Ocurrencias


Rodeados de visionarios, claramente sobrepasados por gente capaz de ver lo que los demás peatones no somos capaces de vislumbrar, es sorprendente que aún no se haya consolidado un despacho, gabinete, o como se diga, para mostrarnos el futuro. Para anticiparlo, en realidad. Con clase y categoría, como el que lucen en Lugo. O no, porque, digámoslo francamente, no parece muy glamuroso, sino más bien tosco, aquello de «¿Qué quieres que te mire? ¿Todo en general? ¿Salud, dinero, amor?», como ayer contaba este periódico que preguntó a una clienta la afamada pitonisa. De existir tal figura, viendo las cosas con tiempo, alguien hubiera podido advertir a ministros/conselleiros/diputados/alcaldes/concejales, o quien en cada momento puso su necesaria firma en el papelín oficial, para que echaran el freno ante algunas actuaciones. Digamos, verbigracia, el llamado centro de interpretación de los parques naturales, en el que se gastó un buen pellizco de las arcas públicas para acabar pudriéndose a la espera de no sabe qué, sin que nadie proponga un uso para ese montón de cemento; o dinamitarlo, directamente. Ni una maldita comisión quieren, lo cual parece indicar que nadie se atreve. ¿Y la plaza de abastos de A Ponte, cuya rehabilitación costó una pasta? Ahí sigue, cerrada a cal y canto, sin perspectivas de reapertura. ¿Y la «fuente bouvette» del paseo termal? ¿Y quién se acuerda de lo que pagó la Diputación por unas ruinas en la calle Monterrei? Sumemos la vieja cárcel del Progreso y, con alguna pieza urbana más, bien se podía completar una ruta/guía a la que cada cual podría etiquetar a su manera.

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