Cruz Roja necesita familias para acoger a bebés y grupos de hermanos

Fina Ulloa
fina ulloa OURENSE / LA VOZ

OURENSE

Alexandra (a la derecha) con su hijo biológico y la técnica del programa de acogida de  Cruz Roja, Mónica Devesa
Alexandra (a la derecha) con su hijo biológico y la técnica del programa de acogida de Cruz Roja, Mónica Devesa MIGUEL VILLAR

Preocupa la falta de hogares para menores de seis años

19 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El covid ha dejado huella en el servicio de acogida de menores que gestiona Cruz Roja. La pandemia redujo al mínimo las posibilidades de que estos pequeños que temporalmente tutela la Xunta pudieran abandonar los centros e incorporarse a los hogares dispuestos a darles un entorno familiar mientras no vuelven con sus familias biológicas o son adoptados. Por otro, se incrementó el número de bebés de renuncia, muchos gestados durante el confinamiento. Todo ello, sumado al objetivo de la Administración autonómica de reducir al mínimo la posibilidad de que los menores de seis años tengan que pasar por una institución, ha generado una hiperactividad en la bolsa de hogares de acogida de Cruz Roja. «El pasado año tuvimos muchísimos bebés y muchísimos grupos de hermanos por debajo de esas edades y este vamos por el mismo camino», matiza la técnica del programa, Mónica Devesa.

De hecho, ahora mismo hay niños con esos perfiles en lista de espera. Aunque hay familias en la bolsa, no todos los hogares tienen las mismas circunstancias y la disponibilidad de atención debe encajar con lo que cada niño necesita. Ese es el motivo por el que la entidad ha hecho un llamamiento a la solidaridad. «Buscamos personas dispuestas a aportar el entorno de seguridad, cuidado y cariño que solo puede dar una familia», dice Devesa. En lo que va de año 60 menores han estado con ourensanos que les han abierto su casa y su corazón. Hoy hay treinta niños acogidos.

«Nos hizo crecer como familia»

Para ser familia de acogida no hay más requisito que tener un gran corazón y, si el hogar está conformado por varios miembros —porque también pueden ser monoparentales— que todos estén de acuerdo, incluidos los menores. En el caso de Alexandra Ramírez fue su hijo el que les animó. En aquel momento tenía seis años. «Él siempre decía que quería un hermano y yo tengo endometriosis y no puedo tener más hijos. Cuando una amiga que trabajaba en Cruz Roja nos habló de las familias acogedoras y le explicamos, él entendió desde el primer momento que esos niños que vinieran a casa no se iban a quedar, que no era una adopción, pero le pareció aún mejor. Nos dijo que así tendría muchos hermanos», cuenta.

El arranque no fue sencillo. Tuvieron a un pequeño con una enfermedad terminal y sabían que fallecería en poco tiempo. Pero no lo dudaron y aceptaron la propuesta. «No podíamos dejarlo morir solo», dice. Y así fue. Lo cuidaron hasta que falleció. No se separaron de él hasta el último aliento, en los brazos de ella, ya en el hospital. «Para mí fue muy emotivo. Fue complejo, pero una experiencia de vida grandísima para todos de la que salimos más unidos. Nos hizo crecer como familia. Mateo fue un aprendizaje que nos regaló el universo y afortunadamente pudimos darle muchísimo amor», comenta.

Asegura que la experiencia, a pesar de lo dolorosa, no les hizo replantearse seguir adelante. «Al revés. Nos dimos cuenta de que hay tantas personas, tantos niños que necesitan simplemente ese calor y cariño», dice. Reconoce que pidió a su marido y su hijo un tiempo tras esa primera experiencia. «Necesitaba recuperarme emocionalmente», dice. A día de hoy, las puertas de la casa de esta familia ourensana se han abierto para cobijar a cinco menores; dos de ellos llegaron juntos porque eran hermanos y ahora mismo tienen a una bebé que lleva once de los doce meses que tiene con ellos.

«Los niños nos aportan más que nosotros a ellos», dice Alexandra, que también reconoce que la separación es siempre dolorosa. Recomienda asumirlo con naturalidad. «No hay truco para no sufrir. Se les quiere y vas a llorar y necesitar tu momento, pero merece la pena. Hay que pensar que cada uno de esos niños va a estar en el camino que tiene que seguir y que nosotros no somos más que un eslabón en ese recorrido», concluye.