De Veiga a Orro, los extremos demográficos

Las dos parroquias reflejan el desequilibrio poblacional en Galicia, acentuado en el siglo XXI


Becerreá, Culleredo / La Voz

«Yo siempre me iba de aquí llorando. Ahora, si pudiera irme, lo haría bailando». El discurso de Octavio es demoledor. Tiene 52 años y una racha de mala suerte que dura ya demasiado. Es uno de los pocos vecinos de Veiga, una parroquia de Becerreá al pie de la montaña, no muy lejos del curso del Navia, donde la primavera revienta los lameiros y por donde da la impresión de que vamos a ver salir a Heidi de cualquier recodo.

Pero Heidi no está. No hay niños en esta parroquia. Octavio es el más joven de sus habitantes y ni siquiera está censado allí: «Lo estoy en Lugo, porque era obligatorio para matricularme en el curso que estoy haciendo». En Veiga hay cinco personas censadas. En 1999 había 28. Eso convierte a esta parroquia en la que, proporcionalmente, más población ha perdido durante el siglo XXI en toda Galicia: el 82,1%

Octavio, con una camada de mastines, en la parroqia de Veiga, en Becerreá
Octavio, con una camada de mastines, en la parroqia de Veiga, en Becerreá

Veiga no es un sitio remoto como alguna vez lo fue. La A6 discurre a menos de diez minutos de distancia. Llegar a Lugo cuesta 40 minutos, pero eso no ha sido óbice para que la parroquia haya ido agonizando en los últimos años más fruto del agotamiento que de la propia emigración que ya diezmó el lugar antes de que arrancara el siglo. Es la moderna forma de despoblación rural. No hay nadie ya en condiciones de irse y el censo mengua por pura ley de vida.

Al dulce sol de finales de abril, Julia, de 75 años, planta unos calabacines en una huerta al lado de su casa. Ella es una de las cinco altas que figuran en el padrón de la parroquia. Su marido, no. aunque ambos han pasado la mayor parte de su vida en ese bonito lugar. Julia es muy capaz de enumerar las desventajas de vivir allí: desde la mala cobertura de la televisión o el móvil (que prácticamente no usa nunca) al sempiterno abandono de las administraciones.

-Nunca se arrepintió de no haberse ido?

-Algún día sí que me arrepentí, ya lo creo.

Otra huerta

A unos 150 kilómetros de allí, en el concello de Culleredo, encontramos a Mercedes en la huerta de su casa, en la parroquia de Orro. Ella también ha vivido allí desde que se casó, en su casa de campo, pegada a las labores del campo. Pero su parroquia ha recorrido el camino contrario a la de la señora Julia. En 1999, en Orro estaban censadas 271 personas, en el último padrón ya eran 997. Ninguna otra parroquia de Galicia ha crecido tanto en ese tiempo.

Una señora recoge acelgas en su huerta de la parroquia de Orro, Culleredo
Una señora recoge acelgas en su huerta de la parroquia de Orro, Culleredo

«Yo me acuerdo cuando aquí no había más que cuatro casas viejas», dice Mercedes, que se casó en 1972: «Aquí se acababa la carretera». Hoy, si se afina el oído se puede escuchar desde allí el tráfico en la cercana autovía, uno de los grandes atractivos de la parroquia. El otro es la tercera ronda, que pone a cualquier automovilista en el centro de A Coruña en 15 minutos. Ambos han sido vitales para la construcción de dos urbanizaciones que están detrás del milagro demográfico de esta parroquia. Muy cerca de la ciudad, pero en el campo.

 

Un tractor cruza por una carretera de la parroquia de Orro, en Culleredo
Un tractor cruza por una carretera de la parroquia de Orro, en Culleredo

En Orro solo hay un establecimiento de hostelería, pero es un restaurante de los grandes, a tono con el salto demográfico. Allí, Javier, de 49 años reflexiona sobre las consecuencias del cambio: «Ahora vive mucha más gente, pero no hemos mejorado en los servicios. Sigue el mismo coche de línea, lo que pasa es que ahora da más vuelta».

En Orro se conocen los vecinos de siempre, los nuevos, ya no tanto. En Veiga, se conocen todos. Demasiado, a veces. Volvamos con Octavio, que sigue lamentando su mala suerte, haber dejado su empleo en Barcelona para embarcarse en una aventura agroganadera en Becerreá. Nada le fue bien. Y se queja de que las autoridades no le ayudaron, ni cuando quiso crear una granja escuela, ni cuando pretendió restaurar un molino como reclamo para la venta de productos agropecuarios. Ahora está atrapado en la finca de sus padres, donde pensó que sería feliz: sus hijos han crecido y se han ido a buscarse la vida lejos de allí; su mujer se divorció y también se fue y Octavio insiste en que, si pudiera, él también levantaría el vuelo: «Aquí le pides a un vecino que te venda su finca para mejorar la tuya, porque son las dos pequeñas y el tipo te dice que no porque no quiere que te hagas rico a su costa», se queja. Julia, la señora de los calabacines, dice lo mismo... de las fincas: «Son tan pequenas que se metes o tractor, sáenlle as rodas fora».

A Veiga, salvo milagro, le queda poco. Probablemente menos de veinte años. Ni toda la belleza natural que atesora, ni la A6 han podido rescatarla. El futuro de Orro es, sin embargo, mucho más prometedor. Al menos a nivel censal. Modernos chalés de diseño y casas con el uniforme y poco convincente diseño rústico en piedra lavada que tanto se repite en la Galicia periurbana rodean el viejo pueblo. Los urbanitas, sin embargo, viven de espaldas a huertas y tractores. Le hacen fotos a los jabalíes de los que abjuran los jubilados, aún preocupados por el maíz. Son las dos Galicias, que en algunos sitios, como Orro, conviven. 

Solo una de cada diez parroquias mejoró su censo de población durante este siglo

Jorge Casanova

Las zonas periurbanas son las que más han crecido proporcionalmente a costa de las áreas con menos densidad

Entre 1999 y 2018 Galicia perdió oficialmente 28.594 habitantes, pero no lo hizo de forma uniforme. Una de cada diez parroquias (11,75 %) consiguió mejorar su número de vecinos. Las otras nueve decrecieron. Concretamente, durante estos primeros 20 años del siglo XXI, 443 parroquias aumentaron su población, seis se mantuvieron y 3.327 decrecieron. Este movimiento poblacional no supone una gran novedad en la agónica deriva de la demografía gallega aunque sí ofrece algunos matices.

Uno de los más importantes es el vigor que toman las parroquias periurbanas que son las que proporcionalmente más población ganan. Las consecuencias del encarecimiento de la vivienda en los grandes núcleos urbanos ha desviado los flujos migratorios hacia parroquias próximas a las capitales y en donde se han asentado mayoritariamente familias jóvenes. El mapa elaborado por el Grupo de Análisis Territorial de la USC refleja como las parroquias donde se ubican el centro de las grandes capitales mantienen o incluso pierden población, en tanto que las limítrofes suman los incrementos proporcionalmente más importantes de estos veinte años. En muchas de estas parroquias con mejor saldo demográfico, la configuración sigue siendo rural, con huertas y cultivos que conviven con modernas urbanizaciones de vecinos de procedencia urbana.

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