo más gallego: el que guarda siempre tiene. «Lo quisimos pagar al contado. Nos gustó el entorno y el hecho de que no estaba cerca de la costa, para huir de la masificación de las playas», explican. Es decir, que por su cabeza nunca se plantearon un retiro en Benidorm, Mallorca o Alicante. «No les tira mucho ni a mi mujer ni a mi hijo», dice Juan.

Ahora, invierten casi la mitad del año en descansar en Galicia, entre los meses de mayo y octubre. Juan responde a la llamada mientras trabaja en su jardín. «Es que están empezando a salir hierbajos y hay que estar encima de ellos para que no se descontrolen», explica. Forma parte de una de sus rutinas diarias en torno a la naturaleza, porque para los dos, su propiedad en O Pereiro de Aguiar es como un retiro espiritual. Incluso su hijo, que siente un gran apego hacia ellos, se deja caer cada cierto tiempo por allí porque la siente como su segunda casa. O casi la primera. «Él nos dice que nunca la vendamos, porque al final él también acabará viniendo aquí», dice entre risas Juan. Y no es una frase al aire. «Cuando viene a vernos, coge la bicicleta y se va de ruta o se deja caer por la cancha de baloncesto de la urbanización para pelotear un rato», detallan.

Juan y Fina, con su marcado acento aragonés, valoran el verde que se encuentran a su alrededor cada vez que llegan a Galicia. Desde Zaragoza viajan en tren. Y desde la estación, un taxi les lleva a su hogar estival. «Nos gusta vivir en el interior porque hay unos árboles enormes, pajaritos y unas castañas muy grandes que nos paramos a coger por el camino», explica el matrimonio.

Son los placeres de la vida sencilla más allá de la ciudad, del ruido. «Lo que tenemos aquí no lo hay en los núcleos grandes», diferencia Juan. Él se refiere a la ausencia del estrés, a la calidad de vida de poder despertarse sin mirar el reloj o la preocupación de llegar tarde a los sitios. Porque tanto Fina como él ven en sus paseos vespertinos uno de los mejores momentos del día. «Vamos caminando hasta el pueblo por el borde de la carretera, con nuestros chalecos amarillos. Y andamos unos seis o siete kilómetros», cuentan.

«Te ayuda todo el mundo»

En O Pereiro de Aguiar se encontraron con que la cercanía de las cosas también era extensible a su gente. Mientras las grandes ciudades amplían sus periferias y se esfuerzan por mejorar sus conexiones de transporte, Juan y Fina encontraron el lado más genuino del contacto humano preguntando a sus vecinos. «Aquí te ayuda todo el mundo, incluso los ciclistas que van de paso se detienen a echarte un cable», comenta el primero. Y no parece un aliciente cualquiera, porque uno de los motivos por los que escogieron venir a un paraje más alejado del convencional de playa y aguas cristalinas como son las Rías Baixas fue precisamente la tranquilidad. En los tiempos de la masificación, el turismo en pisos de alquiler rápido y las playas saturadas de sombrillas, Fina y Juan se quedan con la paz del interior, el silencio y el colorido de los montes.

«Quisimos irnos a un lugar que estuviese en un término medio. Que no nos llevase a meternos en mitad de la montaña o a perdernos en un extremo demasiado rural, pero tampoco nos interesaba quedarnos excesivamente cerca de las ciudades», determinan ambos. Y su hijo, que también mira de reojo un futuro de reposo en la provincia de Ourense, celebra que aquel viaje de casados en el noroeste de la Península acabase con una nueva vida lejos de lo urbano.

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