«Nos llegaban mujeres desde O Barco con el niño asomando o ya nacido»

La auxiliar de enfermería Rosa María Rodríguez, ya jubilada, llegó a la profesión obligada por su padre y dice que le da «mil veces las gracias»


ourense / la voz

Las manos de Rosa María fueron las primeras en tocar la piel de muchos ourensanos. ¿Cuantos? Ni ella misma se atreve a dar una cifra «pero fueron muchísimos», asegura. Llegó al servicio de ginecología recién cumplidos los 18 años. Había terminado su formación como auxiliar de enfermería, una profesión a la que llegó casi obligada por su padre. «Yo era entonces una niña tonta que no quería estudiar; fue mi padre quien me anotó. Hoy le doy mil veces las gracias. Nunca se lo agradeceré bastante porque me encantó mi trabajo». Su primera etapa profesional la pasó en el hospital Nai. La metieron inicialmente en el servicio de ginecología, aunque luego la convencieron para que pasase a prematuros. «Decían que se me daban muy bien y me insistieron tanto que pasé, En el Nai estuve en total seis años, luego empezó a funcionar el edificio materno, y nos cambiaron».

De sus inicios recuerda que sus tareas iban más allá de las que oficialmente corresponderían a una auxiliar. «Al principio, salvo unas monjitas que había, no teníamos en Ourense enfermeras porque no había escuela. Eran otros tiempos, en muchos sentidos», reflexiona. Pronto descubrió que dentro del servicio había una sección que le gustaba más que ninguna otra: las urgencias. «Hay gente que, según se va haciendo mayor no puede mantener el ritmo de guardias, especialmente las nocturnas; yo afortunadamente las hice hasta el final», dice.

Lo que más valora del trabajo en esa sección es «el trato directo con la gente, porque eres tú quien la recibes», aunque también tiene «sus apuradas». Ella vivió varios de esos momentos críticos, sobre todo en la etapa inicial del servicio en el Nai, pero también en los primeros años del Materno, con parturientas llegaban en taxis, ambulancias de Cruz Roja o coches particulares desde lugares tan alejados y tan mal comunicados como la zona de Valdeorras.

«Llegaban al límite, a punto de dar a luz, tan apuradas que algunas estaban ya incluso en pleno proceso y asomaba el niño. Otras incluso ya habían parido por el camino, Yo hice muchísimos partos en los sitios más insospechados, incluso varios en el ascensor mientras las subíamos al paritorio. A otro lo recogí de la taza del váter y a muchos en los vehículos», recuerda. Cuenta que siempre llevaba con ella un equipo instrumental «para cortar los cordones, porque era frecuente tener que salir a recoger niños a los coches, o bien a ayudar a sacarlos allí mismo porque ya tenían la cabecita fuera y no llegaban al paritorio».

Rosa María recuerda también alguna que otra sorpresa, tanto para el personal como para los propios progenitores que no sabían, por ejemplo, que traían gemelos. «En aquellos años no existía el control que hay ahora en la gestación. A las embarazadas no se le hacían ecografías durante el embarazo. No había ecógrafos. De hecho a mí misma me operaron de un quiste de ovarios y ya estaba embarazada de dos meses», apunta Rosa.

Pero además de los apuros por la entrada de mujeres que, tras horas de traslado por carreteras que nada tienen que ver con las de hoy, llegaban a punto de dar a luz o con el niño ya nacido, en el servicio se enfrentaban a otra realidad que ahora, para desgracia de los índices demográficos de la provincia, ya no se produce: la acumulación de partos. «La diferencia de natalidad es increíble. Los nacimientos de un día normal de entonces no tienen nada que ver con los del día más agitado de hoy. En aquellos años igual tenías al médico en un paritorio con una, la matrona atendiendo en otro y tú con cuatro señoras en camas, con las cuñas puestas y vigilando qué niño asomaba antes para avisar», relata.

«Jamás me sentí quemada en mi trabajo; fui una privilegiada»

Rosa Rodríguez tiene un espíritu positivo y alegre que contagia positivismo. No es de extrañar que su despedida fuese multitudinaria y plural, con profesionales de distintas ramas sanitarias reunidos para agradecerle los buenos momentos que compartieron. «Fue muy emocionante» dice. Aún le cuesta asumir su nueva condición de jubilada. Hace apenas medio mes que cerró su ciclo profesional después de casi cinco décadas de ejercicio y, aunque tiene planes para disfrutar de esta nueva etapa -entre ellos viajar-, confiesa que le está costando adaptarse.

Echa de menos «tanto el ritmo de trabajo como, especialmente, el contacto diario» con el personal. «Yo disfruté mucho en mi profesión. Jamás me sentí quemada en mi trabajo; fui una privilegiada estar donde quería», asegura.

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