lobios / la voz

Una foto con el medio centenar de habitantes que tenía hace tres años Puxedo, una aldea del Xurés en el municipio ourensano de Lobios, cuelga de una de las paredes del local social. En ella los vecinos posan como una gran familia ante la capilla de San Antonio. Allí, el 9 de septiembre del 2010, empezó todo. Comenzó con la restauración del retablo barroco dedicado al patrón, que recuperó su policromía original. Se logró con la aportación vecinal de nueve mil euros y con una ayuda de la Diputación. Fue solo el primer paso.

Desde entonces, los vecinos han restaurado las eras del pueblo, la plaza de San Antonio, antiguas cuadras, pajares o lagares reconvertidos poco a poco en local social, horno comunal o museo etnográfico, respectivamente. Puxedo, enmarcado en un paisaje espectacular de bolos graníticos del parque natural de la Baixa Limia-Xurés, luce hoy como un pueblo cuidado. Con unas restauraciones impulsadas por sus propios habitantes que, organizados en colectivos vecinales y juveniles, han conseguido acceder a diferentes programas de varias consellerías de la Xunta.

Casas antiguas de piedra conviven con estructuras modernas como en la mayoría de los pueblos gallegos, pero el feísmo de las paredes de bloques de hormigón está desapareciendo. Grafitis costumbristas los cubren. Los contenedores están disimulados con islas de madera y por todo el pueblo se reparten coquetos bancos también de madera adosados a las casas. Todavía queda alguna fachada en la que asoma ladrillo sin recebar, pero poco a poco, con el esfuerzo de los vecinos -de sus propias manos y burocrático, para conseguir subvenciones- se han recuperado espacios públicos de los que disfrutan con orgullo. Con una buena inserción de materiales en el entorno, se han pavimentado y adoquinado calles y plazas, que potencian su función de lugar de encuentro y de marco para revivir la cultura tradicional rural. En la Eira da Cruz, con impresionantes vistas, lucen ya restaurados seis de los 28 hórreos del pueblo.

«Sacamos tractores de maleza»

Celsa Paz recuerda cómo tuvieron que limpiar la maleza con sus propios medios, desbrozando caminos y arrancando silvas. Como en la Eira do Toco, la mayor y primera que se arregló. «Había tantas xestas que non se vía, sacamos tractores de maleza, todo o gordo antes de que viñeran adecentar», relata. Después de los trabajos, hoy luce un amplio espacio con su piedra granítica original. Es común encontrar en los pueblos eiras de tierra, dice Celsa, pero no empedradas como las que conservan en Puxedo.

Allí empieza la ruta etnográfica que creó la asociación vecinal en el 2014 y que permite recorrer las cuatro «eiras vivas» de Puxedo. La ruta y la Festa da Malla, además de mantener vivo el saber de los oficios del ciclo del pan, atraen ya a visitantes y artesanos. También a escolares que llegan a Puxedo para participar en talleres en los que cuecen pan en el horno comunal. En el pueblo se ven casas sin restaurar, pero no caídas como ocurre en tantos lugares de la Galicia interior.

Y estos días unos jóvenes voluntarios de la asociación Sustinea están colaborando para preparar un sendero que une los molinos del río Mao, limpiando las riberas. «Traballan moito», reconoce Celsa. Porque el trabajo de recuperación que promueve Puxedo no se reduce solo a las construcciones del pueblo, sino también al imponente marco natural que lo rodea, pues una de las asociaciones, Xuvemprende, está enfocada a la concienciación medio ambiental y la dinamización juvenil. Los vecinos arreglaron los molinos del río Mao y recuperaron totalmente el de Gabián, que ya vuelve a moler harina cuando el río lleva suficiente agua, no como este verano. Además, sembraron doscientos castaños en el Souto das Fontiñas. Cada vecino apadrinó un árbol y ahí están, creciendo lentamente.

Los murales de Mon Devane han revitalizado las plazas de Puxedo con escenas del ciclo del pan -A Seitura, A Malla, A Moenda, A Fornada- y retratos de vecinos como el de la vivaz y cariñosa Remedios, de 92 años, o el del gaiteiro Perfecto Rodríguez.

Un rebaño de ovejas cruza la plaza de San Antonio. «É a única praza que ten as tres cousas: coreto (un pequeño palco), capela e un peto de ánimas de 1798, que é o máis grande da provincia», detalla Esther Alicia Paz. Allí empezó todo. Puxedo conserva su alma rural, la convivencia vecinal entre generaciones y a partir de ahí, y también con mejoras estéticas, está consiguiendo ser un ejemplo de combate al feísmo y al olvido.

Los barrios de Galicia con ayudas para reformas invierten 22 millones al año

juan capeáns
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La Xunta y el Gobierno central pagaron un tercio de las facturas en rehabilitación

Los gallegos que viven en barrios designados Área de Rehabilitación Integral (ARI) se han gastado en la última década una media de 22 millones de euros al año para mejorar la habitabilidad de sus viviendas y edificios. Se trata del programa de reformas más ambicioso que funciona en toda España, que en Galicia gestiona el Instituto Galego da Vivenda e Solo (IGVS), y que nació con el objetivo de poner en valor zonas urbanas, rurales y núcleos singulares amenazados por el deterioro de los materiales con el paso de los años y que son escasamente atractivos por la dificultad para incorporar servicios modernos.

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Puxedo, la esencia del rural gallego con aires contemporáneos