«O barallete tiña e ten algo de picardía, pero, sobre todo, de manter o noso»

Pablo Varela Varela
pablo varela OURENSE / LA VOZ

CASTRO CALDELAS

Pablo Varela

Miguel Pato, joyero de Ourense, aprendió la jerga en las ferias de su juventud

20 mar 2021 . Actualizado a las 09:56 h.

Miguel Pato, ourensano de Velle de 75 años, tenía apenas 12 cuando comenzó a acompañar a su padre y sus hermanos en las ferias de la provincia. Eran, y son, joyeros. Ahora, las sortijas y el oro están tras los expositores en un establecimiento familiar que resiste en las galerías comerciales de Santo Domingo, pero antaño se vendían sin cristal de por medio. Y ahí, la jerga del barallete, tradicionalmente vinculada a los afiladores, era algo más que un aliado. «Había xente que facía que che estaba comprando algo, mentres outros compañeiros seus viñan por detrás tentaban roubar. Isto é verídico, eh!», explica Miguel.

Robar, o lapetar, según se mire. Porque un lapetas, para quienes hablan el barallete, es un ladrón. Y esa era la señal que usaban los comerciantes para advertirse entre ellos cuando se olían que algún cliente rondaba las cercanías de los puestos con malas intenciones. El abuelo de Miguel pertenecía al gremio de los joyeros, su padre también, y él siguió la estela de ambos. Eran otros tiempos. «Iamos por toda a provincia. A Castro Caldelas, a Celanova. Incluso en tempos de colexio. Había días nos que coincidían dúas feiras e tiñamos que dividirnos cos meus irmáns para acudir a todas», recuerda.

Poco a poco, fue aprendiendo la jerga a base de hacer calle. De convivir con quien ya llevaba mucha recorrida. «O barallete naceu cos afiadores. E o meu pai aínda traballou algo coa parauguería, así que nos xuntábamos moitos. Rematabas aprendendo a base de contacto, porque vendías xoias e tamén as comprabas. Eu era moi neno, así que ía collendo as palabras que escoitaba», explica Miguel. Porque al final, esos diálogos eran su código particular de supervivencia. Una vía para que, quien estuviese enfrente, no pudiese saber a ciencia cierta de qué estaban hablando o, en todo, caso, no tuviese posibilidades de hacerles el lío. «Sempre foi falado entre os feirantes. Tiña e ten algo de picardía, pero, sobre todo, de manter o noso. Se falábamos entre nós, aí quedaba a conversación, porque había quen non se decataba de nada», agrega sonriendo.