El proyecto de un ingeniero que lo dejó todo en los ochenta para hacer un blanco con las uvas autóctonas que nadie valoraba y que él quería tratar «como diamantes». Mima tanto sus cosechas que sigue al pie de la viña, tras vender la bodega a Alma Carraovejas
29 sep 2026 . Actualizado a las 22:11 h.El 13 de mayo de 1988, el periodista de La Voz Pepe Seoane presentaba a Emilio Rojo como un desconocido productor y el «atípico ganador del concurso en el apartado de cosecheros de O Ribeiro. Ingeniero de telecomunicaciones, hijo y nieto de viticultores, natural de una tierra de vino y pimientos como es Arnoia, dice recordar cómo, en su época de estudiante, cuando volvía a casa en las vacaciones o los fines de semana, su padre lo esperaba con los aperos para trabajar en las viñas». Apenas dos años antes nacía el primer Emilio Rojo, un ribeiro elaborado solo con variedades autóctonas que por ello se convirtió en un vino preciado y famoso. Rojo adoptó la filosofía de los vignerons independants franceses: productores que cultivan sus propias parcelas, elaboran y embotellan en su bodega y venden directamente, sin intermediarios.
Desde el principio navegó a contracorriente para conseguir unas añadas que custodiaba como tesoros. Buena parte de sus preciadas cajas las entregaba él personalmente a clientes que se vanagloriaba de elegir por su sensibilidad con el proyecto. Así llegó a las bodegas de Amancio Ortega —ahora es uno de los favoritos de su hija Marta—, a varias casas reales e incluso a la cava de Woody Allen, quien incluyó el vino en Vicky Cristina Barcelona, entre otras películas. Cuando en los años ochenta Emilio dejó su trabajo en una multinacional para dedicarse al vino en O Ribeiro confesó que aprendió de su padre a trabajar la tierra, pero se dio cuenta de que el resto del proceso podía hacerlo de otra manera: «Me veo bien como cosechero, pese a que será preciso pagar la novatada. Yo no voy a competir con otras marcas. Voy a vender lo mío como un producto de calidad, con una elaboración civilizada y actual». Y así sigue pensando.
Su compañera, Julia, ya no está, pero es fundamental en la historia de este visionario que revisó el precio al que su padre vendía la materia prima y se asombró al comprobar que nadie valoraba la uva autóctona como el tesoro que era: la pagaban igual que la palomino foránea. Así que le dijo a su padre que se quedaba con los racimos de la tierra y se lanzó sin medios a su primera vendimia con un depósito prestado. «Fue cuestión de dos semanas, todo atropellado y con una gran sensación de impotencia, nacida precisamente de esa precipitación. Tenía muchas ideas y una formación teórica suficiente, pero sobre la marcha hube de adaptarme a las circunstancias. Sufrí realmente cuando, por ejemplo, hube de emplear sacos de plástico para recoger las uvas, sabiendo que deberían ser transportadas en cajas ventiladas, colocadas allí como diamantes para que no rompieran», contaba entonces. El resultado fueron las primeras seis mil botellas selectas de Emilio Rojo, en las que no había ni rastro de palomino y donde las variedades lado y torrontés alzaban la voz.
Hace siete años, el equipo de una bodega de Ribera del Duero con una larga trayectoria, Alma Carraovejas, llegó a la aldea de Leiro, como tantos otros, para visitar a Emilio. También en este caso la ambición de la segunda generación, liderada por Pedro Ruiz Aragoneses, buscaba elaborar el mejor blanco de España. Emilio Rojo, poco dado a negociar, cerró una venta con poco espíritu de transacción comercial, ya que sigue al pie de la viña y estuvo vigilante en la pasada vendimia (comenzó el día del eclipse). «Es un proyecto único ligado a la figura de Emilio, pero también a la de Julia», destaca Pedro Ruiz, quien admite su celo por custodiar un «legado único y tratar de elevarlo a un nivel superior, desde la máxima exigencia y con la mayor humildad». Emilio Rojo, quien siempre defendió que el vino se hace en la viña, cuenta que está feliz con esta alianza: «Junto a Alma Carraovejas se da un paso más en el entendimiento del suelo y el entorno. Yo nunca me atreví a trabajar en ecológico y hoy sí se puede».