El Angenido


Existen muchas maneras distintas de respirar. Respirar, esa gesta rutinaria que parece tan sencilla, que no lo es en absoluto.

Suelo respirar muy fuerte por las noches, en el límite del ronquido, sobre todo cuando esa pesadilla que me deja consciente del todo pero inmóvil a la vez aparece en su visita mensual a casa. Entonces respiro muy fuerte, tanto como para conseguir despertarme a mí mismo. Sobresaltado, exhausto como en el orgasmo. Fatigado como subir al tercer piso por la escalera. Como el cansancio casi suicida de escuchar ese disco gritón de Janis que tanto te gustaba. Aprendí a aguantar la respiración. Aprender cualquier cosa me supone un esfuerzo extra, algunas canas nuevas alrededor de la entrepierna y la sensación de que si no lo hago me quedaré atrás.

Lejos. Más ignorante.

ue en unas vacaciones de verano que un nuevo amigo del último curso de EGB -un sistema educativo con tantos errores como aciertos- me invitó a su pueblo, O Irixo. Él era un niño raro, no acostumbraba a sonreír, evitaba cualquier contacto físico y podía memorizar en tiempo récord un número imposible de tipos de moscas. Siempre olía a naftalina.

No sé en qué momento nos hicimos amigos, pero he de reconocer que siempre sentí una atracción especial por lo extravagante -mi historial amoroso podría confirmarlo- y un buen día yo le enseñaba a divertirse con videojuegos y él me leía libros sobre príncipes y corderos. Pasábamos las mañanas en el puente romano casi irreconocible de O Irixo imaginando historias de otras épocas, tirando piedras a las casas abandonadas, explorándolas o corriendo detrás de los perros palleiros que nos íbamos encontrando.

Los perros palleiros son los mejores perros.

Casi llegando a su casa un murmullo silencioso y mudo nos distrajo de cualquiera que fuese la aventura que nuestras cabezas se habían inventado. Un patio trasero de un vecino cercano abarrotado de personas vestidas de negro celebraban -si es que celebrar es el verbo adecuado- el velatorio de una anciana de Lalín, un pueblo cercano.

Jaime, que es el nombre con el que recuerdo a aquel niño, me cogió de la mano y echó a correr más rápido de lo que mis piernas torpes e incompetentes eran capaces de asumir. Encendió una hoguera en la bodega de sus padres, me pidió que aguantase la respiración unos minutos y comenzó a dirigir el humo hacía mí. Explicaba entre soplidos como la gente que vive entre Cuntis y Lalín al fallecer puede contagiar el Angenido a los niños a través del aire en los entierros. Un demonio maligno que solo se evita con el humo de una fogata.

Ahumado y asustado subí al piso de arriba y llamé a casa suplicando que me viniesen a buscar. Irme de allí, volver a mi Ourense. Lejos del peligro.

Se me fue la confianza en la vida durante una época y cada vez que escuchaba sonar campanas de iglesia cerca aguantaba fuerte la respiración.

odavía lo hago algunas veces, no vaya a ser que el Angenido ya haya llegado a Ourense.

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