Los días más felices del Muíño da Veiga, en Narón: «Historia de una familia desde 1943»

Patricia Hermida Torrente
Patricia Hermida NARÓN / LA VOZ

A VEIGA

Los días felices del molino de A Veiga, durante su conversión como vivienda
Los días felices del molino de A Veiga, durante su conversión como vivienda Agustín y Ángel Prado, para Archivo de Masafret

Desde tres décadas moliendo trigo y maíz, a convertirse en una casa llena de recuerdos para los nietos de Emilio y Pilar

13 jul 2026 . Actualizado a las 20:12 h.

En una ría como la de Ferrol, llena de casas bonitas, tienen cierto brillo especial los hogares creados en torno a un molino. Y este domingo, el cronista Fernando Masafret nos trae uno de los ejemplos más llamativos: el del Muíño da Veiga, en Narón. Entró en manos de la familia actualmente propietaria en 1943. Y tras tres décadas moliendo trigo y maíz, el edificio sigue esplendoroso, lleno de recuerdos y habitado. Aquí va «la historia de una familia desde 1943» alrededor de una de las famosas moliendas gallegas.

Como explica Masafret, tras una conversación con los familiares, «en Piñeiros una finca privada a orillas del río Freixeiro guarda un pedazo del patrimonio etnográfico gallego, el Muíño da Veiga». Pasó de «ingenio hidráulico del siglo XIX a hogar familiar, su trayectoria refleja el auge y la transformación de la Galicia rural». Actualmente, este molino naronés no sigue en activo pero su estructura (reformada en los años 70) permanece en pie como vivienda. «Sus actuales habitantes, los nietos de quien lo compró en 1943, lo mantienen vivo no como máquina productiva sino como memoria familiar y testimonio de una época».

Un niño de la familia delante del Muíño da Veiga, en Narón
Un niño de la familia delante del Muíño da Veiga, en Narón Agustín y Ángel Prado para Archivo Masafret

Los molinos de Galicia

Allí viven Agustín y Ángel Prado, nietos de Emilio González y Pilar Piñón. Pero su historia se remonta al siglo XIX, en ese contexto de la Galicia de los molinos: «Con la ingeniería popular al servicio del pan, la mayoría eran de pequeña o media escala, de propiedad privada o comunitaria, y funcionaban gracias a la abundancia de ríos, riachuelos y estuarios». El maíz y el trigo, como base de la economía agraria gallega hasta bien entrado el siglo XX, «se molían allí a cambio de la maquila o porcentaje de harina que se quedaba el molinero».

Semejante tradición, que se fue apagando con la gran industrialización del siglo XX, tuvo su mayor fuerza en los siglos XVIII y XIX. Como muestra, ahí está el molino de mareas de As Aceas (O Ponto) que es uno de los mayores de Europa y confirma «el peso industrial que llegó a tener la molienda en la comarca». El molino de Amenadás (1813) sigue en activo y llegó a albergar hasta seis molinos de turbina. Y el de A Veiga era de rodicio de escala local. «No captaba el agua directamente del río, sino mediante un caño de desviación que la canalizaba por debajo del edificio, en el espacio conocido como inferno», explica Masafret. Allí giraba la rueda horizontal que movía la muela superior contra la inferior. «Era un sistema ingenioso, adaptado a caudales moderados y que permitía un control preciso del flujo».

El molino en la actualidad como vivienda, y a la derecha los abuelos de los actuales dueños (Pilar Piñón y Emilio González)
El molino en la actualidad como vivienda, y a la derecha los abuelos de los actuales dueños (Pilar Piñón y Emilio González) Agustín y Ángel Prado para Archivo Masafret

Emilio y Pilar

Emilio González (con hermano molinero en San Sadurniño) compró A Veiga en 1943. Fue su tercer dueño y allí se instaló con su mujer Pilar Piñón y sus cinco hijos: Pilar, María del Carmen, Ana María, Purificación y Manuel. Hasta principios de los 70 molieron trigo y maíz, mientras también se dedicaban a la agricultura y la ganadería. «Pero la industrialización trajo harinas comerciales más baratas, la agricultura se modernizó y los pequeños molinos perdieron su razón de ser económica».

Así que A Veiga se convirtió en vivienda al 100 %: «Ya no es un ingenio productivo pero mantiene la estructura, el recuerdo y el vínculo con el lugar; muchos molinos desaparecieron y este sigue como vivienda, ya no produce harina pero sí identidad, ya no gira la rueda pero su historia merece ser contada».