«Antes de trabajar en el hospital era de las que cuando me pinchaban no miraba»

Fina Ulloa
fina ulloa OURENSE / LA VOZ

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Maribel Mangana en el parque de San Lázaro
Maribel Mangana en el parque de San Lázaro MIGUEL VILLAR

Maribel Mangana aprobó la primera oposición que incorporó a mujeres celadoras al CHUO

26 oct 2025 . Actualizado a las 00:14 h.

Maribel Mangana Guede acaba de cumplir 67 años y lleva apenas cuatro meses jubilada. «Aguanté porque no tenía el tiempo suficiente cotizado. Me casé muy joven, tuve a mis dos hijos y antes de ser celadora solo había estado asegurada poco más de un año, trabajando como cocinera en un negocio que abrimos en la zona de los vinos con la familia de mi exmarido», cuenta para explicar por qué no dejó de trabajar a la edad habitual.

Maribel formó parte de un reducido grupo de pioneras que en la década de los 90 entraron en lo que hoy es el Complexo Hospitalario Universitario de Ourense (CHUO) para ejercer como celadoras, una profesión que hasta entonces había sido casi exclusivamente feudo masculino. Llegó tras aprobar la primera oposición que se convocó para cubrir ese tipo de puestos. «Me animó mi excuñado, que trabajaba en las cocinas. Me presenté sin tenerlo muy claro», dice, tras reconocer que no tenía una especial querencia por el sector sanitario. «En realidad yo nunca tuve una vocación definida. Siendo niños a lo que jugábamos era a policías y ladrones», cuenta. De hecho, explica que cuando tocó decidir qué estudiar se dejó convencer para hacer el ciclo de Peluquería y Estética en Formación Profesional y más tarde se fue a Madrid para hacer Maestría Industrial en esa especialidad. Nunca ejerció.

«En aquellas oposiciones aprobé para pinche y celador. Al principio dudé un poco porque la verdad es que ver un suero colocado en una vía cuando iba a la residencia me daba un poco de grima. Antes de trabajar en el hospital yo era de las que no miraba cuando me pinchaban para hacer una analítica, por ejemplo», narra. Pero el hecho de que las plazas de cocina fueran en O Barco la hizo decidirse. «Entonces pensé que igual no iba a aguantar, pero la verdad es que estuve encantada, aunque al principio fue duro», reconoce.

Las reservas que tenía sobre la sangre, las agujas o lo que podía ver durante la asistencia a los pacientes las venció pronto. «Llegué a estar sujetando a una niña y entreteniéndola mientras le cosían la cabeza, que se la había dejado llena de cortes su propio gato», ejemplifica.

Menos sencillo fue demostrar que el hecho de ser mujer —entraron cuatro en aquella primera oposición, aunque ya había alguna contratada anterior— no restaba a su desempeño profesional, ni era menos válida que sus compañeros varones. «Curiosamente la mayor parte de los problemas no los tuvimos con los celadores hombres, sino con las auxiliares de enfermería», dice. Aclara que eran las trabajadoras de ese colectivo las que se encargaban de movilizar a los pacientes con la ayuda de los celadores. «Al principio no nos querían. Si te veían llegar sola, protestaban y hubo muchísimos enfrentamientos. Con el tiempo, sin embargo, acabé teniendo muy buen rollo con la mayoría. Donde había más que hacer era donde yo estaba más a gusto. La verdad es que tuve suerte y me lo pasé muy bien en mi trabajo», resume.

Estuvo los primeros cinco años en el edifico Materno infantil y luego pasó al general, comenzando por Urgencias y Radiología. Más tarde se incorporó también a otros servicios. En las plantas de hospitalización vivió, según cuenta, múltiples anécdotas. Algunas aún le provocan hoy carcajadas: «Un día entré con dos auxiliares en una habitación para acostar a un paciente y su compañero de habitación, que estaba bastante bien, se sentó en la cama a observarnos. No hacía más que decirnos: ‘‘Chamade ao celador, mirade que non ides poder con el, avisade ao celador''. Yo callé, me coloqué por detrás del enfermo con una sábana y las auxiliares lo cogieron por las piernas. Las avisé de que contaría hasta tres y lo levantábamos. Así hicimos y quedó perfectamente colocado en el centro de la cama. El compañero de habitación no daba crédito. Entonces fue cuando me acerqué y, sin decirle nada más, le enseñé la placa de celador que llevábamos en el uniforme».

Esas caras de desconfianza y de sorpresa se repitieron muchas veces. «La verdad es que yo tenía muchísima fuerza y me desenvolvía bien, pero esto también es cuestión de maña y la vas cogiendo con el tiempo. Hay que tener en cuenta que cuando yo empecé no trabajábamos con grúas y las primeras que trajeron eran bastante liosas de manejar», recuerda Maribel.

 

«Cuando leo en las redes que con Franco se vivía mejor, me pongo de mala leche»

La niñez de Maribel Mangana estuvo marcada, como la de muchos ourensanos, por la emigración. Su infancia la pasó al cuidado de abuelas y tías mientras sus padres buscaban un futuro mejor, primero en el País Vasco y luego en Alemania. «Cuando veo en las redes eso de que con Franco se vivía mejor me pongo de muy mala leche. ¿Qué niña de siete años va hoy a lavar los pañales de la hermana como hice yo? En los pueblos, los niños teníamos que trabajar. Y eso que nosotros no teníamos animales. Otros de mi edad tenían que ir al monte con ellos y alguna vez acompañé a amigas que me contaban que pasaban miedo», relata. También recuerda su etapa en el servicio social de la sección femenina de la Falange, ya viviendo en la ciudad. «Nos enseñaban a bordar, a coser y a cocinar. De aquello saqué una libreta de recetas de repostería», cuenta.

Quién es

  • El DNI. Maribel Mangana Guede nació en el pequeño núcleo de Sanguñedo, en Baños de Molgas, en 1958. Aunque tuvo una pequeña incursión en la hostelería, la mayor parte de su trayectoria profesional está vinculada al CHUO. Formó parte de la primera promoción de celadores.
  • Su rincón. Elige el parque de San Lázaro. Por proximidad a la casa en la que vivió con sus padres, fue su lugar de referencia para quedar con sus amigas o jugar con su hermana. En él también recuerda algunas carreras para evitar la represión policial en las primeras protestas sindicales.