Embarazos y gente embarazosa


El debate que se suscitó esta semana en torno al embarazo de la pareja de Alberto Núñez Feijoo volvió a demostrar, como si las polémicas que rodean las leyes del aborto no lo hubieran hecho de manera suficiente, que un importante porcentaje de personas creen que pueden opinar sin rubor sobre lo que una mujer decide hacer con su cuerpo.

En las cafeterías y en las redes sociales (que no dejan de ser como la barra del bar, aunque con menos riesgo para los cobardes, porque pueden opinar sin dar la cara) había un preocupante número de ciudadanos que se consideraban con autoridad moral suficiente para enjuiciar la decisión de los futuros padres. Hasta sobre la concepción, ¡acabáramos!, tuvieron que mostrar su parecer. Como si lo lógico fuera airear, sin tener ni idea, algo tan íntimo y personal. Como si a alguien le importara realmente.

Parece que tenemos asumido que hombres y, ojo, mujeres dicten sentencia sobre nuestro comportamiento, en concreto sobre el de nuestro útero. O somos muy jóvenes o somos muy mayores. O somos demasiado delgadas o demasiado gordas. O somos ambiciosas o no tenemos aspiraciones. Lo cierto es que acaba resultando cansado. Agotador.

En una provincia como la nuestra donde lo que deberíamos analizar son nuestras propias arrugas (el envejecimiento, la despoblación del rural, el paro, la escasa industrialización...) siempre es mejor fijarse en las barrigas ajenas -¡cómo que ajenas! dirá alguno, si Feijoo es de Os Peares- que mirarse al ombligo, práctica que en otras ocasiones puede resultar egocéntrica pero que nos vendría fenomenal para sacarnos partido.

Realmente no sé por qué me sorprendo ante esta tendencia que consiste en decidir sin rigor alguno si está bien o no, si es sano o no, si es seguro o no... ser madre a partir de los 50. Es tan arrolladora esa presión social sobre tener hijos, no tenerlos, tenerlos ahora, dejarlo para más adelante... que hasta las mujeres que tienen que recurrir a tratamientos de fertilidad lo hacen como disimulando, como si tuvieran algo que esconder o como si le debieran una explicación a alguien que no fueran ellas mismas.

No me llegarían los dedos de las manos para contar el número de personas que en algún momento se acercaron a mí en el parque, en la cola del súper o en un probador de Zara para, señalando a mis mellizas, decirme con cara de compasión: «Y las niñas, ¿son naturales»? «No señora, son de fresa».

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