La tarta de queso mágica

Hay muy pocas cosas capaces de gustarle a todo el mundo, mi tarta es una de ellas

He tardado catorce días en hablaros de mi tarta de queso mágica. No sé qué me ha pasado, creo que tanta sensibilidad me nubló el conocimiento. Lo importante es que ya está aquí. A los que os estáis preguntando qué pinta una tarta de queso en este diario, muy fácil, he ido al súper. Y qué decepción, chicos, qué decepción. Hay de todo. De to-do. ¿Pero qué clase de semiconfinamiento es este? Atrás quedaron los asaltos a los supermercados. Esos que comenzaron por agotar el papel higiénico para luego centrarse en lo realmente esencial: el dulce. O lo que es aún mejor, los ingredientes necesarios para hacer nuestros propios dulces -para que luego digan que no sabemos qué da la felicidad-. De ahí que nos viniésemos arriba y entonces adiós levadura, adiós queso crema, adiós masa hojaldrada. Lo hablaba con Magda, de mi Gadis de confianza. Había personas que compraban esos productos casi al por mayor -¿cuántas tartas querían comer, joder?- y así otras nos teníamos que conformar para el plan del finde con bolsas de palomitas para microondas, muchas pelis en blanco y negro y un sofá. Bueno, eso lo hacíamos todos menos mi amigo Alex, la persona menos vaga y más perseverante que conozco. Él es de los que prefieren ir directamente a la montaña. Será porque no le queda muy lejos viviendo en Melón Alto (Esgos). El caso es que se lanzó a intentar hacer su propia masa madre. Exhaustivo y manitas como es no le costó conseguirlo y ahora hace los mejores bollitos preñaos del mundo. Y roquitas de Santiago. Y pizzas caseras. Y, desde hace una semana, el mejor bizcocho de castañas -este todavía no lo he probado y aún así no tengo dudas-. Él superó el vacío de los supermercados entonces, sin embargo muchos otros no lo conseguimos. Y en este punto es en el que entra en juego mi tarta de queso mágica. Porque harta de no encontrar nada de lo que me hacía falta para ponerme creativa en la cocina, decidí optar por mejorar mi postre estrella.

Llevo toda la vida catando este postre a cada sitio que voy, tanto que hasta tengo un ránking de las mejores del mundo junto a mi prima Lala -compañera de aventuras y batallas donde las haya-. La he hecho y rehecho cientos de veces. En mi cabeza, la perfecta es la que conquista a Rachel y a Chandler en Friends. Sin haberla probado, claro, sé a qué sabe y esa misma experiencia culinaria es la que debe provocar la mía. Lo hace. La llamo mágica por dos motivos: porque le gusta a todo el mundo y porque está presente en los mejores momentos del año. Al menos en los más importantes -soy de las que lloraba de emoción en los aplausos de las ocho y brindaba con buen vino cada viernes, por haber superado otra semana-. El estado de alarma nos demostró que somos más fuertes de que lo habríamos llegado a imaginar y también más creativos y más capaces. Cómo se llenaron las casas de cocineros, madre mía, -uno de los oficios que más admiro de todos- y qué falta hacía. Aprendimos a hacer las cosas solos pero, sobre todo, a valorar a quienes las hacen día a día.

Ahora que los súper mantienen sus estanterías todavía repletas, creo que es un buen momento para desempolvar las varillas y atrevernos a endulzar los findes más caseros, encerrados como estamos. La receta de mi tarta mágica es un secreto de Estado, obviamente, pero la hago con mucha facilidad, de hecho, en cualquier celebración. Ojalá pronto tengamos mucho que celebrar. Por cierto, para los que son horribles con la repostería, en Ourense sobran las opciones. Una de mis favoritas es la tarta de zanahoria de Meraki. Hoy he aprendido lo importante que es buscar el equilibrio, por ejemplo, entre gimnasio y tartas de queso.

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María Doallo

La cosa hoy va de ir al gimnasio y de hablar mucho para dormir mejor

Últimamente duermo fatal. No por los comentarios de los haters que me han ido brotando. Supongo que este diario es muy susceptible a las críticas porque nace de mi más profunda opinión y, por tanto, es lícito y normal que haya muchas, distintas y contrarias a la mía. Por suerte -no creo en la suerte- hay otros muchos que comparten lo que pienso o que simplemente disfrutan y se entretienen con la parte de mi vida que decido mostraros. Una parte muy chiquitita. Pero cuya única intención es sembrar algo bueno en este momento malo. Al diario La vida de los otros una persona me contestó que si me lo rompían -el corazón- era culpa mía por exponerlo tanto y que mejor me iría si lo guardaba. No le contesté. Aquí voy. El amor cada uno lo siente y lo entiende a su manera, pero la conexión es algo insólito y compartido entre dos personas. Cuando esto es así, cuando la complicidad se traduce en una constante de risas y una vorágine de ganas por saber más, por hablar más, por querer más; ya no hay nada que guardar. El amor, en muchas ocasiones, es tan simple como atreverse y agazapando el corazón tan solo conseguiríamos perdernos todo lo bueno que puede darnos. Así que, por supuesto, no. No tengo nada que guardar, gracias.

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