David Llorente, jefe provincial de Tráfico en Ourense: «Tenemos mucha gente mayor que conduce y yo lo veo positivo»

Fina Ulloa
Fina Ulloa OURENSE / LA VOZ

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David Llorente se hizo cargo de la jefatura provincial con 28 años recién cumplidos
David Llorente se hizo cargo de la jefatura provincial con 28 años recién cumplidos ALEJANDRO CAMBA

El responsable de la DGT defiende, con datos, la utilidad de los radares para reducir accidentes en la provincia y reflexiona sobre su trayectoria al frente de una delegación a la que llegó hace tres lustros

19 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El trabajo de sus padres quiso que David Llorente Rey sea vasco de nacimiento. Vino al mundo en Vitoria, en 1981, donde sus progenitores trabajaban como funcionarios de prisiones. El siguiente destino profesional que eligió el matrimonio —un leonés y una lucense— lo convirtió en «ourensano al 100 %». Licenciado en Derecho, accedió por oposición a la Escala Superior de Técnicos de la DGT en el 2006 y, tras sus dos primeros destinos en Alicante y A Coruña, regresó a la ciudad de As Burgas para asumir la jefatura provincial de ese organismo en el 2009, con 28 años recién cumplidos.

—¿No le dio vértigo asumir esa responsabilidad tan joven?

—Ahora lo pienso muchas veces pero entonces mis padres, especialmente mi madre, eran más cautelosos que yo en ese sentido. Cuando salió la plaza de jefe de servicio, que es por la que vine, yo solo vi una oportunidad de estabilizar mi vida que podía no volver a producirse. No es que estuviera loco por volver a casa, pero mi novia, hoy mi mujer, ya estaba trabajando aquí, en Cortegada. Tuve suerte porque nadie con más veteranía la pidió y también le estoy muy agradecido al jefe provincial que había entonces porque confió en mí. Cuando asumí la jefatura lo que me generaba algo de intranquilidad era esa fama que tenía nuestra provincia de clientelar y caciquil, por si me encontraba alguna cosa que no me gustase.

—¿Alguna vez le pusieron en algún aprieto en ese sentido?

—Para nada. Quizá porque yo tengo una manera de ser muy particular y se me nota. No me gusta ese rollo de: ‘‘conozco a Pepito y a Menganito’’. El clientelismo me causa rechazo; las cosas no funcionan mejor porque conozcas a alguien. Muchos de los males que tenemos vienen por esa mentalidad. En sitios más grandes, donde la gente no se conoce ya por familia de varias generaciones, como aquí, es más difícil que eso pase. De todos modos, no me encontré con ninguna servidumbre extraña.

—Este es un organismo que funciona muy enlazado con otras Administraciones. ¿Qué tal se le dan las relaciones institucionales?

—No tengo queja, aunque supongo que al principio chocaría que se nombrase a alguien tan joven. Me imagino la cara de Camilo Ocampo, que era el subdelegado del Gobierno entonces, cuando le dijeron que el nuevo de Tráfico tenía 28 recién cumplidos. Y por cierto, le estoy muy agradecido por que no solo no puso ninguna pega, sino que la colaboración fue extraordinaria, como con el resto de los que fueron pasando por el cargo después que él, que jamás pusieron ninguna pega y fueron muy proactivos siempre.

—Lleva más de tres lustros en el cargo, ¿se arrepiente de algo?

—De haberle dado demasiadas vueltas a algunas cosas, sobre todo al principio. Es el precio de la inexperiencia de la juventud, supongo. Con los años te vuelves más pragmático.

—¿Y de qué está más orgulloso?

—Los resultados los valorará quien los tenga que valorar. Yo estoy moderadamente satisfecho porque creo que damos un buen servicio. En el trabajo administrativo aquí nunca hemos tenido grandes problemas de atrasos, ni en exámenes, ni en tramitaciones y la gente encuentra cita para el día siguiente o dos días después de pedirla. Y también estoy contento por las estadísticas de siniestralidad. Cuando yo llegué se decía que bajar de 30 fallecidos al año era muy difícil. El 2009 fue el primer año con un mes blanco, sin muertos, de la historia de la provincia. El año pasado tuvimos 14 y en este, a mediados de abril llevamos dos. Y sigue siendo una tragedia.

—¿Nos portamos mejor en carretera, entonces?

