Una mujer trata de recuperar los restos de su padre muerto en 1951 en A Peroxa

La exhumación se ha visto dificultada al existir construcciones funerarias más recientes sobre el lugar del enterramiento

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ourense / la voz

Que Juan Santana Ramírez falleció el día 1 de noviembre de 1951 sobre las diez de la noche, entre dos jornadas tradicionalmente dedicadas a la memoria de los difuntos, lo prueba el sumario de la Audiencia Provincial de Ourense sobre aquel suceso y la correspondiente anotación del Registro Civil. Que fue un accidente, fruto de una caída, se desprende de esa documentación judicial. Y que fue enterrado en el cementerio parroquial de Santiago de Carracedo, en el municipio de A Peroxa, también es algo que aparece meticulosamente detallado en el procedimiento judicial. La viuda, Generosa Armada, abandonó Os Peares, donde entonces residía con su esposo, que trabajaba en las obras del salto. Lo hizo sin mirar siquiera hacia atrás. Nunca regresó, de hecho, a aquel lugar, según cuenta su hija. Falleció en 1987 en Vigo, donde sigue residiendo la única descendiente de aquella pareja rota en el año 1951. A Pilar Armada siempre le pesó la muerte de su padre, cuya vida nunca acabó de poder reconstruir. Y quiso recuperar sus restos para trasladarlos al cementerio de Teis. No le está resultando fácil.

En el lugar donde teóricamente está enterrado, yendo a la literalidad de la diligencia judicial de inhumación incorporada al sumario, hay ahora otras sepulturas, cuya construcción construcción se presume posterior al año 1951. Por si ello no fuera suficiente contratiempo, el sacerdote que ejerce como administrador de la parroquia ha certificado que entre los años 1944 y 1966, en los libros de la parroquia «no se ha encontrado ninguna partida de defunción con el nombre de Juan Santana Ramírez». 

Acción fallida en 2014

La hija, que durante gran parte de su vida renunció a importunar o presionar a su madre para hurgar en un pasado del que solo sabe lo que le contaron, se siente ahora totalmente libre para hacerlo. Para buscar en sus raíces, pero, sobre todo y antes que cualquier otra cosa, recuperar los restos de su padre, algo que creyó posible en la primavera del 2014. Había obtenido entonces autorización de la Xunta para la exhumación de los restos. Desde el juzgado de instrucción 1 de Ourense, condicionado al cumplimiento de la ley de policía sanitaria mortuoria, se dio luz verde hace cuatro años al levantamiento y traslado «del cadáver-cenizas» de Juan Santana, según decía un escrito dirigido al encargado del cementerio de Teis.

El 15 de mayo del 2014 iba a ser el día. Acudió Pilar al cementerio de Carracedo con el personal de una empresa de servicios fúnebres que se iba a encargar del levantamiento y traslado. El sacerdote, según la particular denunció posteriormente en Ourense ante la justicia ordinaria, «se negó a colaborar procediendo a ausentarse sin más explicación». En el lugar donde Juan Santana había sido enterrado, metro y medio bajo tierra, había otro panteón de construcción más moderna. No era el escenario esperado por una mujer que sencillamente quería tener más cerca los restos de su desconocido padre.

Pidió ayuda en el Obispado. Se estrelló contra un sólido muro. No consiguió ni que le registraran un escrito. No lo aceptaron. Optó entonces por el burofax, aunque nada logró. Insistió. Volvió al juzgado para solicitar amparo, sin vulnerar derechos de terceros ni atropellar sensibilidades. Es necesario, decían al juez, determinar el lugar concreto, o al menos acotar la zona, en el que están enterrados los restos cadavéricos de Juan Santana Ramírez, para, a continuación, proceder a su exhumación.

Afectados indirectos

Apuntaba Pilar Santana en su escrito al juzgado como algo «bastante probable» que se vieran afectados propietarios de nichos en la zona, construidos, según apuntaba, «por negligencia del Obispado de Ourense y de los sucesivos párrocos que gestionaron el cementerio, encima de la lápida y los restos».

