La ourensana Raquel Carrera completa un año perfecto con el Valencia Basket y pone rumbo a los Estados Unidos
OURENSE
La ala pívot fue elegida como la jugadora más valiosa en la final por el título de liga ante el Zaragoza
18 may 2026 . Actualizado a las 13:21 h.Hay deportistas que no solo están llamadas a marcar una época por su innegable talento con el balón, sino por la fortaleza inquebrantable de su carácter. La ourensana Raquel Carrera es, sin lugar a dudas, el ejemplo perfecto de ambas virtudes. Con 1,88 metros de estatura y una madurez que desafía a su juventud, la ala pívot gallega ha vuelto a escribir una página de oro en su carrera deportiva. Tras proclamarse campeona de la Liga Femenina Endesa con el Valencia Basket —revalidando la corona en una agónica final en el Roig Arena resuelta sobre la bocina con una canasta de Yvonne Anderson—, Carrera sumó su cuarta liga consecutiva, un póker histórico que redondea un año perfecto tras haber alzado también la Copa de la Reina en Tarragona.
Aunque los focos apuntaron al tiro final de la base, el verdadero motor volvió a ser Raquel, quien firmó un partido colosal de 7 puntos, 9 rebotes y 3 asistencias, erigiéndose en la pieza más determinante y cosechando el galardón de jugadora más valiosa de las finales. Un éxito imponente que sabe a gloria y que llega tras el mayor desafío de su vida: la superación de una gravísima lesión que la mantuvo durante once meses alejada de las canchas.
Dónde nació el diamante
Para entender la magnitud de la estrella actual, hay que viajar en el tiempo a los patios escolares de Ourense. Allí, en el colegio Josefinas de la ciudad, la pequeña Raquel acudía por las tardes a esperar a que su hermano terminara sus entrenamientos. Su primer técnico, Rafa Fernández Alonso, recordaba en una entrevista en La Voz de Galicia, los inicios de la joven estrella, cuando le dieron un balón de baloncesto para que se entretuviera y ya entonces le vieron algo especial. Ese talento natural la llevó a ingresar en el Pabellón, su primer club federado, donde perfeccionó el tiro y se enamoró perdidamente del baloncesto. María Álvarez, su entrenadora en la etapa infantil pabellonista, aseguraba que su ética de trabajo ya la distinguía del resto, una trabajadora nata, siempre con una sonrisa y que se tomaba todo muy en serio.
Su evolución la llevó a dar el salto al Celta de Vigo, donde se pulió bajo la dirección de Carlos Colinas y Cristina Cantero. Fue el primero que vaticinó un futuro brillante para Carrera, ya que aseguró en su momento que tendría un gran impacto en el mundo del baloncesto femenino por sus registros de juego. Y no se equivocó. El Valencia Basket, en la vanguardia del baloncesto nacional, no dudó en apostar por su proyección antes de que cumpliera la mayoría de edad, extendiéndole un contrato por cinco temporadas. Para acumular los minutos necesarios en la élite, la estructura taronja la envió cedida al Araski de Vitoria en la temporada 2019/20, donde su debut en la máxima categoría fue el preludio de una explosión internacional inmediata. Su tarjeta de presentación con las categorías inferiores de la selección española ya era asombrosa: debutó en un Mundial sub-17 con solo 14 años, coleccionó dos Europeos sub-16 —con una medalla de oro incluida—, una plata continental sub-18 y disputó otros dos Mundiales sub-17.
En el 2021, con apenas 19 años, el nombre de Raquel Carrera dio la vuelta al mundo. En una inolvidable final de la Eurocup contra el Reyer Venecia, y a falta de un solo segundo con el Valencia un punto abajo, las italianas le cometieron falta a la jugadora más joven del parqué. Con una concentración pasmosa y mientras sus compañeras rezaban sin pestañear, la gallega clavó los dos tiros libres que le dieron el título continental a su equipo. Meses después, debutaba con la selección absoluta en la exigente doble cita del Eurobasket y los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.
Su madurez competitiva la convirtió en el objeto de deseo de la WNBA. Las estimaciones que la situaban en la tercera ronda del draft saltaron por los aires cuando Atlanta Dream la seleccionó en una histórica decimoquinta posición —en la primera ronda— en el 2021. Al año siguiente, las New York Liberty adquirieron sus derechos en un importante traspaso a cambio de Asia Durr y Megan Walker, sumándola a una franquicia mítica por la que ya habían pasado pioneras españolas como Betty Cebrián, Marina Ferragut y Anna Cruz, y donde coincidiría en la pretemporada con su excompañera Rebecca Allen.
Su batalla más dura
Sin embargo, la trayectoria de Raquel Carrera está marcada por una importante baja. En el momento más álgido de su carrera, asentada en la cumbre nacional y con las puertas de la WNBA abiertas de par en par, la jugadora sufrió una rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha. La lesión la obligó a detenerse en seco y la mantuvo alejada de las canchas durante un prolongado y durísimo calvario.
Fueron exactamente 338 días de esfuerzo, sudor y lágrimas en el gimnasio. Durante esos once meses de recuperación, la ala pívot trabajó de manera constante, con y sin ganas, con más o menos dolor, pero de manera incansable, para volver a saltar al parqué lo antes posible.
Para una deportista de élite acostumbrada a la acción, el aspecto mental supuso un desafío mayúsculo, especialmente el hecho de perder la independencia de forma temporal y de depender de los demás. Tras haber superado años atrás una lesión de menisco de cinco meses en la otra pierna, esta rotura de cruzado exigió el doble de tiempo y una fortaleza psicológica inmensa, en la que el apoyo y los mensajes de figuras como Pau Gasol o de compañeras y amigas de la selección como María Conde resultaron vitales, aunque la batalla contra el dolor se llevase en silencio en la intimidad.
Con las vitrinas de La Fonteta repletas —una Supercopa de España (2024) y otra de Europa (2020/21), dos Copas de la Reina (2024 y 2026) y cuatro Ligas (2022/23, 2023/24, 2024/25 y 2025/26)— y el pasaporte listo para viajar a Estados Unidos y materializar su debut definitivo en la WNBA con las New York Liberty, Raquel Carrera ha demostrado que el camino hacia el cielo del baloncesto no solo se construye con canastas imposibles, sino con la paciencia, el trabajo diario y el corazón indomable de quien sabe levantarse más fuerte tras la caída.