La vida inesperada de la Cantina do Pedro

Cerca de la jubilación, esta ourensana recuerda los inicios del bar que la atrapó


ourense / la voz

Pedro Rodríguez (Entrimo, 1952) tuvo que dejar a un lado uno de los amores de su vida. Con lo que eso duele. Y al frente de ese amor se quedó otro. Hace algunos años que es su mujer, Rosa Sanmiguel (Laza, 1958), la que, además de elaborarlos, sirve pequeños pecados desde detrás de una angosta barra de bar.

Hace justo 35 años que en el número tres de la calle Viriato abrió sus puertas el templo ourensano de los chorizos al vino. Santuario que adquirió devotos sin pretensión alguna de convertirse en mito. «En el Boletín aparece como que abrimos en 1984, pero en realidad fue un año antes. Por aquel entonces tardaban mucho en darte el permiso oficial pero no pasaba nada si querías ir trabajando sin el permiso», explica sonriendo como quien recuerda tiempos mejores.

La Cantina do Pedro fue, en sus orígenes, una tienda y la reconversión en bar requirió de una fuerte inversión que tuvieron que costear entre Pedro y otro socio. Socio que al pasar dos años se jubiló y dejó en manos de los actuales propietarios todo el peso del negocio. «Las obras nos costaron mucho porque en esta zona todas las edificaciones son de piedra», recuerda mientras observa los cuadros labrados en madera que adornan las paredes. «Pero también es verdad que trabajo no nos faltaba. Antes no podíamos abrir un día del fin de semana sin tener, por lo menos, cuatrocientos choricitos preparados. Hubo algún domingo que incluso contabilizamos más de mil pinchos. Ahora esos mil pinchos me sobran para toda la semana», afirma.

Rosa confiesa que cayó de rebote en el bar y que en realidad es su marido el que lleva la hostelería en las venas. «Cuando él lo necesitó tuve que remangarme y ayudarlo pero nunca me gustó como a él. Yo estoy segura de que Pedro, si pudiera, moriría aquí», cuenta sobre uno de los ejes de su vida. Lo que no cuenta conscientemente es que esas cuatro paredes la atraparon para liberarla. «Ahora ya no lo paso tan mal pero yo era muy vergonzosa y cuando entraba alguien importante por la puerta me sobraba tiempo para esconderme en la cocina», bromea sobre su timidez. Y no solo dejó atrás la timidez, sino que guarda secretos de los incondicionales que a última hora de la tarde se acercan hasta la cantina. «En los bares también somos un poco psicólogos. Aquí hay clientes que vienen a hablar y desahogarse. Algunos se quedaron sin familia y otros tienen a sus hijos lejos por lo de la emigración. Pero es bueno que sirvamos para eso también. Y ahora me da igual que venga el alcalde o quien sea. Yo hago lo mejor que puedo los pinchos y punto».

Cuando le preguntan cómo se hace para mantener durante tantos años unos precios tan bajos, Rosa contesta: «Asumiendo los costes. Si te avisan de que la botella de vino va a subir un euro no vas a subir el pincho veinte céntimos. Ahora los tengo muy baratos. A algunos solo les gano cincuenta céntimos. Pero para lo que me queda aquí creo que no merece la pena remover los precios ni meternos en una reforma», lamenta con demasiado abatimiento en la mirada. «Cada día digo que es el último, que ya no voy a venir más. Pero estoy tratando de aguantar para ver si llego a la jubilación. Aunque la verdad es que no sé si seré capaz porque todo el peso del bar está sobre mí».

En 35 años Rosa y su marido han visto evolucionar aceleradamente a la sociedad ourensana. Y hoy en día la historia de sus vidas no se entiende sin la cantina. Como tampoco se puede contar la historia de la zona de los vinos sin mencionar ese lugar de culto. Muchos amores -ya terminaran derretidos del todo o en perfecta aleación- se forjaron entre sus pinchos. Y basta con decirle a Rosa aquello de «¡Ponme un chorizo y un corto!» para regresar a ellos.

«Antes en esta zona no había casi ningún bar con mesas y taburetes. La gente entraba y salía para hacer el recorrido de pincho en pincho. Ahora se estila más lo de las tapas y sentarse. Puede que en ese cambio de costumbre se deba también al aumento de turistas de los últimos años. A la zona de los vinos viene gente de muchos sitios que antes era impensable que vinieran a Ourense. Hay chinos, franceses, alemanes, ingleses y de otras partes de España», enumera mientras recoge vasos de la barra.

Si cuenta cómo nació el pincho estrella de la cantina a Rosa le entra la risa. «El día de la apertura no sabíamos qué hacer. Lo intentamos con las empanadillas pero ninguna nos salía bien. Solo los choricitos con el pan», relata.

La casualidad hizo que la cantina se llamase como uno de sus fundadores, pero entre los enigmas mejor guardados del bar se encuentra el origen de su nombre. Para los que tengan curiosidad en saber la respuesta: déjense caer por la calle Viriato y díganle a Rosa aquello de «¡Ponme un chorizo y un corto!». Una vez cumplido el ritual, pregunten. Que la vida sabe mejor cuando uno se da cuenta de que aún quedan secretos por descubrir.

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