Carra, periodista


Iba a empezar diciendo que no conocí a Carracedo, pero sería imprecisa. No lo conocí en persona, porque cuando él falleció, con 46 años, yo estaba en EGB y ni siquiera sabía que quería ser periodista. Pero supe de él gracias a las historias que, con una gran sonrisa y un pellizco de pena, me contó mi jefe, José Manuel Rubín; gracias a las ocasiones que, fuera quien fuera el galardonado con el premio de la Diputación que lleva su nombre, acudí al salón de plenos para escuchar a su hermana Clara o a su sobrino Miguel; gracias a las veces que me enganché en la hemeroteca a alguna información firmada por J. Aurelio Carracedo.

Esta semana, hablando de él, desde la redacción de Santiago me mandaron una foto de su tablón. Amarillo por el paso del tiempo, allí sigue clavado un recorte del 29 de abril de 1988, con la triste noticia de su muerte, que se produjo cuando conducía desde Compostela, donde llevaba seis meses al frente de la delegación, a Ourense. Me contaron que ese pequeño trozo de papel sobrevivió incluso a la mudanza, desde la rúa do Vilar a Salgueiriños. Me enterneció.

Quienes lo conocieron decían, cuando lo perdieron, y dicen, ahora, que era un gran tipo. Y un gran periodista. Muchas veces me pregunto qué pensaría de la política ourensana del siglo XXI... y del periodismo. Incluso del premio que lleva su nombre, cuya continuidad estuvo en peligro en el 2003, cuando la Diputación quiso barrerlo, sin éxito, bajo la alfombra. Por lo que me han contado, Carra era un hombre carismático, íntegro, valiente, de pluma afilada y con un gran sentido del humor. Así que prefiero pensar que, en lugar de lamentarse de que todo siga igual (o peor), se echaría unas risas. De hecho, me parece que estoy oyendo las carcajadas.

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