José Ángel Valente: auga, pedra, luz

Marifé Santiago FIRMA INVITADA

OURENSE

Miguel Villar

21 dic 2020 . Actualizado a las 15:14 h.

Primer poema de su primer libro de poemas: «Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre». José Ángel Valente reflexiona sobre lo que esos versos anticipaban y fueron desplegando en el futuro de su obra. Han pasado décadas desde aquel momento inaugural y aquel hoy. Los tiempos se unen en el Círculo de Bellas Artes, en Madrid, sería una de sus últimas intervenciones públicas. Cuando el poeta entra atravesando la sinceridad simbólica del aplauso, el gesto está mucho más allá de ese instante: trae un agradecimiento ancestral, y un reconocimiento de lo sagrado de la palabra poética. Ceremonia ritual en el claro del bosque, parafraseando el título de María Zambrano donde el acompañamiento de Valente fue tan importante. Cómplices en la amistad de la palabra poética. Cómplices en la experiencia de la retracción, en ese vacío «a modo de esperanza», en la escucha. Se escribe, dice la filósofa, para conservar la soledad en que se está. Retirarse, dejar que sea la palabra la que llegue y nos habite, dice el poeta. Quienes estábamos allí estábamos en ese claro donde invocar «al dios del lugar». Un lugar profundo, lejano. Augas quentes, augas placentarias.

2020, veinte años del fallecimiento de Valente. 2021 hará treinta del de Zambrano. Auga Pedra Luz une los tiempos, su «oscura narración». Los años se solapan, el «material memoria» sobrevuela, se posa sobre las aguas. José Manuel Mouriño recoge los fragmentos de luz, el peso de esa piedra que señala el centro. Y el relato es una exposición exigente, como la propia obra del poeta. No hay tregua. No hay posibilidad de evasión. Los testimonios que, expuestos, se transforman en objetos son la entraña y la aparición de esa entraña: cuadernos, poemas manuscritos, imágenes. No se trata, en absoluto, de contar biografía cronológica. Esperamos siempre que se nos dé una guía para recorrer el universo de la creación, y la creación es, en sí misma, la que determina la posibilidad, la que obliga a elegir. Esta exposición, de la que he tenido la suerte de ir vislumbrando forma en la distancia, a la que he asistido como espectadora que, en ejercicio de escucha, aprehende la voz del cantor «que no amanece», traza una línea experiencial para quien asiste al espacio creado. Habitar el espacio matriz, Ourense, y vivirlo desplegado en Almería: del agua y del desierto, del magma acuoso a la arena ardiente. Sin que sean necesarias explicaciones. «Entender» un poema es, precisamente, romper los límites que impone la racionalidad medrosa, asustadiza, acorazada ante fantasmagóricos enemigos que la pongan en duda. La poesía sume en la gran duda, en la gran pregunta, esas que muestran a la razón qué significa sentir.

Sí: José Manuel Mouriño recoge esos fragmentos de luz, los que el poeta ya había advertido que «serían ceniza». La ceniza es la huella del fuego, de la materia ardida. Es la huella y eso no significa la desaparición, sino la certeza de la posibilidad. La poesía hace que la libertad se derrame como un gran fuego sobre los seres humanos, dice Valente. Arder en el agua. Ourense de los símbolos que nos nacen, Almería de los desiertos que aquel nacer nos hace cruzar. Una exposición donde estamos expuestas también nosotras, personas que recorremos la secreta desolación sin nombre de la experiencia poética de uno de los poetas más grandes de la inmensa historia de la Poesía.