«Hay vida después del 'Taxi', pero echo mucho de menos el restaurante»

Hace dos meses, Ermitas Bolaño dijo adiós a más de 50 años al frente de un local mítico en A Rúa


O barco / LA VOZ

Hace casi dos meses que Ermitas Bolaño echaba el cierre al mítico restaurante Taxi en A Rúa de Valdeorras. Y todavía arrastra cierta pena en la voz cuando habla del tema. «La jubilación la llevo bien, pero claro que lo echo mucho de menos después de 50 años... Es lo que hay», cuenta la hostelera retirada.

Reconoce que tomar la decisión de echar el cierre le costó, y mucho, pero tiene 78 años y la edad tira. Un ataque de ciática en 2012, que la tuvo quince días tirada en la cama, fue el primer aviso. El miedo a una recaída siempre ha estado ahí. «Y ya es mucha edad», señala. Es por eso que en verano decidió que el del 2017 sería el último que pasaría entre fogones. A ella le costó; y la clientela tampoco se lo puso fácil. «El último mes fue horrible, porque cada día venía más gente al restaurante, y no me decían más que ‘qué pena, qué pena’», relata Bolaño. Reconoce que intentó que el negocio continuase abierto, pero nadie se decidió por el traspaso. «La gente me decía que no se atrevían porque no estaba yo en la cocina; y aunque yo les contestaba que nadie es imprescindible y que si te gusta, te vas adaptando y haciendo clientela, nadie quiso», explica. Así que el Taxi ya hizo su último viaje.

El restaurante ya existía antes de que hace 50 años lo cogiese Ermitas Bolaño. Lo regentaba un hombre que tenía un vehículo de servicio público, de ahí el nombre. Y Ermitas lo cogió tras volver de trabajar cinco años en Alemania. Decidió entrar en el sector de la hostelería, aunque más bien se podría decir que fue volver, porque su madre ya regentaba la cantina en el pueblo de O Bolo que da nombre a la hostelera, y a ella echaba una mano y las dos en numerosas ocasiones. «En el Rosario y en Semana Santa, en la cantina dábamos muchísimas comidas; el viernes santo empezábamos a las diez de la mañana y no acabábamos hasta las seis de la tarde», recuerda. Así que la hostelería, aunque reconoce que al principio no estaba muy animada. «Sabía que era un trabajo de muchas horas, porque por la familia de mi padre tenían negocios de restaurante y pensión en Madrid; pero tampoco había otra cosa», dice.

Los inicios no fueron fáciles, pero poco a poco se fue haciendo con una clientela fiel. Entre ellos, muchas brigadas de operarios que llegaban a la zona y gustaban de su comida. Y desde entonces no ha parado, ni siquiera en los últimos meses antes de echar el cierre. «Todo el verano me estuve acostando a las tres de la madrugada», dice.

El día en la cocina

«Yo me pasaba el día en la cocina. Las mañanas las necesitaba para sacar lo del mediodía; y por la tarde me pasaba la santa tarde cocinando. Porque para la ensaladilla solamente ya necesitaba un cubo de patatas; y si hacía callos, que siempre los hice yo, hacía diez kilos; y también hacía muchos postres caseros, como el arroz con leche», cuenta. Tiene claro que la gente iba al Taxi por la comida. «Los platos eran abundantes, yo nunca tasé la comida», dice. Y así lo refrenda cualquiera de sus clientes.

Antes se iba uno con empacho que pudiendo decir que se había quedado con hambre. La ensaladilla, los chipirones, el lacón trufado, los callos, las chuletillas de cordero, el churrasco, las patatas fritas... No era la de Ermitas un sitio del que poder salir con hambre. Porque si uno se dejaba mucho en el plato, no faltaban tampoco las regañinas de la hostelera.

¿Y ahora, qué hace con tanto tiempo libre que antes le robaba el restaurante? «Ahora me dedico a mí, a hacer todas las cosas que antes no podía porque estaba trabajando», señala. Aunque acto seguido apunta: «Aunque ahora tampoco puedo mucho, y la casa es muy grande, tengo mucho que hacer si quiero, aunque a veces no me apetece y no lo hago», dice entre risas.

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