El encanto de cazar en familia

Los Varela, de O Irixo, disfrutan juntos de una afición heredada ya del bisabuelo


OURENSE / LA VOZ

Ha comenzado la temporada de caza menor y la familia Varela, de O Irixo, ya está disfrutando con sus salidas al monte con algunos de sus 22 perros. Empieza la temporada del conejo, la liebre o la perdiz, especies que se pueden encontrar -aunque mermadas por las pestes y el abandono de los cultivos- en el tecor Pena Maior, situado en los montes de Piñor y O Irixo. A esta familia, la afición por la caza le viene de antiguo. Isaac Varela Rodríguez, de 67 años, y su hermano Manuel, de 57, ya vivieron la actividad con su padre, Plácido, y su abuelo, Manuel Martín. «Con oito anos xa ía con eles, cun pau; daquela a caza era libre. Tan pronto puiden saquei o permiso de armas», explica Isaac. Sus hijos tardaron poco más en aficionarse. En particular, Ángel, que recuerda que a los trece o catorce años ya salía al monte acompañando a su padre y a su tío. Fran, el benjamín, tardó un poquito más. Primero le gustaron los caballos pero a los 17 o 18 años ya se apuntó a la afición familiar.

Isaac menciona que a él siempre se le dio bastante bien la caza. Y de sus hijos comenta que «xa naceron cos dentes nela». No solo salen en la temporada de caza menor, pues todos participan también en las batidas del zorro, otra modalidad en la que se juntan hasta quince cazadores, porque los grupos deben ser de diez como mínimo. «Gústame calquera cousa, o que veña, o que non quero é estar na casa», bromea Isaac, aunque, si tiene que elegir, prefiere la caza de la liebre antes que la del conejo. O la perdiz, porque es más visible. «Todo ten o seu encanto», corrobora Fran.

Los Varela no perdonan un domingo, jueves o festivo -siempre que puedan- para salir al monte durante la temporada de caza. Y las jornadas son largas, madrugan y vuelven tarde, para aprovechar cada día al máximo. «Desconectas de todo», explica Fran, sobre la sensación que le producen estas salidas. Ya llevan algunos domingos saliendo a las batidas del zorro, que tiene un calendario distinto a la caza menor. Por eso la espera por la apertura no se les ha hecho tan larga.

En la caza lo de los tiros para ellos es casi secundario. El mayor placer es ver a los perros y andar por el monte, dice Ángel. Isaac reafirma esta sensación: «Este domingo saímos ao coello. O que me divirte é saír ao monte e sentir aos cans. Adestrando xa me divirto. Gusta matar, pero ao ver a peza, pensas ‘se non a matara podía volver outro día’». La familia se ocupa de criar a los canes, les construyó una perrera para que tengan un lugar adecuado y alejado del pueblo para que no molesten con sus ladridos. La manutención y el cuidado de los animales -microchips, gastos veterinarios- es una de las partes más costosas del deporte, a lo que hay que sumar las licencias anuales, el seguro o el coto, enumera Fran. Cazar, cazan. Regalan piezas a los amigos para que las coman. El último domingo que salieron al zorro cazaron dos raposos, cuenta Isaac. En esa modalidad tienen que ir a cazar a la mancha del coto que les designen, no se elige. En cambio, para el conejo se pueden mover libremente. Caminan kilómetros por el monte, menciona Ángel.

El problema, que no es nuevo, es la falta de caza. Los montes, el rural en general, sufren abandono, crece la maleza que dificulta andar a los cazadores y que aleja a las especies. Al conejo le gustan los prados o terrenos cultivados, y lo único que avanza es, o bien la maleza, o bien las plantaciones de pinos o eucaliptos, asegura Isaac, y que solo favorecen a «bichos grandes como o xabarín». Tanto Fran como Ángel recuerdan que en sus primeros años había más piezas.

Y si cuando los jóvenes cazadores eran pequeños eran su padre y su tío los que tiraban para salir, a Isaac no le cuesta reconocer que ahora son sus hijos los que le animan. «É unha satisfacción moi grande ir cos fillos. Sei de familias que deixaron de ir porque non tiñan compañía. A min vénme algún dos fillos e di ‘papá, saímos’ e collen o coche e lévante. Se non, eu dubidaría de continuar», señala el padre. «Onda nós vese mal futuro. De 25 anos para abaixo debe haber un ou dous cazadores», apunta Ángel.

«Se nós non traballaramos o monte, non se daba andado»

La caza es un estilo de vida, de gusto por lo rural. Fran, que reside por ahora en O Carballiño, se está haciendo una casa en O Irixo. «Gústame o pobo», afirma. Y todos, aunque respetan la opinión de los ecologistas, defienden que los cazadores hacen un papel importante en la naturaleza. «A xente ten aos cazadores como asasinos. Eu vou tan contento ao monte sen escopeta. O que me gustan son os cans. O cazador controla especies como o xabaril, os corzos, que causan tantos accidentes tódolos días», argumenta Fran. Ángel añade que son las sociedades de caza las que hacen el 80 % del trabajo de conservación y de limpieza del monte. «Se nós non traballaramos o monte, non se daba andado», reitera. La temporada que comienza no se presenta bien en esta zona, opinan los cazadores. La peste afecta al conejo desde hace meses, y provoca una gran mortandad incluso antes de llegar a este mes, además de que a esta especie no le gusta la maleza que predomina por todos lados.

Isaac Varela comenta que siempre cuidan la seguridad, porque toda siempre es poca, y en las batidas usan munición y no balas. En su caso, nunca sufrió en los años que lleva cazando ningún percance, aunque recuerda un accidente grave de un cazador ocurrido hace dos años en esa zona.

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