Manuel Outumuro: «Un buen retrato es aquel en el que está presente el alma del retratado»

xosé manoel rodríguez OURENSE / LA VOZ

OURENSE

Miguel Villar

El artista ourensano recibirá en Nueva York el premio Lucie, el Oscar de la fotografía de moda

05 sep 2022 . Actualizado a las 19:18 h.

Por el objetivo de su cámara han pasado directores, actores, deportistas o escritores de prestigio internacional —Almodóvar, Bardem, Kidman, Isabella Rossellini, Jessica Lange, Juliette Binoche, Ryan Reynolds, Penélope Cruz, Zidane, Joan Juliet, Coixet o Amber Valetta, entre muchos otros, descansan en su archivo— y sus retratos están considerados una referencia inexcusable en el mundo de la cultura. Manuel Outumuro (A Merca, 1949) es además uno de los fotógrafos de moda mundialmente reconocidos. Una faceta que le ha llevado durante décadas a publicar en las revistas más reputadas y a promover proyectos por todo el mundo. El 11 de noviembre recibirá el premio Ourensanía, días después de recoger en Nueva York el Lucie, considerado el Oscar de la fotografía de moda.

—¿Cómo recibió la noticia del reconocimiento ourensano?

—Cuando te llevan, porque en mi caso así fue al irme a Barcelona, esperas poco de tu lugar de referencia. En esas circunstancias todo lo que venga de tus orígenes es siempre bien recibido y genera una ilusión tremenda.

—¿Servirá para ser más conocido por el gran público en Ourense?

—Todo ayuda. Tradicionalmente los premios se otorgaban en otros ámbitos de las bellas artes, con la literatura y las artes escénicas a la cabeza. En disciplinas como la fotografía o la arquitectura, entre otras, no se prodigan los reconocimientos. Por eso acordamos aceptarlos y comentarlos para reivindicar nuestro trabajo.

—¿El Lucie es el broche de oro a su carrera profesional?

—Será el primer Lucie que se viene para España. El premio es el equivalente a los Oscar, en el cine, o los Grammy, en la música. Ha habido finalistas españoles en fotoperiodismo —son doce categorías— pero nunca, hasta ahora, se había otorgado un Lucie a un español. Figuraba como finalista en dos apartados, retrato y moda, y ha sido este último en donde me lo han concedido. Ver la lista histórica de los premiados, entre otros Newton o Lindbergh, es impresionante.

—¿Servirá para que, como en el caso de Lindbergh, se vea una gran retrospectiva suya en Galicia?

—Estuvo a punto de pasar. Iba a ser en el Gaiás, pero por motivos desconocidos se abortó el proyecto. Ahora no espero nada.

—¿Cuándo?

—Era para el Xacobeo.

—¿Hay muchos egos que casar en la fotografía de moda?

—No. En mis sesiones hay un gran trabajo previo y todo está planificado, el resto es dejarlo fluir. Puede existir algún imprevisto, por la luz si es en exterior, pero por lo demás todo está pensado y sé lo que quiero conseguir.

—¿Y en los retratos?

—La gente del cine o el deporte están más acostumbrados a los focos, los cables y demás. Los escritores son más reacios —la palabra sabe conjugar el verbo disparar y le teme—. El reto es sacarle al retratado una actitud. Lo difícil es conseguir la complicidad de la persona. El secreto es que la luz, la que aporta el fotógrafo, no anule la luz del propio fotografiado. Un buen retrato es aquel en el que está presente algo más que lo físico, tiene que captar el alma del retratado. Algo que es extensible a lo mejor de la pintura clásica.

«Por mucho glamur y mucha alfombra roja que pises no hay que olvidar el origen»

Outomuro lleva acumulados los premios más importantes del sector a lo largo de su carrera. También otros, como el recibido por la recuperación del espacio que ocupa su estudio en el Palau Palmerola: un salón del siglo XVIII catalogado como de los más importantes de Cataluña. «Allí vivía en tiempos el conde Güell y al mismo iba a enseñarle Gaudí los planos de lo que iba a ser su parque». Sus proyectos y exposiciones, como Looks, se han visto en todo el mundo y sus libros son canónicos en el sector. Batalla en el día a día con la fama y el glamur pero en las entrevistas o en la televisión —como en el capítulo que protagonizó en la serie Detrás del instante— alude siempe a sus orígenes.

 —¿El pueblo es el mantra para no perder la perspectiva?

—Eso lo tengo claro. Yo soy de aldea. Por mucho glamur y mucha alfombra roja que pises —por muchos actores de renombre y actrices famosas que aparezcan— no hay que olvidar el origen. Esa es la referencia, la clave.