—Las cosas empezaron a cambiar a raíz de la implantación del permiso por puntos. Cuando yo llegué llevaba tan solo tres años. También los aparatos que hay instalados en carretera, a pesar de que tienen mala fama, se notaron. Cinco años antes de colocar el radar de Gustey llegaron a producirse cinco fallecimientos y desde que se colocó, ya hace una década, tuvimos uno el año pasado y no fue por velocidad excesiva. Es solo un ejemplo, pero hay bastantes más.

—Entiende que a otros, como el que hay en la primera recta de la N-120 tras bajar Os Peares, se le coloque el sambenito de recaudador.

—Reconozco que ese es el más estricto que tenemos y posiblemente se podría ir a 80, pero también responde a razones de seguridad. Ahí hay una intersección que va a Penalba y al Parador de Santo Estevo y habíamos tenido algunos impactos frontolaterales sin muertos, pero con heridos. Yo puedo entender la crítica, igual también es que no sabemos explicarlos bien.

—¿Ser una provincia tan envejecida supone un problema?

—Tenemos mucha gente mayor que conduce y yo eso lo veo positivo, lo valoro positivamente. Es una realidad que hay que gestionar pero yo quiero llegar a mayor y conducir. Por demografía esta es la provincia líder en conductores con restricciones: hay gente que solo puede hacerlo de día, o en un radio de acción de equis kilómetros, o con una velocidad máxima que llevan puesta en la parte de atrás... Pero los accidentes más graves los provoca la gente joven y los mayores suelen ser más protagonistas como víctimas de atropellos.

«Me cuesta desconectar y dejar de estar pendiente del móvil y de las noticias que salen»

Cuando se le pregunta por su peor defecto, David Llorente se lo piensa un poco. «Es que tengo muchos», dice antes de apuntar en primer lugar a su tendencia al desorden —«Aunque yo no pierdo nunca un papel», asegura— y después a su incapacidad para dejar aparcado el trabajo al salir de la oficina.

—¿Le riñen mucho por eso?

—No hace falta. Ya me riño yo. Me doy cuenta. Me cuesta desconectar y dejar de estar pendiente del móvil y de las noticias que salen. Y si hay un accidente, me afecta, me siento involucrado de alguna forma, Pero he de decir que me esfuerzo por desconectar y estoy mejorando.

—¿Cómo?

—Me he vuelto a enganchar a la música, que siempre me ha gustado mucho. Lo retomé en pandemia. Hice dos cursos de piano a través de internet y este año empecé de nuevo a ir a una academia con la guitarra y la verdad es que me ayuda a desconectar.

—Teniendo a su hermano Daniel Minimalia, ganador de un Grammy en casa, el nivel de exigencia será alto.

—No le llego ni a la suela del zapato, pero estoy muy orgulloso de él. Yo empecé a ir a clases primero, siendo adolescente, y cuando se sumó él ya vi yo que era otra cosa, le daba de otra manera. Así que uno se dedicó a la música y el torpe, pues a la burocracia.

—¿Tampoco desconecta en vacaciones?

—Ahí sí que lo consigo. Si estoy fuera de aquí, uso neurona y media. Disfruto mucho haciendo rutas de senderismo, aunque con los niños vamos en plan modesto, pero tenemos un grupo con el que salimos a menudo.

—¿Se mantiene en forma?

—Algo de ejercicio hago, pero debería cuidarme en otras cosas. Me gusta mucho comer. No tengo muchos vicios, pero ese es uno.

—¿Cuál es su plato preferido?

—Pregúntame cuál no es. Cuando escucho a gente que dice que le cuesta dejar de fumar yo no polemizo mucho porque a mí me cuesta controlar la boca. En invierno me encanta el cocido o unos callos y en verano desde las ensaladillas a prácticamente cualquier cosa. De hecho muchas veces el ocio lo enfoco a la gastronomía. Suena muy guay decir que tenemos un grupo de senderistas, pero lo que marca los destinos es muchas veces dónde vamos a comer y, a partir de ahí, se programa la ruta.

En plano corto

1¿Qué le saca de sus casillas?

La gente que no es transparente, va a su bola y no es capaz de ponerse en el lugar del otro.

 2¿Quién o qué le hace reír?

Muchísima gente. A mí me gusta mucho hablar y disfruto y me río mucho con amigos. También con monólogos de algunos humoristas. Mi algoritmo en el móvil me manda muchas cosas que me hacen reír.

 3¿A quien admira?

A la gente que tiene empatía.

 4¿Un viaje soñado?

Rusia, aunque hoy casi suena políticamente incorrecto. Lo tenía ya medio planeado, pero entonces llegó mi hijo mayor y lo aplazamos.