Tres familias de Castrelo do Val piden un cuidador más en el centro escolar

La ley marca un mínimo de un cuidador por cada cinco niños, pero ellos demandan que se analice cada caso


ourense / la voz

«Llegó el inicio del curso, y nos encontramos con que en el centro escolar solo había una cuidadora para los tres niños», dice Cecilia Vázquez. Su hija, Icía, es alumna del CEIP de Castrelo do Val. Tiene una parálisis cerebral de tipo motor, de ahí que requiera atención constante. «Comprende todo, pero no puede valerse por sí sola», explica la madre.

El problema con el que se topó Cecilia se extiende a las familias de Isabel Barreira y Jorge de Dios. Sus hijos, también con necesidades especiales que piden una dedicación casi exclusiva, no lo tienen fácil. Pero la situación se ha enquistado porque ni la dirección del centro ni la inspección de Educación han dado una respuesta clara sobre qué se puede hacer para mitigar esta carencia.

«Mi hija, Valeria, tiene algo parecido a una ataxia. Carecemos de un diagnóstico definitivo, pero tiene dificultades con el equilibro y el habla», dice Jorge. La menor tiene nueve años. En el caso de Isabel, su miedo reside en que Hugo pueda algún día perder el control de sus muletas. «A lo mejor su caso no es tan marcado como el de Icía, pero ya lleva cuatro operaciones por su enfermedad y otra resultaría fatal».

Así que los tres han pedido a la Consellería y al inspector de Educación que analicen la situación caso por caso, porque no entienden que se aplique a rajatabla la normativa que impone una cuidadora por cada cinco niños. «Me parece una aberración. La ley puede ser así, pero tendrás que mirar qué sucede a cada persona, porque la cuidadora no puede estar pendiente de tres niños para darles de comer a la vez ni estar con ellos constantemente. Ella hace lo que puede», detalla Cecilia.

Ella explica que «el director del colegio nos ha dicho que, en caso de que no se nos pueda conceder ayuda, tendremos que buscarnos nosotros ese apoyo extra». Desde la Consellería se abogó por ofrecer un segundo cuidador compartido con un colegio concertado, pero esta opción parece disgustar en cierta manera a los padres, que ven un sinsentido en que el profesional acuda a las 14.30 horas al centro escolar cuando los niños se marchan a las 16.00 horas.

«Y no se trata solo de nuestros hijos, porque hay otros niños que tienen otras capacidades específicas», matiza Jorge. Al comenzar las clases, tuvieron una conversación con la dirección y el inspector de Educación, en la que estas últimas partes tomaron nota de la situación. «Pero creemos que desde arriba no nos hacen ni caso porque somos un colegio pequeño y rural», lamenta Cecilia.

Las tres familias han remitido dos escritos al inspector a través del colegio y también han mantenido conversaciones con la AMPA, además de contactar con el Valedor do Pobo. Pero Isabel teme que la problemática se demore en el tiempo y todo quede en nada. «Hugo necesita un cuidado permanente para evitar las caídas», avisa.

Mientras tanto, otro de los frentes abiertos en el interior del recinto es la avería del elevador. «Ahora mismo está estropeado, por lo que nos dicen», comenta Cecilia. Pero la cuestión principal siguen siendo cómo evitar males innecesarios durante el transcurso de las clases, el recreo y especialmente durante la hora de comer. «Necesitan a alguien que esté cerca de ellos muy en concreto durante esa fase del día, porque a veces no comen despacio y tampoco mastican en condiciones», dice Jorge.

Cecilia se mantiene a la expectativa y prefiere no hacerse ilusiones de ningún tipo, porque es consciente de lo que marca la ley. «Pero seguiremos intentando conseguirlo», concluye.

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