La venta ambulante sobrevive en Ourense, con WhatsApp y pagos con tarjeta, a orillas de la carretera

Pablo Varela Varela
pablo varela OURENSE / LA VOZ

OURENSE

Rogelio Rodríguez, vendedor ambulante, en el polígono de San Cibrao
Rogelio Rodríguez, vendedor ambulante, en el polígono de San Cibrao MIGUEL VILLAR

«Es una alternativa», razonan los propietarios de los negocios, que se adaptan a una nueva realidad tras la fase aguda de pandemia

17 jun 2021 . Actualizado a las 16:49 h.

En la carretera OU-536, a un paso del embalse de Cachamuíña, José González vende cerezas de Zamora bajo un toldo próximo a su furgoneta. Los miércoles y viernes, hasta la hora de comer, se arrima al borde de la calzada y, si hace falta, se desplaza para atender a algún cliente que le contacta por WhatsApp. Los tiempos han cambiado para la venta ambulante hasta el punto de que el peregrinaje por la provincia contempla acudir casi al puerta a puerta. «Hay quien te pide que le acerques la mercancía si sabe que estás por las cercanías pero no puede desplazarse», razona José.

En su caso, paga un tributo trimestral al Concello para poder operar en la zona. Hay, eso sí, el que esquiva la norma, algo que vigila la Policía Autonómica y también la Guardia Civil. «Esta ruta la abrí yo. Veo a mucha gente vendiendo, pero no más ventas. Y licencias hay pocas», musita. Por las tardes, cuenta, tiene otro empleo para equilibrar la balanza de ingresos a finales de mes.

No es sencillo sobrevivir con la venta ambulante a orillas del asfalto. María García, que creció en Xinzo de Limia y regresó allí desde Santiago antes del confinamiento, estuvo 15 meses sin trabajar a causa de la pandemia. Este miércoles, en su puesto instalado en Castadón, había cerezas del Jerte y pimentón. Lo justo para ir tirando, porque «la gente ya no se para tanto». Se puso al volante hace un mes, pero ya no es lo mismo, porque el apagón de las romerías para evitar aglomeraciones en tiempos de covid-19 le restó clientela, también visibilidad. «A veces, al final del día, acabas regalando la fruta para no perderla. Es cierto que el fin de semana sueles ganar algo más de dinero, pero nada extraordinario», comenta.

Ante esta perspectiva, a la cartelería de ofertas se han sumado otros reclamos, porque más de un vendedor intuyó la necesidad de ofrecer otras modalidades de pago a los conductores que echan el freno ante la fruta expuesta. Rogelio Rodríguez, hijo de gallegos, criado en Venezuela y vecino de San Cibrao, ofrece el uso de tarjeta y cuenta con una TPV para que el efectivo sea una alternativa y no la única opción. «La mayoría sigue pagando en mano, pero no todos llevan monedas o billetes y disponer de esta vía facilita las cosas. Creo que soy el único de por aquí que la tiene», dice sonriendo. Pero además, encontró su nicho yendo a comprar directamente a pequeños productores. «Intento que todo lo que llevo a venta sea ecológico», explica. Sus jornadas bajo el sol, que van de lunes a sábado en horario de mañana y tarde, las explota con un solo objetivo. «Sostener a mi familia. También mando algo de ayuda económica a parientes que tengo en Venezuela. Quizá no será muy visible, pero de empleos como este dependen muchos hogares», apunta.

Miguel Ángel Quintero, vendedor en el entorno de Cachamuíña, junto a una clienta
Miguel Ángel Quintero, vendedor en el entorno de Cachamuíña, junto a una clienta MIGUEL VILLAR

La importancia de la estrategia

Para los vendedores ambulantes, el precio del producto es uno de los múltiples factores que decanta cómo de llena estará su cartera al final del día. Hay quien, por su experiencia, ya cuenta con clientela conocida que se detiene al ver su furgoneta, como le ocurre a José González. Sin embargo, disponer de un enclave visible y que sea zona de circulación constante puede suponer un primer paso para el negocio. Rogelio Rodríguez suele situarse a medio camino de la calle Ricardo Martín Esperanza, en el polígono de San Cibrao, por el ir y venir de coches a casi todas horas. «El sitio ideal es, en resumen, donde se mueva la gente. Aquí hay miles de vehículos, pero también bajan las ventas en verano y eso debe tenerse en cuenta. Y no solo por el volumen de clientela, porque si hace calor hay que traer poca fruta», razona.

Miguel Ángel Quintero, también venezolano, llegó desde la localidad de Elda (Alicante) hace dos meses. Allí trabajaba como cocinero, pero la pandemia cortó el grifo de clientes y un amigo suyo le recomendó subir a Galicia a probar suerte con la venta ambulante de fruta y hortalizas. Con el apoyo de una empresa asentada en San Cibrao, se apostó en la rotonda de Cachamuíña que enlaza con el polígono y, poco a poco, fue dejándose ver entre los vecinos que circulan por la zona. Porque más allá del WhatsApp y el pago por tarjeta, el método que funciona es más analógico: la conversación. «Yo nací en la ciudad de Mérida, en la cordillera de los Andes. En algunas cosas me recuerda a esto, porque por temporadas hay nieve. Ahora, estoy hablando con mi familia para ver si podemos asentarnos aquí, porque vivir de esto es una alternativa», cuenta.