«Achacan las fiestas a los bares, pero se hacen en los pisos»

Bruno Baños, comercial de hostelería en las cuatro provincias gallegas, se ha ido topando con el cierre definitivo de locales de siempre a causa de la epidemia

Bruno Baños, comercial del sector de la hostelería
Bruno Baños, comercial del sector de la hostelería

ourense / la voz

La semana pasada, tras un día más en la carretera de aquí para allá, Bruno Pérez Baños, comercial de alimentación en el sector de la hostelería, llegó a casa y sintió la necesidad de exteriorizar su pesar. Regresaba a Ourense desde Salvaterra de Miño, «y quise dejar un resumen de todo lo que había vivido». Lo hizo en Facebook, para exponer la realidad de quienes han tenido que cerrar sus negocios o ven como la espada de Damocles pende sobre ellos, así que su mensaje no pasó desapercibido. «Hablar es gratis pero acérquense a un hostelero de este país y pregúntele cómo está», pedía.

Baños, que recorre las cuatro provincias gallegas por motivos laborales, ve ahora cómo parte del sector se deshilacha y percibe un agravio comparativo en relación, por ejemplo, con grandes superficies comerciales en espacios cerrados. «Parece que ahí podemos hacer lo que queramos, con convivientes o no. Ir a un centro comercial y probarme una prenda de ropa... A la hostelería se le puso el listón mucho más arriba durante esta epidemia», reflexiona.

El coronavirus se nutre de las relaciones sociales para encontrar nuevos huéspedes y continuar su camino, así que las autoridades sanitarias instaron desde un primer momento a limitar los contactos, en distintas fases y con idas y venidas en cuanto a salirse o no del núcleo familiar. Quienes no abandonaron su actividad al frente de los bares o subieron la persiana esporádicamente para amortiguar las pérdidas se han ido encontrando, según Baños, tanto clientela comprensiva como otra que les aprieta las tuercas sin compasión. «Por situaciones a las que he asistido, hay quien viene marcando apuros para el resto y está pidiendo a la de ya que les limpien la mesa, sin empatía por el tiempo de los demás. En realidad se da de todo, porque otras personas comprenden la situación, pero también vemos a gente que es dada a meter caña», dice.

Bruno, con raíces en Bande pero residente en la ciudad, agrega que a los bares se asocia el ambiente y el jolgorio, «y se les achacan también las fiestas, cuando resulta que muchas se hacen en los domicilios particulares». «Lo más fácil es cebarse con el autónomo, pero de la hostelería vive más gente de forma indirecta, no solo el dueño del bar: hay quien precisa una reforma en el local, el que vende mobiliario para establecimientos... Esto es una cadena que genera puestos de trabajo y reparte dinero entre muchos», expone. Y agrega: «Lo que más me fastidia es que la gente que no apoya este sector no se da cuenta de que seguramente en su trabajo hace algo que la hostelería consume, como aseguradoras, fruterías, empresas de alarmas...».

En sus últimos viajes por Galicia se ha encontrado el adiós definitivo de locales que entierran ilusiones de una vida. Por ejemplo, en Ourense, restaurantes donde comía a menudo. Entre los que se agarran a la supervivencia, con la esperanza de tiempos mejores, también se ha topado con propietarios que sudan tinta china con las facturas y el alquiler de locales. «Esto puede derivar en deudas. Ya las está generando, de hecho», dice Baños.

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