El alcalde de A Merca, José Manuel Garrido, y su hija Alba trabajan codo con codo en el mismo centro policlínico: «No quiero que se jubile nunca»
CELANOVA
Padre e hija comparten espacio y el interés por cuidar la salud de las personas del rural. A él le quedan dos años para retirarse y a ella media vida
20 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.José Manuel Garrido tiene 68 años y es el alcalde del concello de A Merca, famoso por la iglesia románica de San Pedro de la Mezquita, por su conjunto de hórreos y por custodiar los restos del concejal asesinado por ETA Miguel Ángel Blanco. Aunque sea el que más mande en la localidad, todos lo reconocen por haber sido durante toda la vida médico en el rural. Decenas de familias confiaron sus dolencias a sus manos y para ellos el mandato municipal va por otro lado. Ahora, a falta de dos años para que se jubile, Garrido trabaja en el policlínico San Rosendo de Celanova junto a su hija Alba, a la que dobla en edad. Ella no quiere que deje de trabajar y él está agradecido por la oportunidad.
«Llevo toda la vida de médico, lo de alcalde es un añadido. Casi lo soy de manera virtual», confiesa entre risas José Manuel. Estudió Medicina en Santiago de Compostela y comenzó sus andaduras como doctor en urgencias en Albarellos (Monterrei)l. Allí estuvo durante 15 años. Luego se embarcó en la atención primaria para seguir velando por la salud de las personas del rural de su tierra. «Le dediqué toda mi vida. Estuve en Chandrexa de Queixa, Trives, O Barco de Valdeorras, Viana, Laza, Xinza, Verín... Hasta montar la clínica de Celanova, que es donde estoy ahora», resume. Se tenía que haber jubilado ya, pero la presencia de profesionales experimentados como él sigue haciendo falta. «Me correpondería jubilarme a los 66, pero me gusta el trabajo», asegura.
Tiene dos hijas, Iria y Alba. Iria, la mayor, estudió Derecho y Periodismo en Madrid, pero terminó trabajando en residencias de ancianos de A Bola y Rairiz de Veiga. Alba, por otro lado, siguió los pasos de su padre y decidió formarse en salud a través de la odontología.
«Siempre tuve en mente centrarme en alguna rama de la Medicina al ver la rutina de mi padre durante tantos años, pero me desorienté un poco del camino y terminé estudiando para ser dentista», confiesa. Trabajó en Ourense y en Xinzo de Limia hasta que terminó en el centro policlínico de su padre, en Celanova. «Es algo que estaba planeado. Primero tenía que rodar. Luego, cuando ya estuviera más preparada, podía dar el paso y trabajar junto a él», explica.
Ahora, padre e hija comparten instalaciones, pero desde departamentos diferentes. «Él lleva medicina general, pero compartimos la clínica y nuestros conocimientos. Si nos coinciden pacientes o tenemos alguna duda, nos ayudamos. Al final la perspectiva del otro siempre es positiva», argumenta Alba.
La hija menor del regidor dice no hay uno que suela tener más dudas que el otro y que ambos saben dejar atrás el orgullo. «Aquí lo primero es el paciente, el orgullo se deja en casa. Siempre que se pueda hay que preguntar», asegura. No obstante, cuando los dos ponen un pie fuera del recinto intentan a duras penas que el trabajo se quede atrás, aunque coinciden en que a veces es imposible. «En casa de herrero, cuchillo de palo. Siempre terminamos haciendo referencia a alguna cosa. Hablamos sobre algo que nos llamó la atención y también debatimos sobre temas cruciales que necesitan cobertura, como la salud mental», menciona José Manuel, al que tampoco se le caen los anillos y admite preguntar cosas a su hija siempre que es necesario. «Nadie es Dios y al final siempre salen cosas nuevas», argumenta.
Cuando se le pregunta sobre cómo es vivir los últimos años de carrera profesional junto a su hija responde, acostumbrado, con diplomacia. «Mi obsesión es llegar bien y agradezco estar acompañado. Sé que en el momento en el que se me empiecen a olvidar las cosas, será mi hija la que me diga que me vendrán bien unas vacaciones», esgrime.
Alba, por otro lado, se permite distanciarse del pragmatismo. Se queda con los consejos. «Los puedo resumir en tener mucha paciencia y seguir mi instinto siempre. Me dice que no tenga miedo a equivocarme. Que si creo en algo, para adelante», explica. Dice que quiere seguir sus pasos y que su futuro también está en el rural: «Soy feliz aquí, no quiero volver a la ciudad».
«Quiero que venga siempre a trabajar»
Pensar en que a su padre le queda poco para jubilarse toca la fibra sensible de Alba. «Eso lo llevo muy mal. No quiero que se jubile nunca. Quiero que venga siempre a trabajar, hasta el fin de sus días», comparte entre risas. Dice que su ausencia puede hacer que se sienta desprotegida. «Al final es mi mano derecha, el que está ahí para cualquier cosa que necesite. Es algo que llevo con tristeza y también con un poco de alegría porque le hace falta descansar», añade.
Sin embargo, cree que su afán por mantenerse en el rural como hizo su progenitor podrá mitigar un poco esa sensación de soledad. «El trabajo es muy cercano. Es como si estuvieras trabajando con tu familia todos los días», añade. Por otro lado, el componente económico o la falta de personal en su sector no parece darle miedo. «Prefiero morirme pobre y más tranquila», asegura. Tampoco siente una responsabilidad por ser la hija de alguien conocido: «Presión ninguna. Yo soy yo y él es él».