«Vamos a acabar fatal»


Parece mentira que en apenas unos meses hayamos cambiado el «De esto vamos a salir mejores» -que algunos ya no nos creíamos entonces, pero de lo que ahora todos renegamos- por el «Vamos a acabar fatal». Por esa necesidad de ir soltando presión es una frase que he ido diciendo estas últimas semanas, como salpicándola, lo mismo en la cola del pan que en la librería. Pero hace unos días decidí que ya valía de esparcir energía negativa y de dejar mi basurita mental en la casa de otros. Fue una decisión consciente en un momento en el que no apetece ser optimista, pero uno se resigna a ser pesimista. Y ya estaba yo dispuesta a creérmelo cuando me vino de vuelta: comprando unos retales, al coger fruta y con una vecina de fila, que es la nueva forma de socializar porque no nos permiten otra. Eran versiones claro. Del «Imos acabar tolos» al «Vannos volver tolos» pasando por el genérico «Esto va a acabar muy mal» o mi ya conocido «Vamos a acabar fatal». Ahí estaba: la preocupación que nos ronda a todos y, al final del túnel, muy al final, la confianza (en realidad el deseo) de que se acabe. De lo que también me di cuenta es de que los que hacían alusión a psicólogos, en la continuación de su desahogo, lo hacían con recelo, como si fuera una exageración... Qué pena. Porque conozco a unas cuantas psicólogas que son la prueba de que su papel en esta sociedad siempre fue importante. Pero ahora más que nunca. Como tantas otras profesiones, ahora son esenciales para evitar eso de «acabar fatal».

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