La vida es una campaña


Dice el alcalde nacionalista de A Mezquita -se le adelantó un regidor popular de Salamanca pero ha sido el primero de Galicia en conjugar el verbo objetar- que si toca votar el 25 de diciembre no va a ser él quien le diga a sus vecinos que el «Fun, fun, fun» lo van a cantar en un colegio electoral. Así que asegura que, ante una nueva cita con las urnas, no designará las mesas porque cree que no son precisamente esas, las electorales, a las que quieren sentarse los ciudadanos ese día, para el que prefieren el plato típico de mamá, los niños dando por saco y el cuñado sentando cátedra... la familia, en definitiva.

El problema de ir a votar el 25 de diciembre, en realidad, no tiene que ver ni con los regalos de Papa Noel ni con el turrón. Da infinita pereza (y según la distancia algo de pena) pero muchos podemos garantizar que se sobrevive a la Navidad trabajando. El problema de ir a votar el 25 de diciembre es todo lo que habrá pasado hasta ese día y todo lo que nos pasará después. El problema de ir a votar el 25 de diciembre es lo que significa.

Es difícil dar un golpe en la mesa todos a la vez (¿cómo se hace? ¿votando en masa?, ¿con abstención general?, ¿emigrando?) pero va haciendo falta que unos cuantos den un respingo en la silla.

En todo caso, lo cierto es que tenemos una capacidad absoluta para aguantarlo todo. Miren los gallegos, que hasta vamos a ir a votar el 25 de septiembre. Y miren los ourensanos, qué contentos conducimos las motos que la Xunta lleva vendiéndonos semanas, como si estuviéramos en período preelectoral. ¿Qué es la vida sino una campaña?

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