Otro cántaro


Se acumulan tantas buenas noticias, pero tantas tantas, oiga, que en abril habrá colmado el lector sus niveles de tranquilidad y confianza. Todo en orden, sugieren los mensajes, por lo que situaciones dramáticas como las de octubre en Parada de Sil o en Carballeda de Avia, donde se quemaron hasta las piedras, no se podrán repetir. Tranquiliza (o no, vaya) que quien tutela la vigilancia de las investigaciones, quien dinamiza la persecución de los malos, diga que no hubo acción conjunta y que aquel escenario de tintes bélicos, con fuegos aquí y alla, fue más o menos una suma de casualidades y no la consecuencia de una acción coordinada. Es reconfortante (o no, claro) que un condenado por un buen número de incendios forestales que afectaron a unas cuarenta hectáreas, vaya a pagar sus responsabilidades desde casa a razón de 200 euros al mes durante dieciocho años. Alegra comprobar cómo se sigue al pie de la letra (o justo lo contrario) el fácil discurso de la prevención. ¿Y qué decir del enriquecedor (o no) debate público sobre terrorismo incendiario: que si es, si es impropio hablar de ese modo, o hay que pensar en otra vuelta de tuerca al Código Penal? Todo ayuda, pero nada como la eficacia de la investigación. Qué alborozo (o lo que sea) cada vez que la Xunta informa sobre el esclarecimiento de otro incendio forestal -doce desde enero- a partir de la identificación de algún vecino que en estas fechas, con bajo riesgo de propagación, se pone con el matorral y acaba ennegreciendo 200 metros cuadrados. Al cambio, como dos pisos. Los grandes fuegos, mientras, sin cara y dolorosamente impunes. Adiós, cántaro.

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