María José Pato: «A veces transmitir tranquilidad da mejor resultado que los medicamentos»

Las aventuras de su abuela, comadrona de pueblo, la encaminaron hacia la sanidad


ourense / la voz

María José se confiesa tímida, pero no lo parece cuando se pone a hablar de su profesión. Lo hace con un entusiasmo contagioso. Es, a pesar de los reveses de la vida, una de esas personas a las que apetece escuchar cuando habla de su trabajo. Y no solo porque, como cualquiera con el paso de los años, haya acumulado múltiples experiencias y anécdotas; sino porque tiene la habilidad de revivirlas con una intensidad que engancha y de recordarlas siempre con tono positivo. Influye, como ella misma confiesa, que ha tenido «la gran suerte» de trabajar en aquello que le gustaba: la sanidad. «De niña, desde muy pequeña, cuando jugaba con mis amigas yo siempre era la médica o la enfermera; y no quería ser otra cosa», relata. Aunque no había antecedentes familiares de profesionales en el sector sanitario, mantuvo su determinación y en cuanto pudo se anotó en la escuela de auxiliares de enfermería en la recién abierta residencia sanitaria de la capital ourensana.

«A veces pienso que quizá me influyó mi abuela. Pasaba mucho tiempo con ella y era una de esas mujeres que tenían cierta habilidad y en los pueblos ayudaban en los partos; de hecho, aunque no tenía ninguna formación, cuando el médico de Maceda se veía apurado mandaba a que fueran a buscarla», recuerda. La imaginación infantil registraba como increíbles aventuras aquellas anécdotas que la señora Manuela contaba para entretenerla, narrando las peripecias de los viajes en burro o a caballo que le llevaban para ir a buscarla, más que los pormenores del parto. Curiosidades de la vida, la propia María José ejerció de comadrona improvisada en alguna ocasión.

«Eran otros tiempos, las carreteras de hoy no son las de entonces, y muchas parturientas llegaban a urgencias desde pueblos a horas de distancia, como ocurría con las comarcas de Verín o Valdeorras. Algunas llegaban con el bebé casi fuera y había que remangarse y echar mano; eso sin contar los que ya nacían extramuros, es decir, fuera del hospital porque habían dado a luz por el camino», relata. María José fue testigo de muchas de esas peripecias porque pasó la mayor parte de su trayectoria en ginecología y obstetricia. Aquellos también eran otros tiempos en el desarrollo de la profesión.

«Cuando empezamos nosotras no había llegado aún la primera promoción de enfermeras que empezó el primer curso en el año 71, así que hacíamos de todo; desde coger vías a hacer curas, porque solo estaban las monjas, que eran las profesionales de enfermería, y nosotras», recuerda. De todas sus experiencias con nacimientos agitados, quizá la ocasión más difícil la afrontó en su casa, ayudando a una vecina. «Yo solo pensaba: ‘Dios mío, que todo salga bien porque si no me voy a la cárcel’. ¿Pero qué iba a hacer? Ella pedía ayuda y no puedes hacer otra cosa», señala. Todo fue bien pero aún hoy, décadas después, recuerda hasta el más mínimo detalle de aquel día. «Oí pedir socorro y cuando subí me la encontré con la cabeza del niño ya casi fuera. Tumbé a la madre en la cama, cogí la cabecita y lo saqué; le até por los dos lados el cordón umbilical con hilo de bordar Tridalia, lo corté, lavé al niño, lo preparé, esperé quince minutos, le saqué la placenta y la metí en una bolsa para que luego pudieran analizarla. Aseé a la madre, y me los llevé al hospital», narra.

María José cuenta que su profesión la llenó plenamente. «En la sanidad fui la mujer más feliz del mundo; siempre sentí que estaba donde tenía que estar, que ese era mi sitio», asegura. Pero los inicios no fueron agradables. «Al principio lo pasé fatal. Sufría muchísimo porque me llevaba los problemas de los pacientes para casa y pensaba todo el rato en cómo estaría tal persona que había quedado malita, quién le estaría atendiendo...». Esa angustia terminó cuando «me enseñaron cómo separar las dos cosas», aunque ella es de la opinión de que en la asistencia «lo que mejor resultado da, incluso a veces más que las medicinas, es ser cercano y generar confianza y tranquilidad en el paciente».

DNI. Profesión. Su rincón.

quién es

DNI. María José Pato González nació en la pequeña localidad de Calvelo, en el concello de Maceda, hace 66 años.

Profesión. Auxiliar de enfermería, comenzó su desarrollo profesional con 18 años en la residencia sanitaria de la capital ourensana (hoy CHUO) donde ejerció 44 años. Se jubiló en julio del 2016.

Su rincón. El mirador de San Francisco, el que fue su barrio durante buena parte de su vida. Siempre le ha gustado ese entorno y las vistas de la zona monumental de la ciudad. Ahora, aunque pasa más tiempo en Maceda, la terraza de la cafetería del mismo nombre es lugar de encuentro para dar un achuchón matinal a sus nietos de camino al cole.

«A la profesión le agradezco que me diera las mejores amigas del mundo»

«Éramos pocas y éramos una piña», apunta María José Pato para explicar que precisamente el entorno laboral le proporcionó a quienes, a día de hoy, son sus amistades más sólidas. «A la profesión le agradezco que me diera las mejores amigas del mundo. Desde el principio estuvimos juntas. Las fui arrastrando incluso hacia donde yo me iba moviendo, como cuando pasé a quirófano que fue una etapa maravillosa». Esa relación intensa «que hoy, con tanta gente, quizá no sería tan fácil porque la convivencia es distinta», traspasó el entorno del hospital y también generaciones. «Al ser todas de la misma quinta, nuestros hijos son más o menos de la misma edad y quedábamos. Esa amistad nuestra los unió también a ellos. Aún hoy se citan para verse», apunta.

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