Labra, promotor de conciertos en Ourense: «La música ha sido una forma de vivir, no de subsistir, nunca me lucré»

Uxía Carrera Fernández
UXÍA CARRERA OURENSE / LA VOZ

OURENSE

José Luis en el Café Cultural Auriense, una de las salas a las que sigue trayendo grupos
José Luis en el Café Cultural Auriense, una de las salas a las que sigue trayendo grupos SANTI M. AMIL

El que fue dueño y pinchadiscos del Rock Club lleva más de treinta años organizando bolos en la ciudad

30 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Pinchaba con una máscara y dice que siempre buscó intimidad. Si le hacían una foto ponía una mueca para no ser reconocido y ahora prefiere retratarse en un claroscuro. Pero lo cierto es que prácticamente todo Ourense sabe quién es Labra. Sobre todo los más melómanos, rockeros y nocturos. José Luis Labrador (República Dominicana, 1962) es uno de los mayores artífices de haber tenido una contracultura en la ciudad. «He tenido mucha suerte en mi vida de tener trabajos relacionados con lo que me gusta», confiesa ahora. Es, por supuesto, la música. Pasó por numerosos pubs, pero su etapa más reconocida es haber sido dueño del Rock Club «viejo», en la calle Doctor Fleming. Organiza conciertos desde hace más de treinta años, trayendo a grupos de la talla de The Dictators o The Hellacopters. Aunque pasó a segunda línea, mantiene la promotora Bad Seed.

Labra recuerda su despertar con el primer disco que se compró, de Jimi Hendrix. Aquel sonido alentó la rebeldía propia de la adolescencia: «La música fue la manera de canalizar aquella rabia propia de ser crío, de pertenecer a algo, de querer cambiar el mundo». Su sensibilidad artística no se quedó en ser solo oyente. Formó parte de una cooperativa de teatro con la que iba a actuar por los pueblos. «Fue una época muy bonita, hice mucha carretera», cuenta. También cantó en el grupo Viernes y los Robinsones. «Le quería llamar Los Hijos de Puta porque era muy punk pero mis compañeros no quisieron», bromea. Ambas facetas tuvo que dejarlas cuando empezó a trabajar en pubs. Pintó al óleo, pero lo dejó porque su padre se levantaba de noche y le retocaba los cuadros. «Una majadería», recuerda entre risas. Para la música no hubo peros y esa fue su elección.

Todo empezó porque un día quedó con unos colegas que tenían un pub para ayudarles a poner unas cervezas y de ahí se hizo camarero y pinchadiscos. «Los convencí para que solo pusieran rock and roll, soul, blues...», cuenta. Pasó por diferentes locales como el Soda o el Far hasta que en 1997 abrió el Rock Club. Su máxima siempre fue guiarse por su propio criterio: «Si algo no me gustaba, no lo ponía, aunque me lo pidieran mil veces». Por ejemplo, nunca pinchó grupos tan aclamados como Extremoduro. Se encerraba en la cabina y hacía sonar en Ourense música que no se escuchaba en ningún otro sitio. «Un día una chica me dijo que los años en el Rock Club fueron los mejores de su vida, que era como estar en un garito en Berlín», relata.

A la par que pinchaba, empezó desde chaval a organizar conciertos. Recuerda que el primero fue en Los Faraones. Apoyó a grupos de Ourense pero sobre todo hizo pasar por la ciudad desde grandes bandas de todo el mundo a grupos de la contracultura del momento. Conocía nombres escuchando discos y leyendo revistas musicales y conseguía entrar en el circuito carteándose con editoriales o productoras underground. «A los grupos grandes los ofrecían, tenía contacto con una ‘disquera’ de Madrid y se contrataba todo a caché, nada de taquilla», cuenta. Así aterrizaron en Ourense The Lyres, The Nomads, The Cynics... Lograba fechas únicas en Galicia que llenaban la sala y hacían sudar a las paredes. «En el primero de The Dictators temblaba todo, las columnas, pensaba que se venía abajo», rememora. El Rock Club cerró en el 2012. Dos años después, Labra sufría un infarto, cree que por acumulación de estrés de esos 15 años: «Llegamos a tener 15 empleados y los últimos cinco años me lo comía yo todo». Se fue a trabajar a otros pubs, pero siguió organizando conciertos. «Tuve que replantearme las cosas porque ya no tenía una infraestructura detrás, y soy incapaz de hacer algo si no tengo el dinero ya en el bolsillo», defiende. Cuatro años después, el pub reabrió donde aún se mantiene, en la calle Hernán Cortés, en otras manos. «Se intentó mantener el mismo espíritu, pero cambiaron los tiempos y la clientela», apunta. Su promotora, Bad Seed, no ha dejado de organizar conciertos porque él es incapaz de parar, a pesar de la cantidad de dinero que confiesa haber perdido a lo largo de su vida. «He ganado dinero a lo mejor con tres conciertos en mi vida, la música es una forma de vivir, no de subsistir, nunca me lucré», sentencia.

«Conseguí que una pareja pasase de la discusión al abrazo con una canción, esa es mi profesión»

La ciudad cambió mucho en las varias décadas que Labra lleva participando en su vida cultural. De haber un circuito de pubs y salas para escuchar música, ahora solo quedan unos pocos. «Hay más conciertos y se programa más, incluso hay demasiados y coinciden. También los grupos saben autogestionarse mejor», opina. La diferencia que él ve es que hay quien hace las cosas solo por dinero o tener gente en el local y hay quien las hace «con corazón». Un ejemplo de los segundos son los creadores de la asociación cultural Better Things, que financian y colaboran para traer bolos a Ourense. O él mismo, que confiesa que lo que le hace feliz es saber que el público disfrutó de una actuación. Incluso la manera de escuchar ha cambiado: ya no se pincha, hay un «hilo musical» en los pubs. Él todavía recuerda el milagro que puede obrar una canción: «Recuerdo una noche de invierno que no había ni Dios, una pareja estaba discutiendo, puse Satellite of Love de Lou Reed, y cuando me di cuenta se estaban abrazando. Esa es mi profesión».

Quién es. Labra, como se le conoce en la ciudad, nació en República Dominicana en 1962, adonde emigró su padre. Regresó con un año.

Ocupación. Responsable de la promotora Bad Seed y miembro de la asociación cultural Better Things.

Su rincón. Puntualiza que muchos de los que serían sus rincones, ya no existen. Sí sobrevive el Café Cultural Auriense, uno de los escenarios donde organiza conciertos.