«A veces, el paciente prefiere una buena palabra que recibir la pastilla»

Tras casi 40 años como celador en el CHUO, Quico Atrio pide «más humanidad» a la sanidad actual

Quico Atrio ante el Seminario Menor
Quico Atrio ante el Seminario Menor

Ourense

El pasado 30 de diciembre, tras casi cuarenta años trabajando como celador, Quico Atrio se despidió del CHUO. «Y lo hice sabiendo que, seguramente, la mayoría de compañeros no sabían mi nombre propio verdadero», bromea. Federico, que así se llama, lamentó hacerlo en un año tan peculiar como el de la pandemia, pero entendió que había llegado su momento. «Fue complicado. Han sido muchas vivencias: estuve en el equipo de fútbol de los veteranos del hospital, hacía a menudo de Papá Noel en la Navidad del CHUO... A mí me gustaba estar en todos los saraos, porque es mi manera de ser. Y la verdad es que son un montón de recuerdos», explica.

Entre ellos, cómo conoció a su mujer, que entró a trabajar en el centro hospitalario casi a la par que él, en el año 1978. Tras alguna que otra conversación, Quico sacó el valor para invitarla al cine. En la gran pantalla estaban Meryl Streep y Dustin Hofmann en la oscarizada Kramer contra Kramer. «Nos quedó pendiente tomar un café irlandés. Lo hablamos y resulta que aún no lo hemos hecho», dice riendo. Para Quico, el hospital ha sido prácticamente su vida. Aprobó en segunda convocatoria las oposiciones para celador y, de repente, se encontró con un trabajo casi hecho a su medida. «Era algo bonito. Empatizabas mucho con los pacientes y hacías bromas con los que podías, porque tienes una tarea invisible en animar a la gente. Ahora, lo que veo es que apenas hay tiempo material para ello, porque el trabajador sanitario se ve obligado a ir a las prisas en muchas ocasiones porque falta personal. No es como cuando yo empecé, en absoluto. Y en personal es justamente donde no puedes ahorrar recursos, porque la vida de un afectado se va en apenas un minuto, sin darte cuenta», sostiene.

Quico, aficionado del Barcelona, recuerda un encuentro fugaz que mantuvo años atrás con el que ahora es conselleiro de Sanidade, Julio García Comesaña. «Yo llevaba un brazalete negro y algunos compañeros medio me preguntaban de risa si era porque a mi equipo de fútbol le estaba yendo mal en la liga. En realidad no era así, porque íbamos bien. Pero él me preguntó, y yo, en el momento, le puse una mano en el hombro y le dije: ‘Es por la sanidad, que hace ya tiempo que no está bien’».

Él, que mira con cierta reticencia el uso de las tecnologías para sustituir el cara a cara, percibe que falta algo de la vieja escuela en los tiempos actuales: «Llevo 20 años diciendo que el sector está deshumanizado. Reconozco que a mí me pilló tarde Internet, pero creo que no hay nada como estar delante de una persona para conectar de verdad», dice. Quico solo se arrepiente de una cosa tras todos estos años, y es de no haber estudiado Enfermería en su momento. «Es cierto que disfrutaba mucho de lo que hacía, pero creo que pude intentarlo y no di el paso», admite. Como celador, asumió desde el principio la importancia de ser un puente y soporte entre paciente, familias y el personal sanitario. «Nosotros estamos para ayudar en lo que se nos pida: a lo que te solicite un médico, un enfermero, ayudar a pacientes que no pueden sostenerse en pie, también a llevarlos hasta el área de Rayos, ir a la farmacia del hospital a recoger medicación, al laboratorio... El celador tiene sus funciones determinadas, eso es así, pero siempre es un comodín indispensable para que esto funcione», expone.

Dentro de este día a día, Quico apostó por hacerlo con su mejor cara para dar algo de oxígeno a los demás en momentos difíciles, como este último año. «Es importante que quien te rodea te vea activo, con ganas y siempre animado. Eso contagia a los demás y en un hospital es muy necesario, por el tipo de tareas que se realizan en el día a día», razona. Quico, una persona muy familiar que paseaba a su perro por el parque de A Carballeira mientras contaba su experiencia previa, invierte ahora todo su tiempo en los seres queridos. Y al igual que en el hospital, lo hace apostando por conversar: «A veces, algunos pacientes prefieren escuchar una buena palabra que recibir una simple pastilla».

«Creo que mi vocación frustrada es la de no haber sido cura»

Quico estudió tres años en el Seminario Menor de Ourense, donde entró siendo apenas un crío. «Se lo pedí yo a mis padres. Pero la realidad es que fui muy vago y allí te exigían mucho», cuenta. Fue alumno entre los años 1967 y 1970, pero fue una experiencia que le quedó marcada para siempre. «Puede parecer que fue muy breve, pero es algo que recuerdo con mucho cariño y por eso vengo por aquí a pasear a veces. Con los religiosos me llevé muy bien. Ellos sabían que yo los apreciaba y también era recíproco. De hecho, creo que mi vocación frustrada es no haberme convertido en cura», cuenta.

Él explica que su paso por el Seminario Menor y su trabajo posterior como celador en el hospital de Ourense tienen algunos puntos en común que están vinculados a su educación en el recinto y también a su legado familiar: «Es posible que de ahí, de aquellos inicios, venga mi intención de estar siempre disponible para echar una mano. Una persona que brinda ayuda es incluso más feliz que a la que tú ayudas. Él es feliz una vez, pero tú seguramente lo serás en dos, porque siempre que hay buena intención uno se lleva esa sensación por dentro».

¿Quién es?

DNI. Quico Atrio (1956, As Pías), está jubilado tras más de 40 años empleado como celador en el hospital de Ourense.

Su rincón. Escoge el Seminario Menor de Ourense, donde se formó durante tres años como alumno antes de estudiar unas oposiciones para trabajar en el CHUO, donde entró en el año 1978.

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«A veces, el paciente prefiere una buena palabra que recibir la pastilla»