Cerrar los ojos


Hoy hablaba con un compañero sobre la curiosa manía actual de cerrar los ojos. En mi caso lo hago muy poco, creo que es defecto profesional. Mi prima dice que el periodismo es un estilo de vida, no un trabajo, y cada día estoy más convencida de que tiene razón. Pero a veces para darnos cuenta de las cosas, solo hace falta pararnos a pensarlas un poco. Yo cierro los ojos cuando subo en la montaña rusa. No al bajar. Al subir. Como si fuese lo último que voy a ver antes de esnafrarme. Me dan tanto miedo, que me monté en una por primera vez cuando ya tenía 16 años y lo hice solo porque el chico con el que estaba -amor de verano que nunca acaba- me cogió de la mano y me dijo que sería divertido. Estábamos aprendiendo inglés en Brighton y ahora pienso que cuántas cosas malas pasan solo porque parecen divertidas. Pero mis viajes en montañas rusas siempre han ido bien. Cierro irremediablemente los ojos para besar. Para mí es inconcebible no hacerlo. Los besos no están hechos para verse, sino para sentirse. Esa es la única forma posible de entenderlos, de darlos y de recordarlos, claro. No faltaron en aquel verano. Cierro los ojos cada vez que a mi madre le dan una buena noticia. Es instintivo, algo así como si al relajarse todo el horror -y la anticipación de un mal, que es el peor enemigo de una ansiosa- que me cabía en la mente, el cerebro quisiese bajar la persiana para resetear. Cuando los vuelvo a abrir, el mundo sigue igual, quizá un poco empañado, aunque yo lo veo todo mejor y más claro. Y ya está. Por eso no puedo entender la ceguera consciente -egoísta e inhumana- de esos que anteponen sus vermús con los colegas a los colapsos en los hospitales. Que esta pandemia es muy grande para no verla, de verdad.

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