La casa de Herodes

La Fundación Cum Laude coordina la exposición de la asociación fotográfica O Potiños en el Policlínico Cosaga de la capital


OURENSE

«Un atardecer senté a la Belleza sobre mis rodillas y la encontré amarga. Y la insulté». Rimbaud.

La Fundación Cum Laude, presidida por Ángeles Rodríguez Valiño y José Manuel Quintáns Vázquez, tiene por objeto la promoción cultural, desde la organización de ciclos de conferencias, club de lectura y otras actividades socioculturales como la difusión del arte conforme a los principios de desarrollo social y solidario, trasladando a todas sus actuaciones sensibilidad, entusiasmo y compromiso.

La Fundación Cum Laude, en colaboración con la asociación fotográfica O Potiños de O Carballiño, comisaría la exposición que lleva por título Baleirada, una reflexión sobre el aspecto desolador del paisaje de una parte de la España vaciada por el envejecimiento de la población, la emigración, la despoblación y el abandono que mella el entorno rural. Una sinfonía multifocal a través de las miradas de algunos fotógrafos de la citada asociación que, desde una poesía visual e intimista, son capaces de trasladar al espectador la reverberación del instante, llenando con sus imágenes, esos espacios del anonimato, que define Marc Auge en No lugares; itinerarios que llevan consigo sus encrucijadas a salas de espera de consultas médicas en las que Hermes, dios del umbral y la puerta, espera su turno como el resto de la especie social.

Las civilizaciones Akan (Ghana, Costa de Marfil) encuentran en la perfecta coincidencia entre las instancias la salud. El cuerpo como territorio limitado por la piel, lugar dónde se encuentran todos los caminos. Y es en esa inquietud silenciosa de la consulta, esa pequeña ansiedad de la espera, que la Fundación Cum Laude, sensible a la humanización de los No lugares, de esos espacios de tránsito, consigue transformar en un espacio identitario de creación y arte.

El proyecto fotográfico atrae la mirada sobre cómo el éxodo rural vacía el paisaje. Esos huecos solo vitales si habitados, dejan en el abandono, vestigios de una sociedad pretérita, anónima, borrada. Una poética de la desolación, del efecto aniquilador del olvido en las casas que derrumba los muros de la soledad con una humedad que infecta y pudre vigas y almas. Los metales se oxidan como un exvoto inútil en el ajuar que Felipe Gallego ilustra como una inquietante naturaleza muerta en la que la cuchara y el plato, protagonistas vacíos y herrumbrosos por la renuncia, permanecen dañados y perdidos en un tiempo que ya no existe.

Estancias vacías por las que se cuela como la tristeza el sol hecho jirones que mantiene expoliada y vacía la biblioteca, los cajones abiertos como la memoria, dibujan una acuarela de Dalí.

Luisa Lorenzo en Pasando do pasado dialoga con la historia, estableciendo un itinerario temporal entre los objetos que presenta en primer plano como marca de una sociedad que apenas deja cicatrices en un presente sin identidad. Dicotomía entre lo cercano y el afuera, objeto de investigación de la antropología actual, ventanas entreabiertas muestran el paisaje que ha brotado intramuros como un territorio salvaje, preservado del exterior.

Del lugar donde jugaban los niños y rugía una algarabía infantil queda el silencio de los mástiles que sostenían unos columpios que se han perdido como la infancia en algún lugar de la memoria. La carcasa de una luz sin bombilla que se aferra al muro como la hiedra, es obra de Óskar Pérez. Pat Celta utiliza un exceso de luz para crear un destello con efectos atmosféricos. Para Víctor, Abandono son unas botas perdidas. La escenografía se cierra con un animal de peluche que parece sostenerse entre las zarzas, siendo el psiquismo de cada sujeto el que redefine el objeto convertido en símbolo. En un mundo sin grandes relatos, el individuo de la sobremodernidad, enfermo de ego, encuentra en el rural un universo sin territorio. El éxodo que implica una puerta desvencijada es el vacío de un campo de baloncesto atravesado por el paisaje para Esther Mosquera, un radiocasete como un animal moribundo que muestra su vientre vaciado. Detrás de las ventanas sin cristales los fantasmas del pasado amontonan los objetos olvidados en La casa de Herodes. Sorprendente escena de interior de M. Celta. Esquecidos 2 de TT, el solitario poste de la luz Sin luz, de Juan Rúa y tiene rumor de accidente y cristales e ilusiones rotas como los cristales en Se vende de J. L. Montes. E. Gómez encastra pasado y presente en un fotomontaje y trasfiere en un retrato insólito la magia del lugar al personaje convertido en icono. J. L. Diz convierte en santuario un hórreo de piedra.

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