La caída de las ventas pone en riesgo las farmacias de los pueblos

En Ourense diez establecimientos reciben ayudas de la Xunta, insuficientes para el sector


O BARCO / la voz

Diez farmacias de Ourense reciben ayudas de la Xunta cada mes por tener su viabilidad económica comprometida. Son cinco veces más que las que había en 2014. Pero son cantidades pequeñas -va en función de los ingresos-, apenas 200 euros al mes cada una (el máximo son 800, para las que apenas tienen facturación), que poco resuelven. Pero esas diez son muchas menos de las que en realidad están en un situación difícil, lo que pone en riesgo su futuro, según denuncia el colegio oficial de farmacéuticos de Ourense. Su presidente, Vicente J. Álvarez, pide que la Xunta cree «una línea específica de ayudas para garantizar la viabilidad de las farmacias con dificultades económicas».

La crisis ha incidido en el sector de manera importante. Galicia es, según los datos aportados por Álvarez, «donde el sector ha notado más la crisis de España». Dentro de Galicia, Ourense. Y ya en la provincia, las del rural son las que peor lo están pasando, dice. Tanto que, en los tres últimos años, las boticas ourensanas han perdido entre un 20 y 25 % de media en su facturación, porcentaje que llega hasta el 40 % en el rural, y que se dispara hasta el 65 % en algunos puntos concretos. Han bajado los precios de los medicamentos, y también el número de recetas. Y el Sergas ha decidido abastecer a las residencias de ancianos a través de los centros hospitalarios. Esto les resta un número importante de clientes cada mes. Si a eso se le une que en el rural los denominados productos de venta libre -como cosméticos o material sanitario no financiado- apenas suponen ingresos... el resultado son números rojos.

Muchos profesionales están en una situación delicada, con el concurso de acreedores como una posibilidad. A esta figura tienen que recurrir en el sector si quieren cerrar una botica. Un final cuyas consecuencias van mucho más allá que las que suponen para el profesional afectado. Se extienden a toda la población del núcleo que se queda sin un servicio «fundamental», defiende Álvarez. Considera que el tema no es baladí. «Un pueblo sin oficina bancaria y sin farmacéutico se condena a la desaparición; hay que apostar por el rural», defiende.

Él mismo es un farmacéutico rural. Ferrolano, tras años trabajando como visitador médico, hace nueve se le presentó la posibilidad de hacerse con la farmacia de O Bolo y no se lo pensó mucho. Tiró de ahorros familiares y de un crédito para poder «desarrollar mi profesión». No se arrepiente. Los primeros años fue muy bien y le dio para ir amortizando parte del crédito. Reconoce que los que compraron más tarde lo están pasando peor. A él le gusta el trabajo. «La gente te valora mucho, te pide consejo, incluso a veces vienen por aquí antes de ir al médico. Es un orgullo profesional», señala. Pero además de orgullo, los negocios buscan números.

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