El Joglars representa mañana y el viernes en el Teatro Principal de Ourense «El retablo de las maravillas»
13 may 2026 . Actualizado a las 18:21 h.Els Joglars cumple 65 años de trayectoria y lo celebra mañana y el viernes en el Teatro Principal de Ourense con «El retablo de las maravillas», una revisión del clásico de Cervantes que llega acompañada de una exposición sobre la historia de la compañía. Su fundador y director de la obra, Albert Boadella (Barcelona, 1943) sigue al pie del cañón y reivindica la libertad y la ausencia de autocensura como señas de identidad.
—Si echa la vista atrás, ¿qué piensa?
—Todo ha pasado demasiado rápido y no me he dado cuenta. Tengo cierta sensación de pánico por la cantidad de cosas que hemos hecho. Pero sobre todo porque el proyecto haya funcionado, con tanta repercusión y con tanto disfrute personal. Ha pasado de todo, incluso intentos de eliminación de mi persona en algún momento.
—Y ha permanecido siempre al frente de la compañía.
—La verdad es que me he mantenido bastante fiel a una forma de entender la vida, de relacionarme con los demás y con la sociedad. Eso no ha variado excesivamente respecto a cuando tenía 20 años. En general mi vida ha transcurrido en una línea muy continua.
—Y de ahí probablemente ese sello tan reconocible de Els Joglars.
—Es una forma de entender el teatro a la inversa de una parte importante de mis colegas. Yo siempre he vivido el teatro en función del público, de lo que siente. Es decir, siempre pensando más en los otros que en mí mismo. Hay una necesidad de complacerlo, no solo para que se ría, sino muchas veces para que se enfade. A veces he dicho cosas que pensaba que eran importantes para ellos y se lo han tomado mal.
—Esa falta de autocensura ha sido una de las marcas de la compañía.
—Sin duda. Eso nos ha llevado en ciertas épocas a tener problemas. Desde los más violentos hasta los más civilizados. Violentos en el sentido exacto: atentados contra la compañía, procesos judiciales... Y los civilizados, en formas de censura menos visibles. De golpe nos costaba encontrar representaciones porque los programadores no estaban de acuerdo ideológicamente con lo que hacíamos. Y no estamos hablando solo de épocas muy pasadas, sino también de recientes, tanto en subvenciones como en festivales o teatros públicos. Incluso en Cataluña. A veces no podemos actuar allí o cuesta muchísimo. Y no es por la calidad ni por el interés del público. Hay muchísimos programadores bajo tutela de administraciones públicas, del concejal o del consejero de Cultura de turno. Y nos encontramos con que hay cosas nuestras que no gustan. Pero no por la calidad ni por el interés del público, sino por razones ideológicas.
—¿Por qué eligieron «El retablo de las maravillas» para celebrar este aniversario?
—Porque es un canto a la libertad. Ya desde la época de Cervantes, cuando cuenta aquello de que solo pueden ver el retablo los que son limpios de sangre, eso llega hasta nuestra época. Vivimos en un tiempo en el que mucha gente simula, adopta actitudes de simulación y da por buenas cosas evidentemente nefastas.
—Ustedes ya habían trabajado este texto hace años.
—Sí, hicimos un retablo en el 2005 y queríamos hacer nuevos. El primer entremés es prácticamente tal cual, aunque siempre cambian cosas porque cuando pasan los años uno mejora lo que hizo. Y luego hacemos nuevos retablos sobre situaciones actuales. Por ejemplo, sobre lo que llamamos las nuevas religiones. Mucha gente ha dejado de creer en Dios, pero ha empezado a hacerlo en otras cosas menos sólidas y menos poéticas y, en el fondo, más falsas.
—La realidad actual parece darle continuamente argumentos.
—Claro. La realidad siempre supera a los que hacemos ficción. Nosotros podemos hacer imitaciones. La realidad es más brutal que la ficción; nosotros nos quedamos cortos.
—Ha dedicado toda su vida a construir un proyecto teatral muy sólido. ¿Cómo imagina que será el futuro de la compañía?
—Cuando desaparezcamos los fundadores, lo importante será el clima artístico que hemos conseguido crear. Si ese espíritu permanece, podrá seguir caminando sola. Sería hermoso que alcanzara una continuidad similar a grandes instituciones teatrales históricas, porque eso significaría que ha superado incluso a sus propios creadores.
—Tiene 82 años y futuros proyectos. ¿Qué le motiva a continuar creando?
— La curiosidad, sobre todo. Mientras uno la conserve y tenga ganas de contar cosas, tiene sentido continuar. Estoy trabajando en un proyecto muy personal, nacido de un libro que escribí hace un par de años, donde planteo un diálogo entre generaciones. Lo hemos transformado en una obra de teatro y me hace especial ilusión porque volveré al escenario para interpretarme a mí mismo junto a un actor joven. Y ya está previsto que en marzo del 2027 presentemos una nueva propuesta con Els Joglars.