Los comedores escolares mantienen las aulas burbuja para evitar contagios

Mantener la distancia ha obligado, en algunos centros, a habilitar turnos

Los alumnos de primaria del Curros Enríquez comen separados a metro y medio de distancia
Los alumnos de primaria del Curros Enríquez comen separados a metro y medio de distancia
M. Rodríguez
ourense / la voz

Una parte importante de los escolares de la provincia comen en los centros educativos. De hecho, este servicio es muchas veces fundamental en la elección de los padres sobre el colegio al que llevar a sus hijos. De nuevo, como en el caso de la jornada partida, la conciliación está detrás de esa decisión. Precisamente por eso este año ha habido alguna bajada en el número de comensales, pero no es demasiado significativa, según cuentan desde varios centros.

Para garantizar la seguridad de los escolares, en los comedores se aplican protocolos exhaustivos, y en algunos casos han tenido que sumar más personal. Es el caso del comedor del CEIP Curros Enríquez de la capital. Gestionado por Confapa, cuenta su presidente, José Antonio Álvarez, que ellos han dispuesto el servicio para garantizar siempre el metro y medio de separación entre comensales (un total de 60 niños), «sean o no grupo de convivencia». Para mantener las distancias han tenido que hacer turnos en lo que se refiere a los alumnos de primaria, mientras que los de infantil comen en otro espacio (y también en distinto horario). «El colegio nos dio la sala de música para ampliar el comedor, y es solo para nosotros», cuenta Álvarez.

Los más pequeños son los primeros en sentarse a la mesa. Al entrar, los niños pasar pon las alfombras desinfectantes de fibra con suelo de tela de pádel (es la misma con la que se hacen las pistas deportivas) para dejar fuera cualquier posible rastro del virus. Allí les esperan los monitores -de la empresa encargada del servicio y también de Confapa-, que no solo llevan mascarilla, sino también pantalla protectora. Además, cada mes el personal es sometido a un test rápido para detectar posibles contagios. Tienen un ratio de un cuidador por cada nueve niños; cifra que es ligeramente superior cuando toca el patio tras la comida.

En el caso de los de infantil, los pequeños se sientan a la mesa tal y como están en las clases. De hecho, fue el colegio el que se adaptó al diseño de las mesas hechas en el comedor. «Son grupos burbuja», resalta Álvarez Caride. En primaria, los escolares se sientan igual que en las clases.

Confapa lleva también el comedor del Inmaculada (al que acuden 50 niños); así como los desayunos en el CEIP A Ponte y el Mestre Vide, el programa de Acollida del Virxe de Covadonga y los colegios de Amoeiro y Toén. Y en líneas generales no notan bajada de usuarios, sino incluso lo contrario.

En el refectorio de Celanova

En Celanova, para ampliar el espacio de comedor de los estudiantes del IES Celso Emilio Ferreiro buscaron una solución que reconecta a los alumnos con la función que la sala donde comen ahora tenía ya hace siglos. Cabe recordar que el centro educativo público de Secundaria y Bachiller está emplazado en un claustro restaurado del monasterio de Celanova (siglos XVI a XVIII).

Este curso, debido a los protocolos sanitarios frente al covid-19, los 122 estudiantes que usan el servicio de comedor -prestado por la Xunta a través de la concesión a una empresa de cátering- pueden comer juntos en el que fue el refectorio del monasterio de San Salvador. El Concello de Celanova puso este espacio a disposición del instituto, así como el claustro barroco para los recreos, para que el adyacente centro educativo pudiese disponer de lugares amplios en los que fuese posible mantener la distancia de seguridad durante el horario de comedor, servicio que se presta los lunes, única jornada con clases por la tarde.

Hasta este curso, los escolares comían en la cafetería del centro ubicada en el claustro poleiro. Este año solo podían comer a la vez veinte alumnos por turno guardando la distancia interpersonal de 1,5 metros que marca el protocolo de la Xunta, especificó el director del instituto, Adrián Fernández.

El teniente-alcalde del Concello de Celanova, Javier Fernández Pulido, indicó que el Ayuntamiento ofreció al instituto ese lugar que los antiguos monjes usaban como refectorio porque es un espacio amplio que ahora apenas se usa ya para actos públicos, pues las convocatorias culturales o de otro tipo se celebran mayormente en el auditorio Ilduara. «O refectorio era ideal», apuntó el edil, tanto porque esa fue la función original para la que fue concebido este espacio en la fundación del monasterio, como por la capacidad que tiene, que permite servir a todos los comensales en el tiempo que tienen para comer, además de ser cómodo pues ambos claustros están adosados.

Hay niños que tienen que comer este curso en las aulas o en la biblioteca

No todos los centros educativos tienen la posibilidad de duplicar turnos de comedor para que puedan mantenerse las distancias, y en otros ni siquiera este recurso es suficiente, así que ha tocado habilitar nuevos espacios.

En el CEIP As Mercedes de Ourense han tenido que tirar de ingenio desde la ANPA Pía da Casca para poder dar servicio a todas las familias que este curso mandan a sus hijos al comedor, después de que se quedasen sin la posibilidad de usar las instalaciones de la residencia Florentino Cuevillas, que está en las inmediaciones. Los chavales comen repartidos por varios espacios: desde el recibidor del centro a la biblioteca. Aún así, no hay sitio para todos, por lo que los mayores tienen que comer en su propio pupitre.

En el colegio Condesa de Fenosa de O Barco de Valdeorras diseñaron dos turnos de comedor para mantener los grupos burbuja que hay también en las aulas, el patio y el transporte escolar. Aún así, para mantener las distancias todavía más, han habilitado también una zona del salón de actos con mesas, un espacio contiguo al aula de psicomotricidad. Ambos espacios se utilizan ahora para el servicio de madrugadores, toda vez que este curso los niños no pueden ir al CEIP Julio Gurriarán para ello, como hasta ahora.

En los centros del rural, en cambio, la bajada constante de alumnado en las últimas décadas ha llevado a que muchos colegios vayan sobrados de espacio, como el CEIP San Martiño de Vilariño de Conso.

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