—Ha trabajado con directores y actores y ha realizado propuestas como «Remake» para el Festival de Cine de Donostia. ¿En el futuro podría haber alguna iniciativa suya en el OUFF?

—No lo descarte. Es más, puedo decirle que me haría mucha ilusión hacer algo en Ourense.

—¿Está con algún encargo?

—No suelo hablar de ellos. Sé lo que quiero, luego se complican y acaban siendo otra cosa muy diferente en muchos casos.

—¿Y esas propuestas en las que está involucrado son?

—Dos exposiciones y dos libros por encargo —siempre trabajo así— y otra publicación, totalmente libre, con obra personal.

El niño de A Merca ensimismado con la foto de sus padres emigrantes

La emigración marcó la infancia de Manuel Outumuro. Sus padres, apenas unos críos que se casaron con 16 y 17 años, siguieron como tantos otros ourensanos el camino de la emigración. A Venezuela se fueron a ganarse la vida, al poco de nacer su primer hijo, y cuando volvieron de Caracas se asentaron en Barcelona. Fue entonces, con 10 años, cuando Manuel Outumuro se fue a vivir a Cataluña. Su vida en A Merca con sus abuelos marcó a un creador que ha trabajado con artistas internacionales y ha realizado proyectos por todo el mundo, de Japón a Estados Unidos. Siempre con los pies en la tierra, o más bien en el barro. En el catálogo de su exposición De barro y luz —La Lonja de Zaragoza. PhotoEspaña. 2020— afirma rotundo: «Yo vengo de pisar estiércol, de pisar mierda de vaca. Si no viniera de ahí no vería el mundo de esta manera. Todo lo que observé hasta los diez años ha condicionado mi modo de ver. Buscar la belleza en el fango, ignorando lo que era el modelado de barro. Descubrir en la charca, donde llevaba las vacas a beber, reflejos de luz como diamantes. La vida está hecha de esos elementos: barro y luz». 

—¿La ausencia marcó su infancia?

—Mis padres se fueron con 18 y 19 años a Venezuela y me quedé con los abuelos en el pueblo. Tenía una fotografía suya encima del cabecero de la cama y mi abuela me decía todo el tiempo: «Mira qué guapos son», «Están allí por tu bien»... Se fueron al año de casarse, tras tenerme a mí. Esa fotografía es la imagen más recurrente de mi vida, la miro siempre que puedo y ocupa un lugar preferente en mi álbum familiar. Y por más que les pregunté nunca me supieron decir quién le hiciera la fotografía de la boda. Después sí que ya se encargaron otras de la familia. Mi madre vino a dar a luz a mi hermana y hay algunas de aquella época firmadas por Schreck.

—De A Merca a Barcelona, pasando por los Maristas.

—Dos cursos. Allí estuve cuando tenía 9 y 10 años. Recuerdo aquella etapa con un cariño especial, de hecho entré en estos días al colegio para ver cómo estaba. Soy de la primera promoción de los internos: éramos 37 y tenía el número 35.

—¿Volver es necesario?

—Siempre regreso. Hubo temporadas en las que estuve descolgado de aquí por razones obvias, como los casi cinco años que pasé en Nueva York o cuando me coincidió con algún proyecto que no podía abandonar, pero trato de mantener la tradición de pasar en A Merca una temporada en verano. Necesito el campo para desconectar y recuperar fuerzas. Y después de vender una casa que tenía en el Ampurdán vengo con más frecuencia.

—¿Cómo desconecta?

—Antes iba al gimnasio. Ahora ando dos horas al día. Pero no desconecto nunca porque veo fotos en todos los lugares. Soy obsesivo. Y más desde que andas con el móvil. Ahora ya no disparo tanto, pero llegué a pensar en un proyecto que se titularía Fotos de cuando no hago fotografía. Finalmente lo descarté. Hice miles, que después borré en muchos de los casos. Y que en algunos me arrepentí de haberlo hecho. Como todo el mundo. El móvil es más fácil y accesible, aunque ya he superado esa fase.

Quién soy 

«Me resulta difícil definirme a mí mismo. Prefiero dejar esa tarea para los demás, sobre todo para los que me conocen bien. Para los que tengo cerca y que saben perfectamente mis defectos (que son muchos) y mis virtudes (que alguna hay). No es una evasiva, la verdad es que nunca me he hecho ese tipo de preguntas: ¿Quién soy?, ¿De dónde vengo?, ¿A dónde voy?, etcétera. Quizás, a partir de ahora, debería empezar a hacerlas».