«Feces parece un desierto. Con este vacío, da pena verlo así»

Los gendarmes portugueses señalan que, en la frontera, hay quien intenta cruzar hacia el país vecino por pistas de tierra


ourense / La Voz

Cuando España y Portugal reabrieron la frontera el pasado verano, tras la primera ola de la pandemia, ante la administración de lotería de Feces de Abaixo, Xosé Manuel Dosantos se topó con unos 30 vecinos lusos que acudían a sellar sus boletos. «Fue como una avalancha. Alguno decía: ‘Qué ganas tenía de volver aquí'», recuerda.

El paso de Feces es el único habilitado actualmente en la provincia para el paso de trabajadores hacia un lado y el otro. De inicio, podría parecer una ventaja para este pequeño pueblo de la raia seca, pero nada más lejos de la realidad. «Hay algún camionero que se para, pero no suele ser nuestra clientela habitual. Y además, al estar el pueblo en una especie de subida, como muchos vienen cargados, no es el mejor sitio para parar», explica Dosantos.

Porque la realidad de Feces, su bullicio, está ligado a los vecinos que se acercaban hasta allí a diario a realizar alguna compra y, en definitiva, a socializar. «Se hace muy raro abrir la administración así. Quien no viene habitualmente a tomar un café acude a repostar gasolina o a visitar a alguien. Siempre hay gente, muchas matrículas portuguesas», explica Xosé Manuel. Pero este martes, la estampa del pueblo era prácticamente idéntica a la de inicios de semana, cuando comenzó el desfile de vehículos por el paso.

Controles de la Guardia Civil y Policía Nacional en la entrada a Galicia, y otro tanto con la Guardia Nacional Republicana (GNR) en la bienvenida al país vecino. Los gendarmes lusos afirman que por la frontera sigue habiendo intentonas de cruzar por pistas forestales para eludir la vigilancia o sortear las restricciones, porque las carreteras principales están cortadas o valladas. Y además, como en los años del contrabando, hay quien se hace el sueco con los justificantes o directamente hace como que no se ha enterado de las nuevas normas. En Feces, al contrario que en Tui, impera la pausa y salvo en momentos puntuales no se han registrado aglomeraciones de viajeros. En el pueblo, mientras tanto, se lo toman como una cuenta atrás para saludar de nuevo a los vecinos de siempre. «Feces parece un desierto. Y con este vacío, da mucha pena verlo así», dicen.

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Cuenta Toni Dosantos, propietario de un establecimiento comercial en Feces de Abaixo, que «antes había 70 comercios nesta zona antes de chegar á fronteira con Portugal». Ahora, calcula que son siete, el suyo entre ellos. El variopinto escaparate de su tienda, donde se anuncia bacalao pero también hay escopetas de balines expuestas, ilustra la identidad de la raia seca, donde el paso clandestino de mercancías como café, cacao o tabaco fue antaño el sustento de muchos.

Técnicamente, el límite con el país vecino fue y es simplemente eso, una línea imaginaria entre vecinos que se conocen casi desde niños. Por eso ahora, el blindaje para cortar la cadena de transmisión del virus deja una estampa extraña. «Nós vivimos case ó 100 % de Portugal», estima Dosantos. La autovía que conecta Verín y Chaves cambió para siempre la vida de la localidad, antes un paso obligado para quien se desplazaba hacia el país vecino.

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