De ir de fiesta en fiesta a convertir el Muíño de Valerio en un símbolo

Alfredo López Penide
López Penide BARRO / LA VOZ

O CARBALLIÑO

El hostelero cogió el inmueble en un estado ruinoso en el año 2000

06 jun 2026 . Actualizado a las 19:29 h.

«Hai persoas que montan negocios. E hai outras que levantan historias. Jose Luis Senín pertence ás segundas». Quien habla así es una de las personas que mejor conoce a quien los últimos veintisés años estuvo al frente del Muíño de Valerio y que ahora, después de más de cuarenta años «entregado á hostalaría, ás festas populares e á gastronomía tradicional» se jubila.

Jose Luis Senín Espiño nació en 1959 en San Andrés de César, en Caldas de Reis, «no seo dunha familia humilde» de padre constructor y madre ama de casa. Sus allegados recuerdan que sus primeros años de vida «foron tempos duros, de aprender cedo que nada cae do ceo» hasta que, con apenas 20 años años, se casó.

Por aquel entonces el enlace matrimonial iba a ser algo más que un mero casamiento al uso. Y es que fue precisamente en casa de su mujer, conocida como «a casa dos habaneiros» donde comezou, casi sin pretenderlo, o eso dicen sus más próximos, la aventura que acabaría por convertirlo en un referente en toda la comarca.

Y es que corría el año 1981 cuando tuvo la feliz idea de poner en marcha un bar ambulante con el que recorrer las fiestas populares. Los que hoy ya peinan canas aseguran que esto «hoxe pode parecer algo normal, pero daquela non o era. De feito, foi pioneiro na comarca do Umia».

Aprendiendo el oficio

La vida en las fiestas de aquella era, cuanto menos, intensa: «Había viño, había música, había po e madrugada. Chegaban as polbeiras do Carballiño e colocábanse diante do seu bar. Elas servían o polbo. Jose Luis encargábase do viño. E así, entre carpas improvisadas, lume e mesas corridas, foi aprendendo un oficio que acabaría marcándolle a vida», señalan.

La primera Festa dos Vellos de Barro fue también su primer gran reto profesional, ya que «tivo que facerse cargo de todo o servizo». No se lo pensó dos veces e aprendió el arte de los fogones de la mano de su suegra, a la que aún hoy recuerda como «unha cociñeira das de verdade, das que xa non quedan».

Aunque después regentaría un bar en Moraña, Senín nunca abandonó las fiestas, ya fueran las de San Breixo o las de Os Milagres de Amil. Y su fama se fue extendiendo. Sus conocidos relatan como, «pouco a pouco, os concellos empezaron a chamalo para organizar comidas populares e festas de maiores. O nome de Senín comezaba a soar por todas partes. O negocio medraba», pero, en paralelo, «o sacrificio. Houbo que contratar cociñeiras, camareiros, montar equipos, facer quilómetros e pasar máis noites traballando ca durmindo. Campo Lameiro, A Lama, festas da augardente, romarías, celebracións populares…», añaden.

Y es que tienen claro que la suya ha sido «unha vida enteira servindo mesas mentres outros celebraban».

Pionero en lo que hoy es el catering

Pero José Luis no tardaría en demostrar, de nuevo, sus dotes de pionero al ver negocio en eso de entrar en las casas de los clientes. «Antes de que a palabra catering estivese de moda, xa organizaba comuñóns, aniversarios, vodas e xubilacións en domicilios particulares. El non vendía só comida. Vendía tranquilidade. Vendía confianza», remarcan lamentando que os anos pasen por todos, tamén por Senín.

Esa visión de futuro la volvió a demostrar en el 2000 cuando tuvo noticia de que el Muíño de Valerio, por entonces un inmueble ruinoso, salía a concurso. Mientras muchos lo vieron como algo perdido en el medio de ninguna parte, «un lugar abandonado, cheo de silvas e practicamente morto», Jose Luis vio otra cosa. Echando la vista atrás se limita a decir: «Necesitaba un sitio tranquilo para traballar».

La realidad es que los primeros años fueron durísimos, la gente apenas paraba a tomar algo e, incluso, hay quien afirma que «o lugar daba medo». De hecho, muchos pensaron que sacar aquello adelante era misión imposible y la apuesta tuvo un importante coste, incluso, a nivel familiar. Sin embargo, José Luis no desistió.

«Pouco a pouco, con esforzo, teimosía e moitas horas de traballo, o Muiño de Valerio foi cambiando. Co apoio do Concello, o espazo recuperou vida e acabou converténdose nun dos lugares máis especiais da comarca. O que antes era abandono converteuse nun referente». Senín se especializó en pulpo y asados, y pronto empezaron a celebrarse bodas y primeras comuniones, algo impensable apenas unos meses antes.

Por el Muíño de Valerio pasaron desde famosos a persoas anónimas, desde solitarios hasta familias enteras... «E todos marchaban dicindo o mesmo: que había algo especial naquel lugar. A beleza do paraxe fluvial, o son da auga, os patos e as ocas paseando arredor do muiño… pero tamén a comida», remarcan los amigos de José Luis conscientes de que en este espacio sobrevivía «unha cociña auténtica, sen artificios. A súa carne estofada converteuse nun símbolo».

«Da de antes», matiza, antes de preguntar «quen non pasou polo Muiño de Valerio nestes 25 anos?», cuestión que él mismo no duda en responder socarronamente: «Por aquí pasou todo o mundo».

Su legado

Su legado continúa de la mano de su hijo Víctor, quien «medrou entre festas, cociñas e mesas por montar. Mentres outros nenos xogaban ao fútbol, el acompañaba aos seus pais nas romarías».

No es de extrañar que acabara heredando esta pasión, algo que se tradujo en unos estudios de hostelería. De este modo, y junto a su mujer, puso en marcha Senín Catering, firma especializada en servicio a domicilio. «Pero esa xa é a súa historia», acota Jose Luis cunha mezcla de orgullo contenido y tristeza.

Orgullo por el futuro que se le abre a su hijo y tristeza porque ni este, ni su hija continuarán con el Muíño de Valerio, por lo que Jose Luis se verá obligado a entregar las llaves al Concello. Eso sí, lo hará «coa tranquilidade de quen deixa algo construído con honestidade», apuntan sus allegados, mientras que él se limita a señala que «quen veña detrás atopará todo preparado e cun prestixio gañado durante moitos anos».

Eso sí tiene una única petición, casi que un ruego, que cuiden este espacio, que no lo dejen morir, que sigan alimentando a los patos y ocas, porque «forman parte da alma da Barosa». 

Ahora, después de toda una vida detrás de la barra, le toca, por fin, sentarse en el taburete a descansar. 

 

¿Quieres contactar con el periodista que firma esta noticia? Escribe a alfredo.lopez@lavoz.es