«Detrás de la iglesia parroquial, con la cabeza al este y próxima a las tapias del cementerio»

El sumario judicial recoge de manera expresa y detallada el lugar donde fue enterrado Juan Ramírez. Una vez cumplimentados otros trámites, con la intervención del juez de paz y el alcalde de barrio, se procedió a la inhumación del cadáver. Detalla la diligencia, que suscribe el secretario judicial, que se enterró «detrás de la iglesia parroquial, con la cabeza al este y próxima a las tapias del cementerio» y aporta, incluso, la distancia en metros a la que quedan los pies en relación con el «ángulo derecho de dicha iglesia» y «en sentido paralelo a la pared superior de la iglesia y a una profundidad de un metro cincuenta centímetros, aproximadamente». La minuciosa y precisa declaración se ha estrellado con la realidad de lo que encontró la hija del fallecido cuando acudió al cementerio de Carracedo.

No solo el lugar concreto aparece cubierto con otros elementos funerarios ajenos, sino que tampoco la familia ha encontrado en el Obispado el eco que buscaba a su deseo de intentar localizar los restos de Santana. En los registros parroquiales, de hecho, ni siquiera consta que allí se encuentre los restos de cuya existencia dio fe el secretario judicial que intervino en 1951.

El Concello recuerda que la gestión es del Obispado

Apeló esta mujer al Concello de A Peroxa. A la vista de la situación creada en mayo del pasado año, el alcalde transmitió a Pilar Santana que el camposanto era parroquial y su gestión correspondía a la iglesia católica, por lo que, como primera medida, deberían dirigirse al Obispado.

Una segunda petición a la administración municipal dio lugar a una contestación que incluía una propuesta de actuación alternativa por parte del Concello de A Peroxa. «Aconséllase solicitar como trámite previo o consentimento dos titulares de dereitos dos terreos nos que presuntamente se achan os restos», respondía el regidor, Manuel Seoane, que reiteraba en esa nueva comunicación, de octubre del 2017, que el cementerio parroquial de Carracedo y es de titularidad de la Iglesia católica, «xestionado polo Bispado de Ourense por medio do seu cura ecónomo, non estando polo tanto xestionado por este Concello».

Una «caída casual» desde el puente de Reza del ferrocarril

La muerte de Juan Santana, según un escrito firmado por el juez que en su día instruyó el caso, «fue casual, pues cayó en un puente abajo en unas piedras». El cuerpo, de acuerdo con el atestado de la Guardia Civil, manuscrito, fue hallado casualmente por un fogonero de Renfe, residente en Vigo, que caminaba por el lugar de regreso del pueblo de Sandamiro, del municipio de A Peroxa. El atestado de la Guardia Civil, manuscrito, recoge cómo ese hombre observó un cuerpo «tendido en el suelo y al lado de un regato». Bajó hasta su lado. «No dio señal alguna de vida, creyendo que era cadáver», por lo que buscó ayuda. Aparecieron otros vecinos del pueblo de Reza. Alertada la Guardia Civil, la documentación del muerto, el testimonio de varios compañeros de trabajo en las obras del «salto de energía eléctrica» y también el de su esposa permitió identificar al fallecido.

Juan Santana había acudido a primera hora de la tarde del 1 de noviembre de aquel 1951 a casa de un compañero de trabajo en Sandamiro, quien, según el atestado, lo invitó a «tomar un vaso vino». Juntos fueron a tomar otro vino a la bodega de otro compañero en el mismo pueblo. Regresaron. «Comieron un magosto de castañas y pescado» y, alrededor de las nueve de la noche, el anfitrión acompañó «con una luz» a Juan hasta la vía férrea, donde se despidieron. «Le consta que dicho señor iba en perfecto estado, normal», según precisa la declaración ante la Guardia Civil.

La pista del fallecido se pierde entre ese momento y el hallazgo del cadáver al día siguiente, momento en el que entra en escena la Guardia Civil y también el médico municipal de A Peroxa, que es quien «procedió al reconocimiento del supuesto cadáver», como recoge la diligencia correspondiente incorporada al sumario. «Efectivamente el individuo en cuestión era verdaderamente cadáver y su muerte pasaba ya de doce horas», detalla.

Presentaba erosiones el cuerpo, pero «la verdadera causa de su muerte fue, sin duda, la fractura completa de vértebras cervicales», con la particularidad de que «las esquirlas también le ocasionaron la sección de la médula». La muerte, según concluye el médico, «debió ser ocasionada por caída casual del puente de Reza del ferrocarril».

Las conclusiones de la autopsia precisan que la caída se produjo desde una altura de unos seis metros «con la cabeza en un campo de hierba».

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