Salud mental infanto-juvenil: de aquellos barros estos lodos


Desde hace algunas semanas los profesionales de ASEIA no dejamos de recibir llamadas de familias, servicios públicos y privados, colegios e institutos, con frecuentes consultas y demandas de ayuda en relación con el creciente malestar emocional de niños y adolescentes. La situación nos preocupa mucho ya que se empieza a observar un desbordamiento de los recursos dedicados a la intervención en la salud mental de los más jóvenes. Los medios de comunicación ya se están haciendo eco de esta situación y proliferan estudios sobre las consecuencias de la pandemia en estas edades.

Algo empieza a cambiar en la percepción social después de meses repitiendo lugares comunes acerca de «lo bien que lo están haciendo los niños» y «lo poco cumplidores con las normas que son los adolescentes», cuestiones ambas que tienen que ver con características propias de estos dos grupos etarios, la dependencia en la infancia, y la transgresión en la juventud. Precisamente, si tuviéramos que decir cuáles son las grandes demandas que nos llegan en estos momentos, estarían relacionados con niños que no pueden establecer «buenas dependencias» porque sus circunstancias familiares no lo favorecen, y adolescentes que en lugar de manifestar su malestar a través de la transgresión lo están haciendo a través de una internalización del conflicto, en procesos de repliegue sobre si mismos; no quieren salir de casa, no quieren ir a clase, permanecen en sus habitaciones, se socializan en Internet, presentan trastornos de alimentación y en ocasiones ideación suicida. Tanto los unos como los otros tienden a estar invisibilizados, mientras las fotografías se las llevan familias aparentemente funcionales y adolescentes de botellón.

Para todos estos niños y jóvenes la pandemia ha sido el catalizador que aceleró un proceso que ya estaba en marcha. No debemos olvidar que antes de la aparición del coronavirus en nuestras vidas, en España había un 30 % de menores de 16 años en situación de riesgo de pobreza y un 40 % de paro juvenil. Es esperable que estos indicadores vayan a ir empeorando en los próximos meses. Mirar al mundo pre-pandémico con nostalgia es una reacción esperable al malestar actual, pero debemos evitar caer en lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llama retrotopía, o la utopía del pasado, reivindicando un ayer maravilloso que en muchos aspectos no era tal. La familia, como lugar de protección de la infancia, está desde hace años sometida a cambios alrededor de su configuración y funcionalidad que derivan en estructuras más inestables. El futuro, como tiempo de esperanza para la juventud, también hace tiempo que viene desdibujándose, existiendo un reiterado mensaje social de que los jóvenes de hoy van a vivir peor que los actuales adultos. Y habría que resaltar aquí que habitualmente no decimos que vayan a tener una vida diferente, sino peor.

El siglo XX se caracterizó por un interés creciente en el desarrollo emocional de la infancia y por la inversión social en la adolescencia como etapa crucial para la preparación hacia la vida adulta. Pero desde hace más de una década ese proceso se ha invertido progresivamente. En un mundo centrado cada vez más en el ocio y el consumo, el interés en la parentalidad ha decaído, y la adolescencia ha dejado de ser etapa de tránsito para constituirse progresivamente en la representación de lo socialmente más valorado: ser jóvenes. De aquellos barros, estos lodos. El problema que ahora aflora es el fruto de una creciente desatención a la salud emocional de niños y adolescentes como sujetos con necesidades específicas que requieren de nuestra atención. Los compañeros que trabajan en los servicios de salud mental infanto-juvenil o los servicios de menores, saben bien como la demanda asistencial se ha incrementado progresivamente en los últimos años, mientras los recursos disponibles disminuían o se mantenían en el mejor de los casos.

Ante toda esta situación podemos hacer tres cosas. La primera es reclamar a las administraciones una urgente y prioritaria inversión pública en medios para la atención de las problemáticas de salud emocional de niños y adolescentes. La segunda tendría relación con lo que Massimo Recalcati llama la necesidad de un testimonio, que los adultos debemos dar a los jóvenes, transmitiéndoles que a pesar de nuestros fracasos existe la posibilidad de una vida atravesada por la esperanza y el deseo. La tercera es implicarnos en el trabajo con los jóvenes desde la evidencia de que el futuro es suyo, devolviéndoles el protagonismo y participación que merecen en su construcción. Deberíamos poner todo nuestro empeño en que tengan la posibilidad de acceder a proyectos de vida que serán, si todo va bien, diferentes a los nuestros.

Ricardo Fandiño es psicólogo clínico, doctor por la UVigo y presidente de ASEIA

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