Esta columna no va de por qué Jácome se convirtió en alcalde en el 2019 siendo la suya la tercera lista más votada. Ni de por qué hay partidos dándole oxígeno. Ya he escrito sobre eso muchas veces. Esta columna va de algo que está por encima de las siglas y de las estrategias: no se puede consentir que el máximo representante de una ciudad llame etarras a los concejales del BNG.
El alcalde de Ourense no tiene mayoría absoluta. Y aunque la tuviera. Nada justifica que se comporte como si su poder fuera absoluto. Gobernar en minoría —si a lo que hace se le puede llamar gobernar— exige respeto y diálogo. El regidor lleva años abonado a la descalificación y, cuando parece que ya no es posible, cruza otra línea roja.
Al abandonar el salón de plenos 16 de los 26 ediles que asistían a la sesión —de BNG, PSOE y PP— se escenificó la realidad de Ourense: Jácome gobierna en la más absoluta minoría moral. Mientras él se tomaba a broma el plantón, los que creemos en la democracia nos llevábamos las manos a la cabeza: un pleno semivacío no representa a la ciudadanía. Burlarse cuando el diálogo institucional se rompe no es una muestra de fortaleza: es debilidad democrática e irresponsabilidad política. La democracia —aunque el sistema de votación vuelva a darle la Alcaldía— no consiste en quedarse solo en un salón vacío, aplaudiéndose a uno mismo.
Jácome insulta y juega al espectáculo. Cree que así puede disimular sus problemas de gestión, pero esos seguirán estando cuando despertemos, igual que el dinosaurio de Monterroso.